Entre el barro fundacional de Bosques Norte y la mística de los libros rescatados del fuego, Nelly Parfeniuk tejió una red de supervivencia que transformó un descampado en un barrio. Retrato coral de la mujer que hizo de la abundancia un mandato ético y de la rebeldía, una forma de estudio.
Cerraba marzo de 2026 cuando Nelly decidió hacerse eterna. En Villa Clara, ese rincón de Bosques Norte que ella ayudó a fundar cuando apenas era un dibujo de cinco casas perdidas en un descampado, su ausencia hoy se siente con la densidad del asfalto que tanto peleó. Nelly no era solo una vecina; era la cartógrafa de lo posible en un territorio donde el Estado solía llegar tarde o, a veces, simplemente no llegaba.
Nacida el 9 de julio de 1958 en Avia Terai, Chaco, traía consigo el polvo del norte y una herida de infancia que nunca terminó de cerrar del todo, marcada por «las necesidades básicas insatisfechas, pérdidas familiares y trabajo infantil», según reflexiona hoy su hija Clara Troncoso, quien se desempeña en el área judicial. Quizás por eso, cuando en 1984 «plantó bandera» en Villa Clara, decidió que nadie más en ese rincón del Conurbano pasaría por lo mismo.
El patio de las causas comunes y la regadera azul

La plaza El Rincón de los Niños, situada justo frente a su casa, se convirtió en una extensión de su propio living. Muchos varelenses la retienen en la memoria cuidando las plantas con una «regadera azul de plástico». Pero la labor no era siempre tan idílica; a menudo era una batalla contra la sequedad del suelo y el olvido. Fernanda Troncoso, su hija menor, quien se formó en el área de Ingeniería en la UNAJ, recuerda el despliegue técnico: «Cargábamos los baldes de 20 litros con agua y a salir a regar. Si no andaba con su regadera azul de plástico, era con un balde, y si no, conectábamos la manguera en casa, la sacábamos hasta la plaza y a cargar los baldes ahí».
Para Nelly, la solidaridad no era un ejercicio de caridad, sino una gestión de la abundancia en medio de la escasez. Su hija Fernanda la define con precisión: «Yo siempre vi a mi mamá como abundancia, ella hacía todo en abundancia». Esa abundancia se traducía en chocolatadas colectivas donde Nelly salía «a pulmón» a pedir donaciones a los comercios de Camino General Belgrano, asegurándose de que ningún pibe se quedara sin su bolsa de caramelos o su bizcochuelo casero.
Sin embargo, esa generosidad extrema generaba una trastienda familiar de sentimientos encontrados. Clara recuerda con una sonrisa nostálgica: «La trastienda familiar muchas veces eran sentimientos encontrados porque nos sacaba los juguetes a nosotras… ‘Para los chicos que no tienen’, decía». Clara reflexiona que, aunque ellas mismas eran clase obrera con un padre que hacía changas, su madre «tenía bien claro que hacer el bien no es dar aquello que te sobra, sino es ofrecer hasta aquello que no tenés». En plena crisis de los 90, esa empatía se materializó cuando Nelly compró un arbolito de Navidad y luces para una nena del barrio que le confesó que nunca había tenido uno.
La política del expediente y el jardín de la persistencia

Nelly no solo gestionaba juguetes; gestionaba instituciones. Romina Martínez Parfeniuk, la mayor de las hermanas en esta entrevista y referenta del periodismo local, recuerda los años en que el barrio era un puro descampado. Allí, Nelly impulsó la Comisión Pro Jardín, un sueño que le costó diez años de rifas, festivales y viajes constantes a La Plata con el libro de actas bajo el brazo. Romina describe la escena fundacional con la precisión de quien conoce el territorio: «Recuerdo el barrio a puro descampado y ella juntándose con vecinos para armar la comisión… verlos a los vecinos levantar las paredes de al menos dos aulas».
El resultado fue el Jardín 933, inaugurado en el año 2000, donde la propia Fernanda fue parte de la primera cohorte de egresados. «Siempre que vuelvo a mi barrio digo ‘mi jardín’ porque es una partecita que me y nos dejó marcados», cuenta Fernanda.
Pero la labor de Nelly era también una lucha burocrática silenciosa. Tras su partida, sus hijas encontraron en los cajones de su casa el archivo de una militancia territorial incansable. Romina relata conmovida: «En casa hemos encontrado carpetas con fotocopias, notas y pedidos por expedientes de todas sus andanzas por el barrio: mejoramiento de calles, la plaza, las luces, el jardín y la seguridad». Nelly no le temía al poder; al contrario, su hija periodista asegura que «a algunos funcionarios de distintos niveles se les ha plantado… algunos no la querían ni ver cuando arrancaba a hablar y a decir las cosas que pasaban los vecinos».
El conocimiento como acto de rebeldía

Esa combatividad se nutría de una convicción intelectual profunda. Nelly nunca dejó de formarse: estudió Psicología Social, Protocolo y hasta chino mandarín en sus últimos años. Para ella, el conocimiento era el único escudo posible contra el sometimiento. Sus hijas explican que a Nelly la marcó a fuego ver a los militares quemando libros en su juventud. Como recuerda Clara: «Si ellos querían destruirlos, mami sabía que necesitaba leerlos para saber qué es lo que no querían que supiera la sociedad».
Nelly repetía una frase que Fernanda atesora como una advertencia política fundamental: «Los de arriba quieren un pueblo ignorante para poder someterlos». Por eso, su casa siempre tuvo la puerta abierta. Era habitual que los vecinos golpearan las manos buscando a la «Doña Nelly» protectora. Romina recuerda cómo «ella los hacía pasar al comedor, los escuchaba y al día siguiente salían en busca de respuesta y ayuda» por problemas de salud, alimentos o discapacidad.
Esa misma entrega la llevó a poner el cuerpo ante la violencia física. Fernanda narra un episodio que describe el temple de su madre: «Bajando del colectivo vio una mujer siendo violentada, ella no dudó y se metió de una, aunque también recibió un golpe en la cabeza de parte del sujeto». Nelly no sabía mirar hacia otro lado; su compromiso era con la Red de Mujeres contra la violencia y con la vida misma.
El retorno al origen y el mito del transformador

Hacia el final de su vida, tras jubilarse después de 15 años recorriendo barrios con el programa Remediar, Nelly volvió la mirada a sus raíces chaqueñas. A través del proyecto «Caminemos juntos por el Norte», organizaba colectas para El Impenetrable. Para su hija Clara, este proyecto no era solo filantropía, sino algo más íntimo: «Más que cerrar un círculo, creo que mamá quería acariciar a su Chaco natal… cerrar una herida de una infancia marcada por las necesidades».
Hoy, Villa Clara sigue huérfano de su gestora principal. Romina cuenta que cruzar a los vecinos en el almacén implica escuchar siempre lo mismo: «La extrañamos» o «Cómo la necesitamos a Nelly». Incluso existe un mito barrial que surge en cada crisis de servicios, una imagen poética de su persistencia: «Cuando se corta la luz te dicen: ‘Nelly ya estaría corriendo a reclamarle a los de Edesur en el transformador'».
Para Romina, Clara y Fernanda, la enseñanza de Nelly es un mandato de acción permanente. «Mami nos enseñó a involucrarse, a dar con amor y a no mirar al costado cuando hay injusticia», resume Clara. Es la ley de vida que Fernanda aprendió de su madre: «DAR porque en la vida todo lo que des, se te vuelve multiplicado». En las calles de Villa Clara, el eco de sus manguerazos en la plaza y el peso de sus carpetas de expedientes siguen marcando el pulso de un barrio que aprendió, gracias a ella, que la dignidad se construye de a baldes, con los pies en el barro y la mirada siempre puesta en el otro.
