viernes, julio 31

“Mi corazón está destruido: solo sigue latiendo porque Maisa necesita descansar en paz y tener justicia”

Entre la burocracia de un expediente frío y la ausencia que desborda las camas vacías, una madre reconstruye la vida de Maisa Cáceres: la futbolista que el Estado y un camión volquete intentan convertir en olvido.

El silencio en una casa puede ser un estruendo. Hay un vacío que no llenan los muebles, ni los trofeos, ni el recuerdo de los goles en la Primera de Defensa y Justicia. Es el vacío de quien ya no llega a casa después de una jornada de trabajo para buscar refugio en los afectos más simples. Carina, su madre, con el corazón sostenido apenas por el reclamo, la describe desde esa intimidad que la tragedia no pudo arrebatarle: “Quien era mi hija?… una nena chiquita todavía por mucho que vivir y disfrutar, cariñosa que venía a la cama de mamá y jugaba con Romeo y Nala nuestros perritos”.

Maisa no era solo el número 20 de abril en una estadística de siniestralidad vial en Florencio Varela. Era la joven que “jugaba con sus hermanos a colgarse de ellos, una nena llena de proyectos de agrandar su casa así entraban todas sus amigas, una nena súper cariñosa llena de vida, no hay persona que hable mal de ella”. Tenía esa mezcla de ternura y fuego sagrado propia de quienes se saben protectores de los suyos: “Era una nena muy temperamental que no se podía meter con nosotros porque ella enseguida nos defendía”, recuerda su madre, evocando esos momentos en que la rutina era un lenguaje de amor: “Llegaba de trabajar y nos decía Má tomamos unos mates… o cuando venía de jugar a la pelota: ‘Llegó la máquina’”.

Pero el 20 de abril, “la máquina” se detuvo en la intersección de la avenida Hudson y Primera Junta. No fue el azar, fue un camión volquete y una trama de negligencias urbanas. La versión oficial del conductor intentó teñir la memoria con la culpa de la víctima, alegando una velocidad inexistente en una calle de tierra. La madre lo desmiente con la lógica irrefutable del barro que no estaba: “El individuo decía que mi hija venía por la calle de tierra a alta velocidad un día de ‘lluvia’. Mentira, ella iba por la avenida Hudson, en su carril. Si ella hubiera venido por la calle de tierra como dijeron hubiera tenido la moto embarrada ya que esa tarde llovía, pero en ese momento no se encontraba circulando mucha gente”.

La reconstrucción de los hechos, basada en el testimonio de quien vio desde la vereda cómo se apagaba una vida, dibuja una escena de horror y desidia. “Se encuentra por el momento un testigo que declara que mi hija venía circulando por la Av. Hudson con su moto y su pareja. El testigo cuenta en la declaración de lo que él vio que el camión cuando sale de la calle Primera Junta hacia Av. Hudson, hace que todo el tráfico que había en hora pico de la avenida se detuviera de golpe, cortando el paso y los autos frenan de golpe. El camión al cruzar va frenando dando a entender que le estaba cediendo el paso a mi hija. Al cruzar el camión, mi hija venía de su carril despacio, el camionero le cierra el paso y ahí es donde la embiste sin que mi hija pueda controlar la moto, su pareja cae para el otro lado y ella termina cayendo bajo del camión. El camionero sigue con la marcha pasando por arriba a mi hija, arrebatándole la vida. Reaccionando de lo que hizo frenando a los 50 metros, a media cuadra del lugar de lo sucedido”.

La impunidad tiene cómplices silenciosos y testigos que huyen. “Al camionero lo acompañaban tres personas, las cuales uno iba del lado de acompañante y el otro iba colgado de la parte de atrás del camión, el camión era de trabajo, un camión volquete, donde el de atrás no tenía de dónde agarrarse”. Ese hombre que viajaba colgado, al ver el cuerpo de Maisa bajo las ruedas, eligió el escape: “Esa persona que iba colgada atrás baja del camión y se da a la fuga. Y hoy en día se fue a vivir a Entre Ríos dicho por su propia abogada, donde todavía no declaró”.

Mientras tanto, el conductor parece gozar de una libertad técnica que hiere tanto como el golpe inicial. “¿Qué se sabe del conductor? Que en ningún momento quedó demorado este individuo, así como lo llevaron a la comisaría para que la gente no lo linche por lo que hizo, lo dejaron irse como si nada. No declaró, no hizo nada”. La indignación de la familia crece al ver que la vida sigue para quien la arrebató: “El responsable del accidente de mi hija sigue su vida como si nada hubiera pasado, sigue manejando y trabajando. Por qué lo sé, porque el sinvergüenza quiso ir a retirar el camión a la comisaría para seguir trabajando, el camión con el que mató a mi hija. El camión está a nombre de su hija”.

La búsqueda de justicia en el Conurbano es un laberinto de cámaras que no funcionan y semáforos que son simples adornos lumínicos. “El único testigo clave es una persona que estaba afuera de su negocio donde él ve todo lo que sucede. Ya que las cámaras de seguridad no se encontraban en funcionalidad”. La familia de Maisa recorre las calles buscando ojos que hayan visto lo que el Estado decidió ignorar: “Estamos pidiendo por favor más testigos de los hechos, en una cámara de una casa se ve que se encontraba otra persona que ve todo lo sucedido ya que se encontraba de frente al accidente”.

La ausencia de respuestas es una forma de violencia institucional. “La fiscalía N•7 a cargo de Giménez Roxana todavía no se han acercado, no tenemos acompañamiento estamos a la deriva”. Hay un sentimiento de estafa ciudadana en el relato: “Cuando supimos que las cámaras no andaban nos agarró tal impotencia. Por todos lados se encuentran carteles de que hay más seguridad, nos mienten en la cara. Son muy pocas las cámaras de seguridad que funcionan en Florencio Varela siendo una Avenida donde transcurren muchos robos y accidentes”. La muerte de Maisa no fue una advertencia suficiente para el municipio; la desidia es reincidente: “A la semana que pasó lo de mi hija a pocas cuadras falleció una nena de 15 años a la salida del colegio- Tampoco tenía cámaras ese lugar. No hicieron nada en la avenida para que haya más seguridad”.

El paisaje cotidiano de Avenida Hudson es una trampa: “En la avenida Hudson se encuentra un semáforo que funcionó tres días es mucho, está de adorno, está en intermitente siendo un cruce muy peligroso por la salida de colectivos de ambos lados. A pocas cuadras se encuentra la escuela N 6 y la escuela N 58. Se hicieron reclamos y nunca pusieron patrulleros o guardia comunal para ayudar al cruce de los niños. El municipio no da respuestas”.

Frente al abandono estatal, queda la red humana. Las tías de corazón, las primas y las compañeras de club que no dejan de pedir justicia por la chica que brillaba en la cancha. Porque Maisa era, ante todo, movimiento y pasión: “Mi hija cómo era una persona llena de vida, hermosa, siempre ayudando a todo el mundo. Como deportista te puedo decir cómo era ella, como ella se decía ‘La máquina’ en la cancha era su lugar favorito en el mundo, con su gente, sus amigas. Ella jugaba en la reserva de Lanús y luego en Defensa y Justicia en primera división. Cuando era más chica jugaba Handball en la patriada, ella hacía cualquier deporte lo hacía con gusto, muy deportista”.

Hoy, su madre lanza un ruego que es también un espejo para quien quiera mirar: “Sabemos que esta situación es horrible, pero queremos justicia, que piensen un poquito que, si esto le pasara algún familiar, querrían que los ayudaran”. Es un llamado a la empatía en medio del duelo destructivo: “¿Qué les diría si son padres, tíos, etc.? Que piensen que hoy fue Maisa, mi hija, pero nadie sabe cuándo le puede tocar, no se lo deseo a nadie ni a mi peor enemigo, mi corazón está destruido solo sigue latiendo porque Maisa necesita descansar en paz y tener justicia”.

La lucha por la verdad es la única forma de mantener vivo el fuego de una joven que, si los roles se hubieran invertido, no habría dudado en actuar: “Si esto le hubiera pasado a otra persona, estaría pidiendo justicia y que la ayudemos a hacer carteles, siempre como mamá la ayudaba en lo que ella necesitaba, siempre su familia la ayudó en lo que necesitaba”.

El tiempo, ese juez implacable, ahora solo sirve para esperar una señal, un dato, una fuerza superior. “Lo único que le pido es que me dé fuerza para seguir, mis otros hijos me apoyan, queremos justicia, acá no somos nosotros, también hay tías de corazón, primas y sus miles amigas que nos ayudan a seguir pidiendo justicia”. Al final del día, cuando el ruido de la avenida Hudson se apaga y las cámaras apagadas siguen sin registrar nada, solo queda el deseo imposible de volver al refugio del pasado: “Si la tuviera qué le diría que la amo con todo mi corazón, que la extraño, que quisiera volver el tiempo atrás y tenerla conmigo. Quiero volver a esos tiempos cuando llegaba de trabajar y se acostaba conmigo a charlar y jugar como si fuera una nena chiquita”.

La imagen que persiste no es la del camión, sino la de Maisa en su cama, riendo con sus perros, ajena a la fragilidad de un semáforo intermitente y a la injusticia de un asfalto que se llevó su último partido.

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