viernes, marzo 20

El tren falla, el Estado responde con copy paste

Las respuestas enviadas ante reclamos de usuarios repiten el libreto burocrático de siempre: canales oficiales, encuestas y fiscalizaciones futuras. Del otro lado, miles de vecinos siguen viajando con el cuerpo puesto y la paciencia agotada

FOTO Martín Bonetto

A las 5.44 de la mañana, cuando para buena parte de Florencio Varela el día todavía no empezó del todo, llegó una respuesta. No una solución: una respuesta.

El correo, enviado desde “Atención al pasajero”, contestaba un reclamo concreto —el N° 2678210— con una fórmula que podría servir para casi cualquier cosa y, al mismo tiempo, para ninguna. Allí se informaba que “el servicio circula según el cronograma vigente”, que las alteraciones por obras son comunicadas por los canales oficiales y que, ante cualquier inquietud, la persona usuaria puede consultar la app, la web, las redes sociales o acercarse a un centro de atención. Si el reclamo no fue resuelto de manera satisfactoria, agregaba el mensaje, siempre queda la posibilidad de llamar a la CNRT.

La escena tiene algo del lenguaje de época: cuando el transporte falla, la respuesta no llega en forma de tren a horario ni de combinación garantizada, sino de instructivo. El problema baja a la pantalla del celular convertido en trámite, enlace, encuesta de satisfacción.

Pero en Florencio Varela el viaje no es una molestia menor. Es una condición de existencia.

En una nota publicada por El Vespertino, basada en un diagnóstico socio-territorial sobre el distrito, se advierte que casi el 80% de los trabajadores depende del transporte público para ir a trabajar; el 55% viaja exclusivamente en colectivo y otro 24% combina colectivo y tren. Además, en el 77% de los casos los trabajadores utilizan más de un medio de transporte en sus recorridos diarios.

Es decir: para miles de personas, llegar al trabajo no depende de un solo servicio, sino de una cadena delicada de horarios, esperas, estaciones, caminatas y combinaciones que se rompen fácil. Y cuando esa cadena se corta, no se altera apenas la movilidad: se desordena la vida.

Cada madrugada, como contó este medio días atrás, Florencio Varela empieza a vaciarse. Vecinos y vecinas salen antes del amanecer hacia otros municipios o hacia la Ciudad de Buenos Aires, en una rutina que revela una marca estructural del distrito: gran parte de su población trabaja fuera de su lugar de residencia.

Por eso, cuando una persona reclama por un servicio ferroviario o por una falla en el sistema de transporte, no está reclamando solamente por una demora. Está reclamando por el riesgo de llegar tarde, de perder presentismo, de acumular sanciones, de volver más tarde a su casa, de ver menos a sus hijos, de dormir menos horas, de vivir peor.

En otra de las respuestas aportadas a El Vespertino, esta vez firmada por CNRT – Atención Ciudadano, el organismo informó que, ante la solicitud N° 923835, “se procedió a dar aviso a la Gerencia de Fiscalización, para orientar los operativos de control”. También señaló que esa gerencia realiza controles periódicos para verificar el cumplimiento de la normativa y que, ante anomalías, puede labrar actas de comprobación y sancionar a las operadoras bajo el régimen de penalidades correspondiente.

Otra vez, la promesa estatal aparece corrida unos metros más allá: no en la experiencia concreta del pasajero, sino en una eventual fiscalización futura. No en la certeza de que mañana el viaje será mejor, sino en la posibilidad de que alguna oficina haya tomado nota.

El problema es que la vida de los trabajadores no ocurre “a futuro”. Ocurre hoy. Ocurre cuando el tren no llega, cuando la combinación se pierde, cuando hay que explicar en un empleo cada vez más precario que la demora fue por causas ajenas. Ocurre cuando el cuerpo empieza a pagar, una vez más, el precio del viaje.

En Florencio Varela, donde el transporte público no es una opción entre otras sino la infraestructura misma que sostiene la salida diaria al trabajo, el tiempo se volvió una frontera social. Según la investigación citada por El Vespertino, los trayectos extensos, las múltiples combinaciones y la dependencia del sistema de transporte condicionan la vida cotidiana de una parte central de la población trabajadora. La desaparición de la línea 148, además, agravó ese cuadro para miles de vecinos, con recorridos más largos, menos opciones y una creciente incertidumbre sobre cómo sostener la rutina laboral.

Entonces el correo automático adquiere otro peso. Ya no suena solamente burocrático. Suena también desproporcionado.

Porque frente a jornadas que empiezan de noche, frente a viajes que pueden demandar horas, frente a una ciudad que cada mañana se vacía para ir a producir riqueza en otro lado, la respuesta oficial parece escrita desde un país distinto: uno donde alcanza con chequear una app, mirar Instagram o completar una encuesta para sentirse escuchado.

Pero en el sur del conurbano la pregunta sigue siendo más elemental.

Cómo llega a trabajar una persona cuando el sistema que la mueve empieza a fallar.

Y qué parte de esa caída está dispuesta a tolerar un Estado que, por ahora, responde más rápido con mails que con soluciones.

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