El gobierno festeja una expansión anual del 4,4%, pero detrás de los informes oficiales se esconde una realidad brutal. Mientras el agro y la especulación financiera acumulan ganancias récord, la verdadera Argentina productiva se desangra: la industria y el comercio se desploman, las pymes cierran por goteo, la ola de despidos no se detiene y las familias se hunden en la morosidad para intentar sobrevivir a un consumo destrozado. El crecimiento sin distribución no es desarrollo, es concentración y saqueo
l gobierno celebra los últimos números del Instituto Nacional de Estadística y Censos, exhibiendo con orgullo un crecimiento económico promedio del 4,4% durante el 2025. Sin embargo, cuando se raspa la pintura de ese número macroeconómico, lo que aparece no es una Argentina pujante, en vías de desarrollo o Make Argentina Great Again como le gusta afirmar Javier Milei, sino un modelo profundizado de exclusión y miseria planificada. Quienes tiran del carro de ese supuesto crecimiento no son las fábricas que generan trabajo genuino ni los sectores que impulsan el mercado interno, sino el complejo agroexportador, impulsado por una cosecha récord que arrojó un salto extraordinario del 32,2%, y la intermediación financiera, que creció a un ritmo escandaloso del 14,1%.

De hecho, en conjunto, estos dos únicos bastiones de la riqueza concentrada sumaron 2,4 puntos porcentuales al resultado global del indicador oficial. En criollo: la riqueza se la llevan los exportadores de materias primas y los bancos que ganan millones con la timba financiera, las altas tasas y las comisiones, sectores históricamente caracterizados por amasar enormes ganancias y generar un bajísimo nivel de empleo.
Mientras esa pequeña cúpula brinda, la economía real, la que camina por la calle todos los días, vive una recesión asfixiante que no sale en las tapas de los grandes diarios. Los mismos datos oficiales confiesan la trampa al mostrar que la industria manufacturera se desplomó un 3,9% frente al año anterior y el comercio mayorista y minorista cayó un 1,3%, restando 0,8 puntos porcentuales al índice general, y es exactamente allí donde se siente el verdadero pulso de la crisis social. Otras mediciones de consultoras privadas son aún más lapidarias al reflejar una contracción en la recaudación de la seguridad social del 1,1%, lo que evidencia crudamente que la mejora en los promedios no se traduce en creación de empleo formal, sino todo lo contrario.
Esta caída industrial y comercial tiene un correlato diario, palpable y doloroso: el cierre constante de pymes, comercios de barrio e industrias enteras que ya no pueden hacer frente a los tarifazos salvajes, a los altos costos de producción y, sobre todo, a la falta de clientes. La producción de autos, por ejemplo, se derrumbó un alarmante 9,1%, acompañada por una baja del 1,8% en los patentamientos y una caída del 1,1% en el índice de confianza del consumidor. Cuando un comercio baja la persiana de forma definitiva o una fábrica apaga sus máquinas, lo que le sigue es una feroz ola de despidos y suspensiones que está dejando a miles de trabajadores en la calle, precarizando brutalmente las condiciones laborales de aquellos que logran conservar su puesto bajo la amenaza constante de ser los próximos en la lista.
Todo este escenario de destrucción del entramado productivo está directamente atado a una caída histórica y brutal del consumo, porque los salarios de la clase trabajadora quedaron totalmente pulverizados frente al aumento del costo de vida y ya no alcanzan ni siquiera para cubrir los alimentos más básicos. La gente simplemente dejó de comprar porque no tiene con qué, y esto se ve reflejado en que las importaciones de bienes también cayeron un 2,4% ante una demanda completamente reprimida.
Como resultado directo de esta asfixia económica, las familias trabajadoras están siendo empujadas a niveles alarmantes de morosidad, endeudándose con altísimas tasas en las tarjetas de crédito o pidiendo préstamos personales para poder comprar comida en el supermercado o acumulando boletas de servicios impagas bajo el terror del corte de suministro. Todo esto se da en un panorama donde paradójicamente los préstamos generales cayeron un 0,5% porque ya nadie califica para el crédito formal.
En este contexto, el festejo gubernamental por el 4,4% de expansión es una burla macabra hacia el pueblo trabajador. Queda a la vista que el crecimiento económico de unos pocos no es ninguna garantía de bienestar para las mayorías; estamos ante un modelo perfectamente diseñado donde sectores extractivistas y especulativos se enriquecen de forma obscena a costa del empobrecimiento general de la población. Cuando los promedios macroeconómicos suben por el ascensor de la especulación financiera pero la heladera está cada vez más vacía y el desempleo golpea la puerta, el crecimiento no significa otra cosa que la más brutal e injusta concentración de la riqueza en las mismas manos de siempre.
:::Matías Mora Cáceres para ANRed:::
