La reivindicación de Malvinas, el reconocimiento al rol de la prensa, los guiños a sectores culturales impensados para el mileísmo -como el ricotero- y una creciente autonomía discursiva muestran a una Victoria Villarruel cada vez más distante del Presidente que la llevó al poder. Bajo esa luz, aquella visita reservada a Florencio Varela en 2025 deja de ser una anécdota para transformarse en una pista: la de una dirigente que parecía interesada en comprender los entramados territoriales del conurbano cuando todavía nadie hablaba de sucesión. ¿Estamos frente a una vicepresidenta en rebeldía o ante el primer borrador de una candidatura presidencial?

Jorge Luis Borges escribió que toda traición depende del punto de vista. Para unos, es una ruptura. Para otros, una forma superior de la lealtad. La política argentina ofrece innumerables ejemplos. Carlos Pellegrini observando la caída de Juárez Celman. Eduardo Duhalde advirtiendo antes que nadie el agotamiento del menemismo. Incluso Raúl Alfonsín comprendiendo, antes que gran parte de su partido, los límites del poder presidencial en una sociedad fragmentada.
Victoria Villarruel parece transitar hoy esa misma zona gris donde los proyectos políticos dejan de ser sociedades para transformarse en sucesiones anticipadas. La diferencia con Javier Milei ya no constituye una especulación periodística. Es un hecho político. Lo interesante es que esa diferenciación no se construye sobre grandes discursos. Se construye sobre símbolos. Y los símbolos suelen anticipar procesos más profundos.
Existe un error habitual al analizar el fenómeno libertario. Se suele afirmar que Milei llegó a ser un líder indiscutido. Nunca lo fue. Fue, sí, el principal intérprete del agotamiento social. Pero una cosa es conquistar el gobierno y otra muy distinta es construir poder.
La Libertad Avanza llegó a la Casa Rosada sin gobernadores propios, sin intendentes relevantes, sin sindicatos, sin estructuras universitarias y sin las redes territoriales que históricamente alimentaron a las fuerzas políticas argentinas. Conquistó la cúspide sin controlar la base. Y esa anomalía explica buena parte de los conflictos actuales.
Mientras Milei profundiza una lógica de confrontación permanente, Villarruel parece recorrer el camino inverso. No confronta con la prensa del mismo modo que lo hace el Presidente. Reconoce implícitamente que el periodismo sigue siendo uno de los factores de poder más relevantes del sistema democrático argentino. No desprecia la dimensión simbólica de la cultura popular, envía ofrenda a uno de sus máximos referentes: El Indio. No combate simultáneamente a todas las instituciones.
Por el contrario, durante los últimos meses fue acumulando señales cuidadosamente seleccionadas. Reforzó su vínculo con organizaciones de veteranos de guerra. Convirtió la cuestión Malvinas en una bandera propia. Reivindicó la soberanía nacional en términos que conectan con sectores muy diversos de la sociedad argentina. Emitió mensajes capaces de interpelar tanto a militares retirados como a peronistas nacionalistas, radicales históricos e incluso a franjas populares alejadas del universo libertario. No es un detalle menor. La cuestión Malvinas constituye uno de los pocos relatos capaces de atravesar identidades políticas antagónicas.
Y allí aparece también la dimensión biográfica. Su padre, Eduardo Villarruel, un oficial del Ejército Argentino que participó del aparato militar desplegado durante los años más violentos de la represión estatal y paraestatal en el país, integró una generación de oficiales marcada por los enfrentamientos políticos y militares de los años setenta y participó del Operativo Independencia en Tucumán. Esa herencia familiar ayuda a explicar porque suele equiparar la violencia de las organizaciones armadas con el terrorismo de Estado, relativizando la responsabilidad singular de las Fuerzas Armadas en el plan sistemático de secuestros, torturas, desapariciones y asesinatos ejecutado durante la última dictadura, al tiempo que mantiene vínculos políticos, históricos y simbólicos con sectores que reivindican o justifican a represores condenados por crímenes de lesa humanidad.
Mientras Milei parece hablarles principalmente a los convencidos, Villarruel intenta construir puentes hacia sectores que jamás integrarían el núcleo duro libertario. Y es en ese contexto donde adquiere relevancia un episodio aparentemente menor: su visita a Florencio Varela durante 2025. A primera vista fue apenas una reunión reservada. Observada desde 2026, cuando la ruptura entre la vicepresidenta y el círculo presidencial ya es inocultable, aquella escena adquiere otra densidad porque Villarruel no apareció rodeada por la estructura formal de La Libertad Avanza local. Apareció dialogando con actores vinculados a las capas profundas del poder territorial varelense.
Entre ellos se encontraba Ariel Lus. En aquel momento Lus era conocido por su actividad médica, por su participación en operativos sanitarios y por sus vínculos con distintos espacios comunitarios. Sin embargo, su relevancia excedía ampliamente el ámbito profesional. Pertenecía a una familia históricamente relacionada con sectores influyentes del distrito. Era sobrino de Mirta Lus, histórica secretaria privada de Julio Pereyra y figura emblemática de una etapa política que marcó durante décadas la vida institucional de Florencio Varela.
En la política bonaerense existen personajes cuya influencia no surge de los cargos que ocupan sino de los secretos que conocen. Mirta Lus integró durante años esa categoría de actores invisibles que rara vez aparecen en las fotografías pero cuya gravitación resulta reconocida por oficialistas y opositores. Por eso Ariel Lus no aparecía únicamente como un médico. Aparecía como parte de una red de relaciones construida durante años alrededor de distintos núcleos de poder local.
Meses después, su nombre volvería a ocupar espacio público cuando fue detenido e imputado junto a un efectivo policial en una causa por presuntas extorsiones que investiga la Justicia bonaerense. Las denuncias describían mecanismos de recaudación ilegal que involucraban intervenciones policiales y certificaciones médicas. Será la Justicia quien determine responsabilidades individuales.
Sin embargo, el episodio produjo un efecto político más profundo. Resignificó retrospectivamente aquella fotografía, pues la cuestión ya no era Lus. La cuestión era el entramado. La historia familiar tampoco pasó inadvertida. Diversos medios locales recordaron que integrantes de la familia Lus habían aparecido años atrás vinculados a investigaciones judiciales de fuerte repercusión pública. Se trata de información periodística que forma parte del debate político local y cuya valoración definitiva corresponde a la Justicia. Pero su sola circulación contribuyó a consolidar una percepción persistente dentro de algunos sectores de Florencio Varela: la existencia de redes de influencia capaces de sobrevivir a los cambios de gobierno y atravesar simultáneamente ámbitos políticos, empresariales, sanitarios y policiales.
Pero Lus fue solo una figura de segunda en este reparto. El coprotagonista de Victoria fue Francisco Basile. Y sí, la paradoja adquiere una dimensión todavía más llamativa si se observa el comportamiento de Francisco «Chicho» Basile. Presentado durante años como una de las figuras cercanas a varios opositores que se acercaron al distrito, Basile siempre evitó transformarse en un opositor frontal. Lo hizo con Julio Cesar Pereyra y, recientemente, con el intendente Andrés Watson. De hecho, en distintas intervenciones públicas ha salido en defensa de la gestión watsoniana municipal frente a cuestionamientos opositores.
El fenómeno revela una característica clásica del conurbano: las lealtades ideológicas suelen ser menos importantes que las relaciones personales y territoriales. En ese contexto, el villarruelismo varelense aparece menos como una estructura libertaria ortodoxa y más como una red híbrida donde conviven dirigentes que reivindican a la vicepresidenta con actores que mantienen canales abiertos con el poder local. La pregunta inevitable es si Villarruel estaba construyendo oposición o, más bien, explorando los mecanismos reales mediante los cuales se administra el poder en el sur del conurbano… ´porque Florencio Varela representa aquello que Milei todavía no consiguió construir. Territorio. Organización. Intermediarios. Relaciones personales. Estructuras que sobreviven a los ciclos electorales.
La vicepresidenta parece haber comprendido algo que obsesiona a todos los proyectos políticos argentinos desde hace décadas: los votos pueden abrir las puertas del gobierno, pero el poder duradero requiere algo más complejo. Requiere redes. Requiere interlocutores. Requiere presencia territorial.
La incógnita es si Villarruel está construyendo una alternativa para el día después del mileísmo o simplemente una estrategia de supervivencia dentro de un oficialismo fragmentado.
La diferencia no es menor. Porque mientras Milei sigue apostando a la demolición de las estructuras tradicionales, Villarruel parece estudiar cuidadosamente cómo funcionan. Y tal vez la verdadera pregunta de cara a 2027 no sea quién tiene razón. Tal vez la pregunta sea cuál de las dos Argentinas —la que pretende reemplazar al sistema o la que busca adaptarse a él— terminará sobreviviendo a la otra.
