La subestación eléctrica Bosques, ubicada en Florencio Varela y uno de los nodos más críticos del sistema energético argentino, fue el origen de una falla que provocó un apagón masivo y afectó a casi un millón de personas en el Área Metropolitana de Buenos Aires. El episodio expuso el nivel de fragilidad de una infraestructura estratégica y sus consecuencias sociales directas.

El apagón registrado en la madrugada del 31 de diciembre de 2025 tuvo un alcance inusual incluso para los estándares del AMBA. Según información oficial, la interrupción del suministro eléctrico afectó a casi un millón de personas y tuvo como punto de origen la subestación eléctrica Bosques, situada en la localidad de Bosques, partido de Florencio Varela. No se trató de una contingencia menor: la magnitud del corte estuvo directamente vinculada a la centralidad que esta instalación ocupa dentro del sistema de transporte y distribución de energía del país.
La subestación Bosques es uno de los nodos más importantes del sistema eléctrico argentino. Funciona como un centro de transformación de extra alta tensión, donde confluyen líneas de 500 kilovoltios —el máximo nivel utilizado en el país— que traen energía desde las grandes centrales generadoras hacia el conurbano bonaerense y la Ciudad de Buenos Aires. Desde allí, esa energía es reducida a tensiones menores y distribuida a subestaciones regionales, redes barriales, hogares, comercios e industrias. Cuando Bosques falla, el impacto se multiplica de forma inmediata y masiva.
Eso fue exactamente lo que ocurrió en la antesala de Año Nuevo. La falla en esta subestación provocó cortes simultáneos del servicio eléctrico en una extensa franja del AMBA, dejando sin suministro a casi un millón de personas. Entre las zonas afectadas se encontraron:
- Florencio Varela (incluyendo Ingeniero Allan y la localidad de Bosques)
- Quilmes
- Berazategui (incluida la zona de El Pato)
- Avellaneda
- Alejandro Korn, en el partido de San Vicente
- Barrios de la Ciudad de Buenos Aires como Parque Patricios, Constitución, Flores, Parque Avellaneda y Almagro
La extensión territorial del apagón confirmó el rol de Bosques como “corazón” energético del sur metropolitano. Su función como puerta de entrada de la energía al Gran Buenos Aires la convierte en un punto neurálgico del Sistema Argentino de Interconexión (SADI). Desde este nodo, la energía es tomada por las distribuidoras para ser llevada a los usuarios finales. Esa centralidad explica por qué una sola falla técnica puede dejar a oscuras a cientos de miles de hogares en distintos distritos al mismo tiempo.
La infraestructura de la subestación da cuenta de su relevancia: transformadores de gran potencia, equipamiento de maniobra para aislar sectores de la red y sistemas diseñados para sostener la estabilidad del voltaje en momentos de alta demanda. Sin embargo, también deja en evidencia un problema estructural: la red opera con márgenes cada vez más ajustados, especialmente durante episodios de calor extremo, cuando el consumo eléctrico se dispara.
El apagón no ocurrió en un vacío social. Se produjo en un contexto de temperaturas elevadas y sobre una población ya atravesada por desigualdades profundas. Para casi un millón de personas, quedarse sin luz implicó mucho más que una molestia: significó la pérdida de alimentos, la imposibilidad de refrigerar medicamentos, la interrupción de tareas laborales y de cuidado, y la exposición a condiciones de vida indignas en plena ola de calor. En los sectores populares del conurbano, donde no existen generadores ni alternativas de respaldo, el impacto fue inmediato y desproporcionado.
Desde una perspectiva de derechos humanos, el acceso continuo a la energía eléctrica es un derecho habilitante de otros derechos fundamentales, como la salud, la vivienda adecuada y la seguridad. Los cortes masivos afectan de manera diferencial a mujeres, personas mayores, niñas y niños, personas con discapacidad y a quienes dependen de equipamiento eléctrico para tratamientos médicos. En estos contextos, la falla del sistema no es neutra: profundiza desigualdades y expone a los sectores más vulnerables a mayores riesgos.
Florencio Varela quedó, una vez más, en el centro de una crisis que excede sus límites geográficos. La subestación Bosques, emplazada en su territorio, sostiene una parte sustancial del entramado energético del AMBA. Cuando ese nodo crítico colapsa, el impacto alcanza a casi un millón de personas y deja al descubierto las deudas pendientes en materia de inversión, planificación y control de un servicio público esencial.
El apagón de fin de año dejó una señal clara y difícil de ignorar. Mientras una infraestructura tan estratégica como la subestación Bosques continúe operando bajo niveles extremos de exigencia, sin refuerzos estructurales acordes a su importancia, los cortes masivos seguirán siendo una amenaza latente. Y cada nuevo episodio volverá a poner sobre la mesa una pregunta central para la región: cómo garantizar un sistema eléctrico confiable que no vuelva a dejar a casi un millón de personas a oscuras, con derechos básicos vulnerados.
