lunes, marzo 9

Las mujeres que sostienen el barrio: historias de cuidado, resistencia y esperanza en Florencio Varela

Sobrecarga de tareas de cuidado, desigualdad de recursos para enfrentar la vida cotidiana, brechas sociales persistentes, relegamiento histórico a lo doméstico y la responsabilidad casi exclusiva de sostener familias, barrios y redes comunitarias. Desde Villa Hudson, en Florencio Varela, la doctora Ana Bo reflexiona sobre lo que significa ser mujer en los barrios populares del distrito y cómo, aun en medio de esas desigualdades estructurales, las mujeres siguen organizándose para transformar su realidad.

A media mañana, la sala de espera del centro de salud vuelve a llenarse. Hay mochilas escolares apoyadas en el piso, bebés en brazos y cuadernos de vacunación que pasan de mano en mano. En casi todas las sillas se repite la misma escena: mujeres que esperan.

Esperan por un turno, por un control, por una consulta. Pero también sostienen algo más grande que esa espera. Sostienen familias, redes y barrios enteros.

La doctora Ana Bo, médica que trabaja desde hace años en Florencio Varela, lo ve todos los días. Lo ve en los pasillos del sistema de salud y en la trama comunitaria que rodea a los barrios populares.

Las mujeres de Florencio Varela, como seguramente de muchos otros lugares, siguen luchando día a día por su identidad, su familia, sus hijos”, dice.
Son las principales habitantes de los centros de salud, encargándose del cuidado de niños, padres, parejas, suegros, la casa; las que llevan adelante todas las actividades que se plantean de promoción de salud y de lucha por derechos”.

No lo dice como una observación distante. Lo dice desde la experiencia cotidiana de quien ve cómo el cuidado —esa tarea tantas veces invisible— tiene un rostro claro en los barrios del sur del conurbano.


Redes que nacen desde abajo

Pero en los últimos años, explica Bo, también empezaron a crecer nuevas formas de organización colectiva. Redes que nacen desde el territorio y que transforman el modo en que las comunidades enfrentan las desigualdades.

En nuestro barrio existen dos entidades que destaco: la red intersectorial, que nuclea a toda la comunidad organizada —comedores, merenderos, espacios culturales— casi todas mujeres”, cuenta.

Ese entramado de organizaciones no siempre aparece en los titulares, pero funciona como un sistema nervioso del barrio: conecta necesidades, recursos, personas.

En esa misma lógica aparece otro espacio que, para Bo, tiene un valor especial.

Las Mariposas de Villa Hudson, mujeres que han atravesado o atraviesan situaciones vinculadas a la violencia de género y que apoyan a otras mujeres en el difícil camino de la recuperación”.

En esa frase hay una idea central del feminismo comunitario: nadie se salva sola.


La fuerza de las historias compartidas

Las redes de mujeres no solo contienen. También transforman.

Estos agrupamientos los considero logros que fueron dándose en los últimos tiempos, que generan influencia e involucramiento en la lucha por la igualdad de derechos”, explica Bo.

No se trata únicamente de asistencia social. Se trata de algo más profundo: procesos de autonomía.

Ayuda al deseo individual de progresar en lo personal en nuevos saberes, desde sus historias y resistencias, desafían estructuras tradicionales, promoviendo solidaridad y sentido de pertenencia”.

Las historias personales, en ese sentido, se vuelven colectivas. Cada experiencia de superación alimenta otra.

Enfrentando demandas materiales y, a partir de sus historias, buscan mejorar sus vidas y las del barrio”.


La universidad como horizonte

En ese mapa de transformaciones, la educación ocupa un lugar clave.

Para muchas mujeres del conurbano, la universidad fue durante décadas un territorio lejano, casi imposible.

La aparición de la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ) cambió ese escenario.

La UNAJ en la región también se tornó en un espacio transformador”, afirma Bo.

La universidad, en ese sentido, no solo forma profesionales: también reconfigura expectativas de vida.

Funciona como un motor de ascenso social, permitiendo que miles de estudiantes, muchos de ellos primera generación universitaria, accedan a estudios superiores”.

Y en ese proceso, muchas mujeres están ocupando un lugar central.

Especialmente las mujeres, quienes estaban relegadas a las tareas domésticas o al cuidado familiar predominantemente”.


El peso invisible del cuidado

Pero el camino no es sencillo.

Las desigualdades estructurales siguen marcando el ritmo de la vida cotidiana en los barrios populares.

Queda aún mucho camino por andar, con brechas, desigualdades y profundos desafíos, falta de recursos para enfrentar la cotidianeidad”, advierte Bo.

La carga del cuidado sigue siendo una de las más pesadas.

Una enorme carga en la tarea de cuidados no compartida”.

Esa desigualdad, silenciosa pero persistente, atraviesa la vida de millones de mujeres en Argentina.

Y, sin embargo, la resistencia también forma parte de esa misma historia.


La esperanza que se construye todos los días

Bo no habla de heroísmo. Habla de algo más cotidiano.

Sin embargo sigue la lucha, con resistencia y amor como las mujeres sabemos hacerlo”.

En los barrios de Florencio Varela esa resistencia tiene muchas formas: una olla en un comedor, una reunión comunitaria, una mujer que vuelve a estudiar, otra que acompaña a una vecina a denunciar violencia.

Generando esperanza para las generaciones venideras”.

En esa frase, casi susurrada, aparece la dimensión más profunda de la lucha colectiva: no se pelea solo por el presente.

Se pelea por lo que todavía no existe.

Y tal vez esa sea la pregunta que queda flotando sobre los barrios de Varela en este Mes de la Mujer:

Si las mujeres ya sostienen el cuidado, la comunidad y la esperanza…
¿qué podría cambiar en la sociedad si ese trabajo, por fin, fuera reconocido como lo que realmente es: el corazón que mantiene vivo al barrio?

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