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“El desafío es entregarnos a los tiempos de la infancia”

La docente y escritora Florencia Sichel encontró el camino para hacer confluir crianza y filosofía. A través de un newsletter, reflexiona sobre maternar en tiempos de productividad, exigencias y pantallas.

A Florencia la conocimos corriendo. Pero no entrenando en los bosques de Palermo. A Florencia la conocimos corriendo de un lado a otro. En un bache entre los compromisos laborales y la salida de la escuela de su hija mayor. La entrevista fue en un bar, su oficina.“Tengo un rato para la nota, sí. Los viernes, de 14.30 a 16.20 me encontrás acá” (Y mandó ubicación por Whatsapp). Èsa fue la respuesta de Florencia Sichel a la propuesta de una entrevista con Cítrica. Así, sin vueltas, directa y acelerada.

Esta cronista se arriesga a decir que Florencia casi nunca dice que no, casi siempre puede. Por lo que nos cuenta un rato después, sus días están compuestos de muchos ratos, muchas cosas, todas diversas. “Es que vivo corriendo, esto soy”, se excusa, aunque no es necesario. Pues cumplió también con nosotrxs y de ese encuentro salió esta invitación colectiva a replantearnos los modos en los que criamos a nuestras infancias, el lugar que le damos a sus preguntas filosóficas.

Florencia estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, trabajó siempre en educación. Con niñxs y adolescentes principalmente, y es en ese ámbito que empezó a contemplar la necesidad de crear espacios para que las infancias puedan filosofar. Ella es capacitadora, consultora y creadora de contenidos en temas de crianza, infancia y filosofía; también escribe: “¿Y vos qué pensás?” y “Filosofar desde la infancia” son sus dos libros publicados. Florencia fundó –junto al académico Julián Macías– la asociación El Pensadero. Hizo y hace de todo, pero la vuelta de tuerca, ese valor que hace que sus contenidos se viralicen, lo encontró en la maternidad.

–¿Cómo lograste hacer confluir tu profesión y la maternidad? ¿Cómo surge la idea del newsletter semanal Harta(s), sobre maternidad y filosofía?

–La carrera siempre me encantó, pero siempre tuve conflicto por pensar en qué iba a trabajar. No sabía bien qué iba a hacer.  Siempre quise sacar la filosofía de la academia. Cuando fui madre esa duda estaba, me preocupaba qué iba a hacer después con mi carrera. No entendía cómo la maternidad podría contribuir a mi carrera. Para mí la filosofía iba por separado de la vida, yo digo que la quería sacar de la universidad pero al mismo tiempo no me la imaginaba en la vida cotidiana. Siempre trabajé mucho, siempre fui muy acelerada. Y cuando fui madre, rápidamente me agarró la pandemia y, por un lado, la maternidad me derrumbó, tuve un parto que no me gustó, y no sólo el parto no me gustó, no me gustó la experiencia de ser madre.

–¿Qué te pasaba con la maternidad?

–Sentía que al principio me había arruinado la vida, no podía ubicarme, estar todo el tiempo en casa, dando al teta, con una bebé que lloraba todo el día, me ponía nerviosa. No lo disfrutaba en lo más mínimo, y tenía culpa por eso. Cuando empecé a entender de qué iba nos agarró la pandemia. Peor todavía. Hasta los 8 meses no vimos a los abuelos, estaba sola con todo eso que me pasaba. Yo sentía realmente que no podía más y le dije a mi pareja: necesito escribir. Fue casi una necesidad vital. Me dije: no aguanto más, necesito sacar lo que tengo adentro. Y así nació Harta(s), un newsletter de entrega semanal sobre filosofía: Yo prefería hacer un newsletter porque había algo de la intimidad, de la catarsis que yo necesitaba. No había una búsqueda de algo para pegarla, para nada. Lo escribí y lo mandé a mis 20 contactos. Así nació, como una necesidad de conjugar el universo de la maternidad con la filosofía.

¿Y esa necesidad personal cómo terminó generando una comunidad?

–Pensé en hacerlo una vez por semana durante un año, para mis conocidos, pero a la segunda o tercera aparecieron otras personas y así se gestó una comunidad que no esperaba en ese momento de mi vida. Y todo eso que fue sucediendo me re ayudó, realmente disfruto de la maternidad. En ese terreno no soy tan autoexigente, tengo claridad de que lo que haga, lo disfruto. No tengo tanto mambo, hago lo que puedo, lo mejor que puedo. Hago las cosas con compromiso y responsabilidad, pero me relajo.

¿Después de varios años de hacerlo, sostenés con el mismo entusiasmo este proyecto?

–El newsletter genera un vínculo que no lo generan las redes sociales. A mi me pasa que siento que los seguidores del newsletter me quieren de verdad, que valoran lo que hago. La intimidad del mail que se lee sola genera algo de la intimidad que es mágico. Yo les escribo, me contestan y reciben mi respuesta, hay un intercambio íntimo entre pares, dos personas que tal vez pasan por las mismas cosas. Hay una intimidad muy grande. Las redes tienen otras cosas, y las valoro. Es más efectista, una puede escalar en cantidad de seguidores, en alcance, pero el newsletter es entre nosotras. Eso solo pasa cuando una sostiene un proyecto durante un tiempo. Hago muchas cosas, ya no tengo el mismo tiempo, pero lo sostengo porque me hace bien. Yo necesito a esa comunidad, el contacto con el otro me retroalimenta, aprendo, me inspira. Como todo vínculo, lo necesito para seguir creando. Hay algo que vengo sintiendo: a nivel social tenemos la necesidad de salir de la virtualidad y estar en lo presencial. Al ser una época tan hostil, necesitamos encontrarnos con otros, pegarnos un abrazo.

–¿Cómo pensás el cruce entre la infancia y la filosofía?

–A mí no me interesa que los niños hagan filosofía con el nombre de filosofía, yo quiero que tengan un espacio, tanto en la escuela como en su vida, para preservar el asombro. Es cierto que el asombro es patrimonio de la infancia, como dice Luis Pescetti, y muchas veces se pierde porque los adultos nos explican cómo funciona el mundo. A mi el desafío que me despierta interés y, a su vez, me angustia es cómo no matar la curiosidad voraz de un niño, cómo no salir a matar con nuestras explicaciones de cómo funciona el mundo. Vos, como adulto, le decís: esto es así. Entonces le cortás la posibilidad de otras formas, si es así no es de un montón de otras maneras. Yo no quiero caer en la romantización de la infancia, donde se dice que todas las infancias filosofan, porque hay infancias muy adultas, desde la vulnerabilidad, pero también por los tiempos que vivimos. Hay infancias que van mil horas a la escuela, después van a deportes, a talleres. Son infancias muy adultas. Yo creo que es un trabajo el generar un espacio para que las infancias puedan ser infancias, y eso es lo que tenemos que defender: el tiempo para el aburrimiento, para el juego libre, el tiempo para el asombro, para la curiosidad. Como adultos tenemos que garantizarles ese espacio, y no romperlo con los tiempos mega productivos.

–En tu libro proponés darnos espacios para “filosofar” con las infancias. ¿De qué se trata eso?

–A veces un niño va de la mano con la figura del extranjero, un niño es aquél que mira el mundo con otros ojos, es una invitación. Con la crianza una se vuelve a preguntar cosas. Yo con mi hija volví a ver la luna. Yo ya no la veía. Mirar el mundo con ellos da más trabajo, implica otra entrega, y muchas veces estamos cansados. El niño que se asombra demasiado es un niño molesto muchas veces, entonces es un desafío. El mundo que tenemos es el que tenemos, es lo que hay, no caigamos en ideales que nos generen más presión. Pero sí es posible generar algunos espacios, líneas de fuga, en los que una puede encontrar esos momentos. No se necesita tanto tiempo, a veces es simplemente volver sobre algunas intervenciones. En vez de preguntarle “¿cómo te fue en el cole?”, le decís “¿qué te gustó de tu día?”. Empezar a cambiar la mirada. Y eso es posible.

–¿Cómo contribuimos a ese descubrimiento desde el asombro sin dar respuestas adultocéntricas?

–La mirada adultocéntrica es esa que piensa que te tiene que explicar todo, como si el niño no pudiera por sí mismo descubrir cosas. No hay que salir anticipadamente a dar respuestas a les niñes. En todo caso, está bueno descubrirlo juntos, que no es lo mismo que te cuente todo. Porque a veces lo que hacemos es callarlos cuando les explicamos: esto es así. No le damos lugar a que sea de otras maneras. Me gusta, como madre, involucrarme en la pregunta, entender que cuando hace una pregunta se la hace a él mismo. El desafío de quienes trabajamos con las infancias es poder infanciarnos a nosotros mismos. Parece una hippiada, pero nada más lejos. No es parar el tiempo, dejar que fluya, no. Creo que el verdadero desafío para salir del adultocentrismo es entregarnos como adultos a ese tiempo de la infancia, un rato; no se puede sostener todo el tiempo porque hay que laburar, pagar las expensas, ir a la escuela, pero es posible encontrar algunos ratos. Aunque incomode. Le pedimos al niño todo lo que nosotros no hacemos, le pedimos que se asombre, pero nunca nos asombramos; le pedimos que piense por sí solo, pero nosotros no pensamos por nosotros mismos.

–¿Qué pasa cuando sus preguntas y dudas tienen que ver con las injusticias del mundo? ¿Qué responder?

–Es imposible criarlos en una nube de cristal. Personalmente, no estoy de acuerdo con eso. Creo que está buenísimo que los pibes y las pibas crezcan en un mundo real y que sepan que el mundo tiene problemas. Como todo, cuando son chicos hay que cuidar las infancias, pero no por eso no hacerlas parte. Si una está preocupada por algo hay que poder decirlo. Si pasa algo en el país hay que poder contarlo. Lo que no hay que hacer es dejarlos solos con todo eso; si vos los hacés parte y les contás una preocupación abierta, ellos comprenden.  Los pibes no se llevan mal con la no respuesta, a veces es simplemente hacerlos aparte, sin angustiarlos.

–Las redes sociales son violentas. ¿Te afectan los discursos de odio?

–Es un momento difícil para el encuentro, hay hostilidad y violencia. Yo me expongo, pero al mismo tiempo pienso mucho lo que digo o muestro en redes sociales. Como consumidora de redes, necesito que la gente que yo sigo se posicione de alguna manera. A mí no me da lo mismo, me gusta que los artistas digan qué piensan de las cosas. Por eso yo también opino de los temas que me afectan, como el desfinanciamiento de la educación pública, por poner un ejemplo que me toca. También entiendo que cuando una se posiciona recibe violencia, entiendo que nadie quiere ser agredido, y por eso muchos se resguardan, pero yo elijo decir qué pienso.

–¿Viviste alguna situación particular a raíz de eso?

– La gente te agrede, más allá del mensaje. La presencia en redes es siempre una presencia pública, soy consciente de eso. Pero sí trato de elegir y soy prudente a la hora de pensar qué digo y qué escribo. La educación es un derecho que hay que defender, la educación pública es nuestro patrimonio, es lo que nos garantiza la posibilidad de cumplir sueños. En realidad, me preocupa mucho, no entiendo este clima, no lo puedo entender. Hay un individualismo feroz, no solo en Argentina, y una pérdida de lo comunitario que es escalofriante, y va más allá de la decisión personal, porque no importa que yo no vaya a la escuela pública o tenga una prepaga, hay algo de lo comunitario que se perdió, eso me preocupa. No entiendo cómo la educación fue algo que de repente no vale la pena defender. Eso me angustia.

–¿Qué aporte creés que se puede hacer desde la comunicación?

–El gran trabajo que tenemos quienes creemos que esto es importante es demostrar que es importante. Hay algo del lazo social que se rompió, pensamos que estaba garantizado, pero no. Hay que volver a dar conversaciones sobre cosas que parecían dadas. No podemos seguir hablando solos o convencidos. Falta información de los derechos adquiridos. El logro de la derecha de hablar del individualismo como un valor, de la meritocracia como un valor, eso es un signo de esta época. Hay que salir a preguntarle al otro qué le pasó, por qué se defraudó tanto.

–¿Cómo pensás que se une la filosofía a la vida cotidiana, a la realidad que nos rodea?

–La divulgación de la filosofía de las últimas décadas, sobre todo en Canal Encuentro, Paka Paka y la TV Pública, fue fundamental para que se entienda la importancia de la filosofía. Estas políticas de divulgación llevaron la filosofía a otros lenguajes, ése fue un gran puente. Aparece eso de que cualquier puede hacer filosofía. En estos tiempos de crisis, incluso con la inteligencia artificial, la filosofía toma incluso más sentido. Es más, la filosofía tiene mucha presencia en tiempos de crisis. A mí la filosofía me prestó algunas herramientas a la hora de pensar el mundo, de relacionar contextos. Hay algo de eso que no vence, tenés que ser creativo a la hora de buscar trabajo, pero estamos. Hay filósofos trabajando en hábitos diversos de la vida cotidiana, en empresas, proyectos gubernamentales, etcétera. Depende de la creatividad y la suerte que tengas, pero la filosofía tiene mucho para decir, sobre todo en estos tiempos.

:::Mariana Aquino para Revista CItrica /Fotos: Rodrigo Ruiz:::

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