En un distrito donde la desigualdad, el miedo y la desinformación todavía condicionan la vida de miles, la voz de la referenta radical -Miriam Romero-, que rompiendo estereotipos aprendió a resistir, revela una verdad incómoda: las mujeres y diversidades de Florencio Varela siguen enfrentando violencias que empiezan en la calle, atraviesan el hogar y se profundizan cuando el Estado no llega. Entre el dolor y la esperanza, su testimonio desnuda un territorio que exige ser escuchado.
En Florencio Varela, donde la vida cotidiana convive con desigualdades estructurales y violencias persistentes, la mirada de la vecina y referenta radical Miriam Romero funciona como una radiografía directa, sin adornos, de lo que ocurre en los barrios. Ella lo resume desde su propia experiencia: “las mujeres y diversidades siguen atravesando todo tipo de violencia en Florencio Varela más allá de la lucha cotideana todavía no se le da el espacio en la sociedad”.

Su observación nace del territorio, de lo que ve cada día: “las identificó en mi entorno cuando vez que estas personas se levantan todos los días para ir a trabajar y no pueden llegar ya sea porque las empresas paran o están en una parada esperando el micro y las asaltan o simplemente no llegan con el dinero necesario para cubrir sus necesidades”. Para ella, la violencia no está aislada: se mezcla con la inseguridad, con la falta de recursos y con decisiones que las personas no pueden controlar.
En medio de ese escenario, destaca un cambio social que reconoce y valora: “Desde mi rol como vecina veo que la ciudadanía es más empatico con el otro más allá que falta mucho por hacer”. Esa mayor sensibilidad comunitaria, dice, convive con obstáculos que todavía son determinantes. Y lo explica con contundencia: “Los obstáculos que se siguen encontrando es por falta de información no todo el mundo tiene acceso por ende se encuentran limitados”.
Para Miriam, la prevención de la violencia requiere políticas simples, cercanas y comunitarias. Lo plantea sin rodeos: “Las políticas o iniciativas comunitarias podrían ser más para la parte educativa incluyendo en las sociedades de fomento donde los chicos puedan acceder a un deporte es donde aprenden a sociabilizar, y que estos centros no pongan cupos si no que el chico pueda ir en cualquier momento y encuentre contención”. Considera que esos espacios son claves para sostener a la juventud y romper ciclos de exclusión.
Sobre el impacto emocional y económico que viven las mujeres, su análisis vuelve a la realidad cotidiana: “El impacto que tiene en las mujeres es por miedo o desinformación o abandono del Estado”. Y vincula ese diagnóstico con lo que ocurre en los lugares que deberían brindar acompañamiento: “Todos o casi todos los centros tienen un papel importante más allá que no todos tienen los recursos que necesitan para atender a las victimas”.
La historia que la marcó en lo personal también se relaciona con la violencia simbólica y los estereotipos de género. Lo cuenta con orgullo y con la naturalidad de quien tomó una decisión que no fue sencilla: “La historia que me marco es el haber elegido una profesión donde no estaba bien vista hacer un trabajo que supuestamente hacen los hombres (Gomeria) y estoy orgullosa de romper estereotipos”.

Su mensaje para las jóvenes varelenses es directo y afectivo. Una guía para quienes están construyendo sus primeros vínculos, y también un recordatorio sobre cómo debería ser el amor: “Les diría que los vínculos se construyen con amor y que nadie es dueño del otro que si van a vivir en pareja se respeten y acompañen que dialoguen y por sobre todo que se escuchen y si no pueden resolver algo que busquen ayuda”.
Cuando imagina un Florencio Varela distinto, su deseo está cargado de esperanza, pero también de una advertencia: “Cómo me imagino un Floreció Varela más seguro, pues soñemos que todavía es gratis, los cambios concretos serían que todo tipo de autoridades entiendan que la sociedad les da el poder pero eso no quiere decir que el ciudadano sufra malos tratos por parte de ellos que se los escuche y atiendan cuando se reclama algo y a su vez que el ciudadano común cumpla con las normas”.
Y en este 25 de noviembre —día internacional de lucha contra la violencia hacia las mujeres— su definición del principal desafío es tan cruda como urgente: “En este 25 de noviembre el principal desafío es terminar con los narcotraficantes que ellos se llevan el dinero y las vidas de nuestra juventud que el país todo sea consiente y no mire para otro lado que no tenga miedo en hacer una denuncia si acabamos con los corruptos tendremos un país mejor donde vivir y ser felices”.
Todo lo que Miriam relata nace del territorio. No son diagnósticos de escritorio ni consignas de campaña: son vivencias, observaciones y dolores compartidos por vecinas que, como ella, levantan la voz para que otros puedan escuchar lo que sucede cuando las violencias se vuelven parte del paisaje. Su testimonio, cargado de sinceridad y experiencia, convierte su opinión en un llamado urgente a transformar la vida cotidiana de Florencio Varela.

