La entrevista se hizo el sábado, mientras terminaba de hacer las valijas antes de partir rumbo a España. Jubilada y formada en Zeballos, Magalí participará del Campeonato Ibérico Internacional de Masaje, a realizarse del 20 al 22 de marzo de 2026 en Marbella. Pero detrás de ese viaje hay mucho más que una competencia: su pasión nació cuando buscaba aliviar los dolores de la fibromialgia y descubrió en la reflexología una puerta inesperada. El viaje, lejos de cualquier comodidad, se sostuvo con esfuerzo propio, trabajo, rifas, empanadas vendidas los fines de semana y apenas dos sponsors conseguidos a pulmón… porque, la mayoría de las veces, los orgullos varelenses que llegan a representar a la ciudad en el mundo no lo hacen gracias a grandes respaldos, sino empujados por la solidaridad de los vecinos, el sacrificio personal y la voluntad de no dejar caer un sueño.

La entrevista se hizo el sábado. Del otro lado, Magalí Escalante respondía mientras terminaba de preparar la valija. Ya estaba por salir. El viaje estaba encima. Había apuro, emoción, nervios. Pero sobre todo había una sensación muy clara: la de estar a punto de vivir algo grande después de un camino largo, difícil y profundamente personal.
Magalí es de Florencio Varela. Vivió toda su vida en el distrito. Acá estudió, trabajó, formó vínculos y siguió capacitándose. No llegó al mundo del masaje desde una carrera armada de antemano ni desde una vocación temprana. Llegó desde otro lugar: desde el dolor.
Hace algunos años fue diagnosticada con fibromialgia. En ese momento no estaba buscando una profesión nueva ni un viaje a Europa ni un lugar en una selección. Estaba buscando alivio. Estaba buscando cómo seguir con el cuerpo cuando el cuerpo empieza a doler de una manera persistente, desgastante, silenciosa.
Entre las alternativas que probó para bajar ese dolor aparecieron la reflexología y los masajes. Y allí se encontró con una persona que sería decisiva en su historia: Mónica Martínez. No solo la trataba. También, mientras lo hacía, le enseñaba. En ese vínculo nació algo nuevo. No fue solamente una terapia. Fue una puerta.
A Magalí le gustó. Le apasionó. Le despertó algo que hasta ese momento no había aparecido de esa forma. Pero incluso en ese despertar había obstáculos concretos: sus manos estaban inflamadas, los movimientos eran limitados, el cuerpo seguía imponiendo barreras. Aun así, empezó a estudiar. Empezó a practicar como podía. Primero casi como hobby. Primero con prudencia. Primero sin saber que ese camino, años después, la llevaría a representar a su ciudad en el exterior.
Más adelante apareció otro momento decisivo. Encontró en Zeballos un lugar donde hacer un curso de ventosas. Y ahí llegó al Centro Rodmanz. En ese espacio conoció a Jano Rodríguez y Sebastián Manzolido, dos nombres que repite con cariño y reconocimiento. Dice que fueron profesionales “maravillosos”, personas que la estimularon a seguir aprendiendo, a ir más allá, a confiar en que podía.
Y pudo.
Hoy Magalí es masajista profesional, reflexóloga, reikista y además se formó en piedras frías y calientes, maderoterapia y otras técnicas. Pero lo más fuerte de su historia no está solo en la suma de certificados o saberes. Está en el momento de su vida en el que decidió empezar.
Porque Magalí es jubilada. Y comenzó a formarse de grande en aquello que hoy define como su pasión. En tiempos donde todo parece empujar a creer que hay una edad correcta para empezar y otra para resignarse, su historia va para otro lado. No responde al mandato de la juventud exitosa ni al apuro por llegar primero. Su recorrido muestra otra cosa: que siempre se puede abrir una puerta nueva, incluso cuando el cuerpo duele, incluso cuando el miedo frena, incluso cuando la vergüenza pesa.
Ella misma lo dice. Cuenta que uno de sus grandes desafíos fue romper con su propia timidez. “Soy muy vergonzosa y no es lo mío llamar la atención”, admite. Y, sin embargo, avanzó. Se animó a salir del costado. A ocupar un lugar. A mostrarse. A confiar en sus manos y en lo que esas manos podían hacer, incluso cuando antes habían sido parte de su limitación.
Ese tránsito no fue lineal. Tampoco cómodo. Desde mediados de 2025 empezó a prepararse con más intensidad para competir. Pero en medio de esa preparación llegó un golpe durísimo: en octubre murió su hermano menor, Gabriel.
En su relato, ese nombre aparece con mucho peso emocional. Gabriel era quien la acompañaba en la práctica, quien se prestaba para que ella ensayara lo que iba aprendiendo, quien estaba siempre disponible. No era solo un hermano: era también una presencia cotidiana en su proceso de formación. Su muerte la frenó. La dejó en pausa. La obligó a atravesar el dolor desde otro lugar.
Recién en enero pudo retomar. Y volvió a hacerlo con ayuda de otras personas: Nicole, Marcela y Daniel, a quienes menciona como parte de ese regreso posible. También ahí hay algo importante en la historia de Magalí: nadie llega sola. Hay una red afectiva, profesional y cotidiana que sostiene.
Cuando habla de quienes la impulsaron, vuelve a nombrar a Sebastián y a Jano, ambos integrantes de la Selección Argentina de Masoterapeutas. Y cuando habla de lo personal, nombra a su familia. Esa familia que en las reuniones le pide “un masajito”, casi como ocurre en tantas casas donde el cuidado aparece primero de manera íntima, doméstica, amorosa, antes de adquirir forma profesional.
La Selección Argentina de Masoterapeutas, cuenta, nació en Florencio Varela, más precisamente en Zeballos, dentro del Centro Rodmanz. Y para ella formar parte de ese espacio no es un detalle menor. Al contrario. Lo vive como un orgullo enorme. No solo por el reconocimiento personal, sino porque siente que representa a su ciudad y a su país.
Ese orgullo, sin embargo, está atravesado por una historia mucho más profunda que la del evento en sí. Porque Magalí no cuenta su presente como una coronación individual, sino como el resultado de haber enfrentado una batalla muy concreta contra el dolor.
Su frase más potente aparece casi sin buscarla: dice que pasó de no poder subir o bajar de un colectivo o una escalera, a poder moverse bien. Ahí está el corazón de todo. Antes que una competencia, antes que un viaje, antes que una bandera, lo que hay es una mujer que logró recuperar movilidad, confianza y deseo en un cuerpo que durante un tiempo le impuso sufrimiento y límites.
El Campeonato Ibérico Internacional de Masaje, que se realizará del 20 al 22 de marzo de 2026 en Marbella, será el escenario donde ese recorrido tendrá visibilidad internacional. Es un encuentro importante del mundo del bienestar, donde terapeutas de distintos lugares intercambian saberes, muestran técnicas y compiten en diferentes categorías. Magalí participará en masaje tailandés, una disciplina que no es la que más practica habitualmente y que por eso le exigió todavía más entrenamiento.
Allí se evaluarán aspectos como la ergonomía, la fluidez, la coordinación, la armonía, la ética, el desplazamiento, la presencia, la vestimenta, la ambientación de la camilla y el cumplimiento del tiempo. Pero cuando Magalí habla de lo que espera de esa experiencia, no pone el centro en ganar. Habla del encuentro. De aprender. De observar. De compartir con otros profesionales.
Esa manera de mirar también la define. No aparece corrida por la lógica del triunfo individual. Aparece, más bien, comprometida con una idea del masaje como espacio de intercambio, de cuidado y de crecimiento mutuo.
Tampoco el viaje fue fácil de sostener. No hubo una gran estructura económica detrás. El esfuerzo, explica, fue individual. Desde mediados del año pasado vienen trabajando para solventar los gastos. Consiguieron dos sponsors, pero el resto salió de su propio trabajo y del esfuerzo personal.
Hubo rifas. Hubo empanadas vendidas los fines de semana. Hubo organización y sacrificio. En ese detalle aparece otra parte fundamental de su historia: nada fue regalado. Cada paso tuvo detrás disciplina, constancia y una decisión firme de no abandonar.
Cuando se le pregunta qué le gustaría transmitir, no responde con frases hechas. Habla de ser disciplinado, organizado y constante para alcanzar metas. Habla de animarse a los desafíos. Y dice algo que también resume su vida: eso que muchas veces se llama fracaso puede convertirse en una oportunidad.
En su caso, la oportunidad salió del dolor. De una enfermedad. De la limitación. De la vergüenza. De empezar tarde. De perder a un hermano en pleno proceso. De tener que juntar peso por peso para llegar. Todo eso, lejos de detenerla, fue moldeando una forma de estar en el mundo.
Por eso, aunque ahora la escena visible sea Marbella, aunque el nombre del campeonato suene grande y el viaje impresione, la historia más fuerte sigue estando acá, en Varela. En una mujer que un día buscó alivio para su cuerpo y terminó encontrando una vocación. En alguien que hizo de sus manos una herramienta de trabajo y de cuidado, incluso cuando esas mismas manos también habían sido parte de su padecimiento.
Y ahora sí: la valija está casi lista. La nota se terminó de hacer mientras ella seguía guardando cosas antes de salir. Ya partía rumbo a España. Y en esa partida no viaja solo una competidora. Viaja una historia de esfuerzo, de transformación y de coraje.
Magalí Escalante no llega a Marbella solamente como masoterapeuta. Llega, sobre todo, como una mujer que logró convertir el dolor en una forma de sanar.
