sábado, junio 20

En el medio de los platenses, Florencio Varela: El muro de las ilusiones y el mapa de la desesperación

En este invierno de 2026, la provincia de Buenos Aires asiste a una coreografía de la desesperación donde la arquitectura del miedo pretende suplantar a la política. Entre la propuesta del PRO platense de levantar un muro «antifisuras» contra el conurbano y la peregrinación de Julio Alak a Florencio Varela para recibir el aval del caudillo Julio Pereyra, se revela la verdadera fisonomía del poder territorial. Mientras Andrés Watson intenta blindar su gestión bajo la ilusión binaria de «Axel o Milei» y figuras como Carlos Boco o Myriam Bregman buscan perforar estructuras inoxidables, el sistema político se obsesiona con el juicio final de 2027. ¿Logrará el cemento de la segregación detener un avance político que ya ha demostrado que no reconoce fronteras ni protocolos?

La política argentina tiene una propensión fascinante por lo arquitectónico, o mejor dicho, por la fantasía de que el cemento puede resolver lo que la dialéctica no logra ordenar. Estamos en este invierno de 2026, y si uno observa con un microscopio de alta precisión el tablero de la provincia de Buenos Aires, se encuentra con una serie de anomalías que nos hablan, sobre todo, de la psicología del poder y del miedo que produce el horizonte de 2027.

Comencemos por lo micro, por ese hecho insólito que parece extraído de una distopía de mediados del siglo XX. Un concejal platense del PRO, Nicolás Morzone, ha tenido una epifanía: levantar un «muro enorme». Un plan «antifisuras», dice, para separar a la capital provincial del Conurbano. Pero Morzone no se quedó en la metáfora del ladrillo; fue más allá con una frase que destila el miedo a perder el control territorial: «Que vuelvan a Varela, Berazategui y todos esos municipios peronistas de donde salen». Es una confesión de parte: la creencia de que se puede blindar una «identidad propia» mediante la segregación, identificando al vecino del conurbano como un factor de «contaminación».

Sin embargo, mientras el PRO local sueña con esta albañilería aislacionista, la fisiología de la rosca política nos muestra un mapa muy distinto. Es lo que podríamos llamar el puente invisible. Porque mientras se debate el muro, el intendente de La Plata, Julio Alak —un hombre que conoce los pliegues del poder bonaerense como pocos— cruza alegremente esa frontera imaginaria. No lo hace para poner ladrillos, sino para encabezar jornadas de formación política del PJ en el corazón mismo del territorio «amurallado»: Florencio Varela.

Aquí es donde la anatomía del poder varelense revela su verdadera naturaleza. En Varela, la jerarquía es inmutable. El verdadero y único caudillo, el «dueño del territorio», sigue siendo Julio Pereyra. El intendente Andrés Watson habita una arquitectura diseñada por Pereyra y gestiona con una «fuerza prestada» por su feligresía. En términos literarios, Watson es para Pereyra lo que el Dr. Watson era para Sherlock Holmes: un acompañante leal, un administrador del método, pero siempre supeditado a la lógica superior del detective que realmente descifra la trama del barro.

Se produce entonces una asimetría curiosa. La Plata ostenta los honores de ser la capital provincial, pero es Florencio Varela la que le mueve los cimientos a la política platense. La capital administrativa necesita la «musculatura territorial» que solo el Conurbano puede proveer. Por eso Alak, en su rol de secretario de formación, debe peregrinar hasta allí para «caminar» junto a Pereyra. Varela siempre está en la mira: unos pretenden restarle importancia con muros y frases de expulsión, mientras otros, como el gobernador Axel Kicillof, buscan sumarla a su causa para blindar su propia supervivencia presidencial.

Todo esto ocurre bajo la sombra del juicio final de 2027. Es la desesperación la que obliga a este «teatro de sombras». Watson, en su gimnasia de supervivencia, empapela el distrito con la consigna binaria de «Axel o Milei», intentando obturar cualquier tercera vía mediante la lógica del «amigo-enemigo» de Carl Schmitt. Mientras tanto, el PRO de Mauricio Macri intenta una «redención territorial» con Carlos Boco en las mismas calles que sus propios compañeros de partido pretenden amurallar. Incluso Myriam Bregman desembarca en el «feudo de las migajas», desafiando con su alta imagen positiva la estructura del puntero que administra la miseria.

Es el invierno de nuestra insatisfacción. Unos proponen muros y mandan al otro «de vuelta a su municipio», mientras los verdaderos dueños del tablero saben que, en el subsuelo del poder, los cimientos se mueven con la precisión de quien conoce que en política, como en la vida, no hay muro que detenga a quien tiene la llave de la casa

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