Cómo las ideas que ayudaron a fundar el país vuelven a aparecer hoy en discusiones sobre inmigración, derechos y pertenencia.
Estanislao Severo Zeballos fue abogado, periodista, geógrafo y uno de los intelectuales más influyentes de la Argentina de fines del siglo XIX. Integrante central de la Generación del 80, fundador de la Sociedad Científica Argentina, presidente de la Sociedad Rural y tres veces ministro de Relaciones Exteriores, su figura encarna como pocas la articulación entre producción intelectual y poder político en el proceso de construcción del Estado Nación. Su nombre no solo quedó inscripto en los libros de historia, sino también en el territorio: Florencio Varela lo incorporó a su identidad institucional. Sin embargo, junto a ese legado formal persiste una dimensión menos revisada de su pensamiento, vinculada a la justificación de la exclusión y la violencia estatal durante la Conquista del Desierto, cuyos ecos reaparecen hoy en discursos xenófobos que circulan en el espacio público local.
Zeballos y la construcción de un enemigo funcional

Zeballos desarrolló su obra en el marco de un proyecto político que concebía la expansión territorial como condición indispensable para el progreso económico y la consolidación del Estado. En 1878 publicó La conquista de quince mil leguas, un libro redactado mientras el Congreso Nacional debatía la ampliación de la frontera sur. El propio autor dejó constancia de que la obra fue escrita para ser leída por los legisladores antes del cierre de las sesiones. El gobierno nacional no solo avaló ese objetivo, sino que costeó su publicación y distribución entre diputados, senadores y oficiales del Ejército, según consta en la respuesta oficial firmada por el presidente Nicolás Avellaneda y el ministro de Guerra Julio Argentino Roca.
El texto funcionó como un programa político integral. A lo largo de sus capítulos, Zeballos describió el territorio a ocupar, clasificó a las poblaciones originarias, evaluó recursos naturales y propuso estrategias militares, económicas y logísticas para el avance armado. Todo ello desde una matriz positivista que colocaba a la civilización occidental como sinónimo de orden y progreso, y a los pueblos indígenas como un obstáculo a remover.
En sus páginas, el autor sostuvo que los habitantes originarios debían ser tratados con “implacable rigor”, celebró la eficacia del fusil Remington como herramienta decisiva y presentó la ocupación territorial como una misión civilizatoria del Estado.
Del Congreso a la campaña militar
Ese andamiaje intelectual tuvo consecuencias concretas. El 5 de octubre de 1878, el Congreso sancionó la Ley 947, que autorizó al Poder Ejecutivo a invertir hasta 1.600.000 pesos fuertes para avanzar sobre los territorios ubicados al sur de la frontera, estableciendo explícitamente el “sometimiento o desalojo” de las poblaciones indígenas.
Con respaldo político, financiamiento público y un discurso legitimador consolidado, las tropas al mando de Julio Argentino Roca avanzaron sobre la Patagonia. La historiografía contemporánea discute las categorías jurídicas aplicables a ese proceso, pero existe consenso académico en que implicó muertes, desplazamientos forzados y la ruptura de estructuras sociales originarias, con consecuencias que se extienden hasta el presente.
Lo que hoy se dice en Florencio Varela
Más de un siglo después, los contextos históricos son otros. Sin embargo, ciertas matrices discursivas reaparecen. En publicaciones recientes de El Vespertino en redes sociales, se registraron comentarios de lectores que expresan rechazo, desprecio y generalizaciones negativas hacia personas migrantes, especialmente provenientes de países limítrofes.
Algunos ejemplos textuales ilustran ese clima discursivo:
“La famosa Patria Grande del kirchnerismo dejaron entrar a cualquiera de los países vecinos, usurparon tierras, se atienden gratis, les dieron jubilaciones sin haber jamás aportado un solo peso, solo a cambio del voto”.
Otro comentario afirmó:
“Violadores chorros hay autos y motos prendidos fuegos en todas las esquinas. Un desastre. Lleno de paraguayos bolivianos peruanos. Narcos”.
Y un tercer mensaje señaló:
“Todos extranjeros limítrofes y cuantos argentinos sin techo y estas mugres toman todo sin poner un dólar”.
Estas expresiones, cuya veracidad fáctica no se encuentra respaldada por datos oficiales en los términos en que son formuladas, no constituyen hechos comprobables sino opiniones cargadas de estigmatización. Su relevancia periodística no reside en su contenido factual, sino en lo que revelan sobre la persistencia de discursos que construyen al “otro” como amenaza.
Continuidades que interpelan
La comparación histórica no busca equiparar contextos ni responsabilidades, sino señalar continuidades estructurales en los modos de pensar la exclusión. En el siglo XIX, el indígena fue definido como “bárbaro” para justificar la expansión territorial. En el presente, el inmigrante pobre es señalado como responsable de problemas sociales complejos, como la inseguridad o la saturación de servicios públicos.
En ambos casos, la deshumanización cumple una función política: desplazar tensiones estructurales —desigualdad, precarización, violencia social— hacia un enemigo identificable y vulnerable.
Florencio Varela, como parte del conurbano bonaerense, es un territorio marcado por migraciones internas y regionales, por desigualdades persistentes y por una fuerte demanda de derechos básicos. En ese contexto, la circulación acrítica de discursos xenófobos no solo erosiona la convivencia democrática, sino que reactualiza lógicas que en el pasado legitimaron violencias estatales de enorme magnitud.
Mirar el pasado para discutir el presente
Revisar críticamente la figura de Estanislao Severo Zeballos no implica negar su relevancia histórica, sino complejizarla. Nombrar las ideas que ayudaron a fundar el Estado argentino, reconocer su costado excluyente y advertir cómo ciertos argumentos reaparecen hoy con nuevos destinatarios es una tarea necesaria.
La historia que dio nombre a Florencio Varela no está cerrada. Sigue dialogando con el presente, interpelando las palabras que circulan, los odios que se expresan y las responsabilidades colectivas frente a una sociedad que solo puede pensarse democrática si rechaza la exclusión y afirma, sin ambigüedades, el respeto a los derechos humanos.
