domingo, marzo 29

El Tanque Cono Pizza: la historia de un sabor que se sostiene en familia

En Florencio Varela, donde emprender suele ser más una necesidad que una elección romántica, hay historias que se cocinan a fuego lento. Algunas empiezan en una cocina doméstica, otras en una feria barrial. La de Darío Vaamonde Pérez tiene un poco de todo eso: lucha, intuición, caída, y una idea que se volvió refugio.

Antes de que el “cono pizza” tuviera nombre propio, hubo una pizzería familiar frente al tanque de agua de Villa Mónica Vieja. Era 2012 y Darío no solo amasaba harina: también insistía con otra masa, más difícil de moldear, la de los espacios públicos para emprendedores. Quería algo parecido a una feria donde los vecinos pudieran ofrecer lo suyo. No fue fácil. De hecho, no fue. Pero de esa frustración nació otra cosa: la organización de emprendedores locales, el germen de lo que después sería Fénix.

“Buscando algo para ofrecer encontré el cono pizza”, dice, como quien recuerda un hallazgo que no fue casual sino consecuencia.

Comer con la mano, pero con historia

El cono pizza —explica— es una masa crocante, similar a la de una pizza tradicional, pero enrollada en forma de cono y rellena con mozzarella y variantes clásicas: especial, calabresa, fugazzeta. La diferencia no está tanto en los ingredientes como en la experiencia: no hay plato, no hay corte, no hay espera. Hay un gesto directo, casi infantil, de agarrar y comer.

Pero llegar a esa simpleza llevó tiempo. “El único secreto es la base del cono”, reconoce. Y ahí aparece el método menos glamoroso del emprendedor: prueba y error. Una y otra vez, hasta que la forma dejó de ser problema y empezó a ser identidad.

La cocina como trinchera

El proyecto no nació en un local vidriado ni en una franquicia prolija. Nació en su casa. Y creció —o resistió— en condiciones que pondrían en pausa a cualquiera: pandemia y un ACV en 2020.

Darío lo cuenta sin dramatismo, pero con una certeza que atraviesa todo el relato: la familia no es solo acompañamiento, es motor. “La mejor cura fue mi familia”, dice. Y entonces el emprendimiento deja de ser solo económico para volverse también emocional: una excusa para hacer juntos.

Hoy, Cono Pizza El Tanque —como bautizó su marca— busca expandirse más allá del mostrador ocasional. Piensa en kioscos, almacenes, eventos, ferias. Piensa en packs congelados para supermercados. Piensa incluso en abastecer a otras pizzerías con prepizzas listas, como una forma de multiplicar la idea sin exigir saber amasar.

Y en ese pensar aparece un horizonte: la fábrica propia.

El gusto y la desconfianza

Innovar en lo cotidiano no siempre es fácil. “Hay pocas ganas de intentar algo distinto”, admite. Pero también hay una clave: el primer bocado. Cuando alguien prueba el cono pizza, la resistencia cae.

Quizás por eso, los primeros en adoptarlo fueron los chicos. Y en esa escena —niños pidiendo conos, familias compartiendo— Darío encuentra un sentido más amplio: le gusta creer que su producto es, también, un símbolo de familia en Varela.

Emprender en Varela, antes y ahora

Si algo cambió en estos años, dice, es el contexto. Emprender hoy en Florencio Varela no es igual que al comienzo. Hay más herramientas, más reconocimiento, más diálogo con el municipio. No es fácil, pero ya no es tan cuesta arriba.

Esa evolución no borra lo anterior: el esfuerzo inicial, la falta de espacios, la necesidad de organizarse. Pero sí marca una diferencia para quienes vienen detrás.

Lo que queda cuando pasa todo

Si el cono pizza pudiera hablar, dice Darío, diría una sola palabra: resiliencia.

Porque el proyecto no solo sobrevivió a crisis personales y colectivas, sino que incluso cruzó fronteras —llegó a desarrollarse en España— antes de volver a enraizarse en su lugar de origen.

Y tal vez ahí esté la clave de esta historia: no en la forma del producto, ni en la receta, ni siquiera en la idea de negocio. Sino en algo más difícil de encapsular: la insistencia.

En un cono que se come con la mano, pero que se sostiene con todo lo demás.

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