Para Diego Garrobo, delegado sindical del Hospital El Cruce, la discusión sobre el futuro del hospital no es técnica ni administrativa: es humana. Entre orgullo, angustia y organización colectiva, pone en palabras lo que hoy se vive en los pasillos de uno de los centros de alta complejidad más importantes del país.

Cuando Diego Garrobo piensa en el Hospital El Cruce, no lo hace desde los papeles ni desde los comunicados oficiales. Lo hace desde la experiencia. Desde el recuerdo de un lugar que, a diferencia de muchos otros, no se fue desgastando con el tiempo.
“Siempre fue un hospital cuidado, limpio, ordenado. Un lugar donde las cosas funcionan, y cuando algo se rompe, se arregla”, dice. Para él, esa escena cotidiana —la del cuidado permanente— es la primera imagen que aparece cuando intenta explicar qué está en juego frente a las versiones de un posible cambio en el modelo de gestión.
Garrobo trabaja en el hospital desde su apertura. Lo vio nacer y crecer. Por eso habla de pertenencia y de orgullo, pero también de dolor ante la posibilidad de que cambie una lógica que, según remarca, permitió que el hospital mejore año tras año en lugar de deteriorarse.
La alerta que se siente en el cuerpo
Las versiones sobre modificaciones impulsadas desde el Gobierno nacional no llegaron como una noticia más. En su caso, la reacción fue inmediata y física. “Lo primero que sentí fue una mezcla de bronca y preocupación. Una sensación en el pecho, como de alerta permanente”, relata.
Esa alarma interior se transformó rápido en preguntas concretas: qué pasará con los pacientes que hoy están en tratamiento, con quienes no tienen otra opción que El Cruce, con los trabajadores que ya atraviesan un contexto de salarios golpeados y precarización.
“No estamos hablando de números”, insiste. “Estamos hablando de personas. De trabajadores con familias y de pacientes con vidas concretas”.
Lo que más preocupa: la precarización silenciosa

Desde su rol como delegado sindical, Garrobo no habla de escenarios abstractos. Habla de consecuencias posibles y conocidas. Ajustes, recortes, sobrecarga laboral. Un deterioro progresivo que no siempre se anuncia, pero que se siente en el día a día.
“Eso no solo afecta a los compañeros, también termina impactando en los tratamientos, en los tiempos de atención y en la calidad del cuidado”, advierte. El temor no es solo perder derechos laborales, sino que el hospital deje de funcionar como hoy funciona.
El miedo más profundo, dice, es que El Cruce deje de ser lo que es. Que falten insumos, que se pierda capacidad de respuesta, que se desgaste la identidad que durante años sostuvo el orgullo de quienes lo hacen funcionar.
Los pacientes que no tienen plan B
Cuando Garrobo piensa en quiénes serían los más afectados ante un cambio en la gestión, no duda. Piensa en los pacientes que llegan a El Cruce porque no tienen otra alternativa. Personas que necesitan atención de alta complejidad y familias que depositan en el hospital una esperanza concreta.
“Cuando la salud entra en una lógica de negocio, los primeros que quedan afuera son siempre los más vulnerables”, afirma. Y agrega que la comunidad muchas veces no dimensiona del todo lo que podría perderse: una atención de calidad, gratuita, centrada en las personas y no en la rentabilidad.
Más demoras, más burocracia y menos insumos, señala, no son conceptos abstractos: se traducen en experiencias reales para quienes esperan una respuesta del sistema de salud.
Un hospital que también es vida
El clima de alerta impacta fuerte en los trabajadores. Llega, según describe, en un momento donde muchos ya están al límite, haciendo trabajos extras para poder llegar a fin de mes y sosteniendo guardias exigentes en un contexto de incertidumbre permanente.
“En El Cruce se siente distinto, porque el hospital no es solo trabajo: es parte de nuestra vida”, resume.
Frente a ese escenario, su mirada sobre el rol sindical también se amplió. Hoy, dice, la prioridad es estar cerca: escuchar, contener, acompañar y no esquivar el conflicto. Pero también salir del hospital y hablar con la comunidad, llevar la salud pública al territorio y explicar por qué defenderla importa.
Defender lo construido, junto a la comunidad
La esperanza, para Garrobo, no está en las promesas sino en la organización colectiva. En los trabajadores y en la comunidad que ya demostró, en otras ocasiones, que cuando un hospital está en riesgo, lo defiende.
Pensando en el futuro, imagina este momento como un punto de quiebre. Y desea poder decir que estuvieron a la altura. Que defendieron un hospital construido con muchísimo esfuerzo, que funciona con una idea clara: poner a la persona en el centro.
“Este hospital se defiende siempre”, dice. No como consigna, sino como convicción.
