En una casa de Florencio Varela, Mariela Muñoz crió a 23 hijos e hijas y construyó una maternidad basada en el cuidado cotidiano. Años después, el Estado argentino reconocería legalmente su identidad como mujer al emitirle un DNI acorde a su identidad femenina, en un antecedente que anticipó debates que décadas más tarde quedarían plasmados en la legislación sobre identidad de género.

Antes de que su nombre apareciera en los noticieros y en los expedientes judiciales, Mariela Muñoz ya llevaba una vida que se parecía a la de muchas mujeres del conurbano.
En una casa de Florencio Varela, donde vivió durante años, comenzó a recibir a chicos y chicas que con el tiempo pasarían a formar parte de su familia. Algunos llegaban a través de madres que atravesaban situaciones difíciles; otros porque sus familias no podían sostener su crianza.
Con los años, esa casa se transformó en el lugar donde Mariela Muñoz crió a 23 hijos e hijas.
Durante mucho tiempo su historia circuló de boca en boca en el barrio. Pero a comienzos de los años 90, su vida privada pasó a ocupar el centro de la escena pública cuando un proceso judicial cuestionó la tenencia de algunos de los niños que vivían con ella.
El caso tuvo una enorme exposición mediática y colocó a Mariela Muñoz en el centro de un debate que en aquella época todavía era incipiente en la sociedad argentina: qué significaba ser mujer y qué lugar ocupaban las identidades trans en el reconocimiento legal y social.
En 1993, la Justicia le quitó la tenencia de tres de los niños y la condenó a una pena de prisión en suspenso. Aquel proceso judicial quedó registrado en los archivos de la época y fue ampliamente cubierto por los medios nacionales.
Sin embargo, la historia de Mariela no terminó allí.
Años más tarde protagonizó otro episodio que también quedaría en la memoria pública argentina. En 1997, logró que el Estado argentino emitiera un Documento Nacional de Identidad que reconocía su nombre y su identidad femenina, algo inédito en aquel momento. Fue en una entrevista en la mesa de Almorzando con Mirtha Legrand, cuando la conductora abrió el programa con el documento de ella en la mano. «Esto es impresionante. Yo nunca vi un caso así. Es revolucionario«, decía, mientras leía: «Mariela Muñoz, argentina, tucumana». Y remataba: «Te entrego tu documento, donde aparece que sos una señora». Era la primera persona del país en conseguir el cambio género y nombre en el Documento Nacional de Identidad.
Ese reconocimiento ocurrió mucho antes de que el país sancionara la Ley de Identidad de Género, aprobada en 2012, que establece el derecho de todas las personas a ser reconocidas según su identidad de género autopercibida.
Con el paso del tiempo, la figura de Mariela Muñoz quedó asociada a tres dimensiones que se entrelazan en su historia: la maternidad, el proceso judicial que la expuso públicamente y la discusión sobre identidad de género que su caso ayudó a visibilizar.
Pero hay un punto que aparece de manera constante en las reconstrucciones de su vida.
Todo comenzó en Florencio Varela.
Fue en ese distrito del sur del conurbano bonaerense donde Mariela construyó su casa, donde crió a sus hijos e hijas y donde empezó una historia que más tarde llegaría a todo el país.
Hoy, cuando el debate sobre identidad de género forma parte del marco legal argentino, su historia suele recordarse como una de las experiencias tempranas que pusieron en discusión una idea profundamente arraigada durante décadas: que la identidad de género estaba determinada exclusivamente por el sexo asignado al nacer.
La legislación argentina vigente reconoce otra perspectiva: que la identidad de género es una vivencia interna e individual que cada persona tiene derecho a expresar y a que sea reconocida por el Estado.
Mucho antes de que esa definición existiera en la ley, la vida de Mariela Muñoz ya estaba obligando a la sociedad argentina a hacerse esa pregunta.
Y esa historia —con sus luces, sus conflictos y sus controversias— empezó en Florencio Varela, en el sur del conurbano bonaerense.
