La suspensión definitiva de la línea 148, la falta de una planificación territorial que contemplara que el 80% de los estudiantes —del Jardín de Infantes Nº 990, la Escuela Primaria Nº 77 y la Escuela Secundaria Nº 60 que allí funcionan— proviene de Florencio Varela, la reorganización del transporte local sin conexión con la escuela rural ubicada en Ruta 6 y Ruta 53, la ausencia de alternativas para las familias sin movilidad propia y la falta de respuestas coordinadas entre jurisdicciones dejaron a cerca de 250 chicos y chicas del barrio Los Tronquitos con enormes dificultades para ejercer algo tan básico como su derecho a ir a la escuela.

En Florencio Varela hay barrios que no aparecen en los mapas con la misma claridad con la que existen en la memoria de quienes los habitan. Los Tronquitos es uno de ellos. Allí, donde las calles de tierra guardan el polvo de cada verano y el barro de cada lluvia, la vida cotidiana se organiza alrededor de algo simple y profundo: la comunidad. Nadie vive completamente solo. Siempre hay un vecino que acerca una mano, un mate que circula, una madre que pregunta por los hijos del otro como si fueran propios.
Durante años, en ese tejido silencioso de solidaridad barrial, hubo también un aliado inesperado: el colectivo 148. No era solamente un transporte. Era el hilo que unía a decenas de chicos y chicas con su escuela. Cada mañana, ese recorrido conectaba el barrio con una escuela rural ubicada en el cruce de la Ruta 6 y la Ruta 53, ya en el partido de La Plata. Allí funcionan el Jardín de Infantes Nº 990, la Escuela Primaria Nº 77 y la Escuela Secundaria Nº 60.
Para muchos estudiantes de Los Tronquitos, de La Capilla y de otros barrios cercanos, ese colectivo representaba algo mucho más grande que un simple viaje: era la posibilidad concreta de estudiar.
Pero ese puente se rompió.
Hace meses el 148 dejó de funcionar y, con ello, el barrio Los Tronquitos quedó aislado. Recién en febrero de este año, la intendencia de Florencio Varela decretó la emergencia en el transporte por este motivo y por la irregularidad en el servicio prestado por las líneas comunales. La semana pasada comenzaron a circular nuevamente las locales, bajo la órbita de tres empresas diferentes. En el caso del barrio Los Tronquitos, la empresa La Colorada se hizo cargo de la zona que antes le pertenecía al 502 (línea regenteada anteriormente por El Nuevo Halcón, el mismo que manejaba la 148).
Sin embargo, algo se le escapó al funcionario que ideó el trayecto de las nuevas líneas municipales: los niños y jóvenes de Los Tronquitos, en su mayoría, asisten a una escuela rural de La Plata, pues las de Florencio Varela les quedan muy lejos. Por ende, ahora están sin poder acceder a su derecho a la educación, a punto de perder su escolaridad, todo por un desconocimiento político de la realidad territorial.
La escuela, ubicada en una zona rural en el límite entre La Plata y Florencio Varela, depende casi por completo de los estudiantes que llegan desde el distrito vecino. Allí funcionan tres instituciones educativas que comparten edificio: el Jardín de Infantes Nº 990, la Escuela Primaria Nº 77 y la Escuela Secundaria Nº 60.
En total, cerca de 250 alumnos dependen del transporte para poder llegar a clases.
Según explicaron las familias de la comunidad educativa, alrededor del 80% de los estudiantes proviene de barrios de Florencio Varela, principalmente de La Capilla, Los Tronquitos y Los Tronquitos 2. Para muchas de esas familias, el colectivo no era una comodidad: era la única posibilidad de traslado.
Cuando el servicio dejó de funcionar definitivamente, la escuela comenzó a vaciarse.
Durante la primera semana del ciclo lectivo la asistencia fue mínima. Apenas un pequeño grupo logró llegar. El resto quedó atrapado entre distancias imposibles y la falta de transporte.
En las casas del barrio comenzaron a repetirse conversaciones que ningún padre o madre quiere tener: buscar otra escuela, intentar reorganizar horarios, pedir favores para que alguien acerque a los chicos en auto. Pero no todos tienen esa posibilidad.
Mientras tanto, dentro de la escuela, docentes y directivos intentan sostener lo que pueden.
Una docente que trabaja allí y que dialogó con El Vespertino describe la situación con una mezcla de angustia y responsabilidad que atraviesa hoy a toda la comunidad educativa. Según relata, el impacto de la falta de transporte ya se siente con fuerza en el funcionamiento cotidiano del establecimiento.
“Trabajo en esta escuela. Es bastante desesperante porque les chicos ya se están buscando otras escuelas, se nos cae la matrícula. Por lo pronto, esta semana empezamos con actividades híbridas: presencial para quienes puedan ir y virtual por WhatsApp… tipo pandemia. Pero con el cierre de la línea 148 ya no llegan”.
La docente explica que los problemas con el transporte no comenzaron de un día para otro, sino que durante el año pasado ya existían dificultades que afectaban la asistencia de los estudiantes.
“Yo de la línea sé que durante el año pasado estuvieron en conflicto porque cada dos por tres hacían paro y los chicos no podían ir y no había clases. Pero ahora que cerró definitivamente, es tristísimo”.
El impacto de la medida resulta todavía más evidente si se observa de dónde provienen los alumnos de la escuela.
“La gran, gran mayoría —80% o más— de la escuela es de Florencio Varela. No sé cómo esa comunidad aún aguanta tanto”.
La preocupación también alcanza a los distintos niveles educativos que funcionan en el mismo edificio.
“Hay primaria y secundaria. No sé cómo estarán haciendo en primaria”.
Mientras tanto, las familias intentan organizarse como pueden para que los estudiantes no pierdan completamente el vínculo con la escuela.
“Con las familias de secundaria estamos en permanente comunicación, sobre todo la dirección, y quienes tienen movilidad los llevan en auto”.
La propia docente reconoce que incluso el equipo educativo debe reorganizar su presencia frente a las dificultades de traslado.
“Yo voy dos veces por semana nada más a la escuela”.
En Los Tronquitos la preocupación crece en silencio. No hay grandes movilizaciones ni discursos ruidosos. Lo que hay es algo más profundo y más difícil de sostener: familias intentando que la educación de sus hijos no se interrumpa.
Porque en los barrios del conurbano profundo la escuela no es solamente un lugar donde se aprende. Es un punto de encuentro, una promesa compartida, una puerta abierta hacia un futuro distinto.
Y cuando el colectivo deja de pasar, lo que se pierde no es solamente un recorrido.
A veces, también se pone en pausa el derecho de un barrio entero a seguir soñando.
