domingo, junio 7

La despedida del Indio: un acontecimiento cultural que reconfiguró la agenda de Milei y Kicillof

Mientras cientos de miles de personas continúan llegando a Avellaneda para despedir a Carlos «Indio» Solari en un velatorio que se extenderá «hasta que haga falta», el impacto del acontecimiento ya excede lo cultural. La masividad de la convocatoria alteró la agenda pública nacional, modificó temporalmente el foco sobre los problemas del gobierno de Javier Milei y colocó a Axel Kicillof y a Máximo Kirchner en el centro de la organización de uno de los eventos populares más importantes de los últimos años.

La muerte de Carlos «Indio» Solari produjo algo que pocas figuras públicas todavía son capaces de generar en la Argentina: detener por un momento el ritmo habitual de la discusión política para ocupar el centro absoluto de la conversación nacional.

Mientras miles de personas llegaban desde distintos puntos del país para darle el último adiós al líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, la agenda mediática se reorganizaba casi de manera automática. Durante horas, las imágenes de las filas interminables, las banderas ricoteras, los abrazos, las lágrimas y los homenajes espontáneos desplazaron a un segundo plano buena parte de los temas que venían dominando el debate público.

No es la primera vez que ocurre. Las grandes figuras populares tienen la capacidad de romper la lógica cotidiana de la política y de los medios. Pero pocas veces un acontecimiento cultural alcanza semejante magnitud como para modificar simultáneamente la atención de millones de personas.

En ese contexto, el gobierno de Javier Milei quedó temporalmente desplazado del centro de la conversación pública. Las discusiones sobre la situación económica, los conflictos sociales, el empleo y los distintos cuestionamientos que atravesaban al oficialismo perdieron visibilidad frente a una noticia que monopolizó la atención nacional.

Sin embargo, el impacto político de la despedida no se limitó a ese desplazamiento de la agenda.

En rigor, la administración nacional no permaneció completamente ajena a las gestiones. Funcionarios del gobierno de Javier Milei pusieron a disposición distintos espacios para realizar la despedida, entre ellos Tecnópolis, luego de que también se analizaran alternativas como la Casa Rosada y el Congreso de la Nación. Sin embargo, ninguna de esas posibilidades avanzó. Finalmente, la familia de Solari optó por la propuesta articulada entre la Provincia de Buenos Aires y el municipio de Avellaneda, donde terminó desplegándose el operativo para recibir a una multitud que sigue llegando desde distintos puntos del país.

La organización del velatorio terminó ubicando a la provincia de Buenos Aires en un rol central. Tras descartarse otras alternativas, el operativo se concentró en Avellaneda, donde la gestión provincial y el municipio debieron coordinar uno de los despliegues logísticos más importantes de los últimos años para garantizar la circulación, la seguridad y la asistencia sanitaria de una convocatoria extraordinaria.

Esa situación colocó a Axel Kicillof en una posición de fuerte exposición pública. No por una decisión política deliberada, sino porque la magnitud del acontecimiento obligó a la Provincia a asumir un papel protagónico en la organización de una despedida que ya forma parte de la historia cultural argentina.

La situación también produjo un hecho político inesperado: la reactivación del diálogo entre Kicillof y Máximo Kirchner. Según trascendió, ambos mantuvieron contactos para colaborar en las gestiones que permitieron concretar el velatorio en Avellaneda. En medio de tensiones que venían atravesando al peronismo bonaerense, la despedida del Indio generó una instancia de coordinación difícil de imaginar apenas unas semanas atrás.

Pero quizás la imagen más potente no estuvo en las reuniones políticas ni en los operativos de seguridad.

Estuvo afuera.

En las filas que durante kilómetros reunieron a personas de distintas edades, procedencias y realidades económicas. En quienes viajaron durante horas para estar presentes. En quienes compartieron agua, comida, abrigo y paciencia bajo la lluvia. En quienes encontraron en una despedida colectiva una forma de expresar algo más profundo que la admiración por un artista.

Lo que se vio durante horas en Avellaneda fue mucho más que un velatorio. Mientras una parte importante de la sociedad atraviesa dificultades económicas, incertidumbre laboral y una creciente sensación de desgaste social, miles de personas hicieron exactamente lo contrario a lo que suele promover la lógica del sálvese quien pueda: se acompañaron entre desconocidos, se cuidaron mutuamente y construyeron una experiencia colectiva alrededor de un sentimiento compartido.

Tal vez por eso la despedida del Indio resulta tan difícil de analizar únicamente desde la política.

Porque al mismo tiempo que alteró la agenda de Milei, expuso a Kicillof, acercó posiciones entre distintos sectores del peronismo y movilizó a buena parte de los medios del país, también recordó algo que suele quedar oculto detrás de las disputas partidarias: la capacidad que todavía tienen ciertos símbolos populares para convocar a una comunidad.

El velatorio continúa. Las puertas siguen abiertas y la despedida no tiene horario de cierre. Pero aun antes de que termine, ya dejó una certeza. Durante algunos días, la Argentina dejó de mirar hacia donde venía mirando y volvió la vista hacia una multitud que encontró en el último adiós al Indio una forma de reconocerse a sí misma.

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