Un acta firmada este 1° de abril entre la Secretaría de Transporte, la UTA y la empresa La Central de Vicente López formaliza un esquema de transición operativa para la línea 148. El documento reconoce una “grave y crítica afectación” del servicio, establece que la nueva firma —que operará como Misión Buenos Aires— asumirá los ramales, garantiza la continuidad laboral con reconocimiento de antigüedad y fija condiciones para restablecer la frecuencia y regularidad, en medio de una medida excepcional que aún no implica adjudicación definitiva.
Durante meses, la línea 148 fue más una pregunta que un servicio. Una incógnita que se repetía en las paradas vacías, en los grupos de WhatsApp de vecinos, en las charlas entre choferes que ya no sabían si al día siguiente tendrían trabajo. La 148 dejó de ser un colectivo para convertirse en síntoma: de una crisis más profunda, más estructural, más silenciosa.
Ahora, vuelve.

Pero no es solo la vuelta de los coches a la calle. Es otra cosa. Es el cierre de una etapa.
La crisis no empezó de un día para el otro. Se fue gestando lentamente, casi sin hacer ruido, durante meses. Señales que aparecían de forma aislada: demoras en los pagos, unidades que no se renovaban, un servicio que empezaba a resentirse. Hasta que, hacia fines de 2025, todo eso se volvió imposible de negar. La situación se hizo palpable para todos: usuarios que ya no podían contar con el colectivo, trabajadores que acumulaban incertidumbre, empresarios que reconfiguraban sus decisiones y funcionarios que quedaban frente a un problema que ya no podía disimularse.
Desde entonces, lo que se fue desarmando no fue únicamente un esquema operativo. Fue una estructura entera. Sueldos que no llegaban, aguinaldos incompletos, coches fuera de circulación. Lo que al principio parecía un conflicto gremial más, con el correr de las semanas empezó a mostrar otra cara: la de un sistema que se apagaba.
Los choferes lo dijeron primero. Después llegaron los paros largos, las familias que empezaron a contar los días sin ingresos, las versiones sobre ventas, traspasos, empresas interesadas. Y finalmente, lo inevitable: la caída de la histórica operadora.
En ese vacío, la 148 dejó de existir tal como se la conocía.
Lo que siguió fue un proceso desordenado, lleno de idas y vueltas. Nombres de empresas que aparecían y desaparecían, negociaciones que avanzaban y retrocedían, promesas que no terminaban de concretarse. Durante semanas, la pregunta no fue quién iba a quedarse con la línea, sino si la línea iba a sobrevivir.
La respuesta empezó a tomar forma en marzo. No de manera lineal ni prolija, sino como suelen resolverse estas cosas: con tensiones, presiones y acuerdos que se construyen mientras el conflicto sigue abierto.
Y finalmente, se formalizó.

“En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a los 1 días del mes de abril de 2026, se reúnen la Secretaría de Transporte del Ministerio de Economía de la Nación, la Unión Tranviarios Automotor (UTA) y la empresa La Central de Vicente López Sociedad Anónima Comercial…”, señala el acta firmada entre las partes.
El documento es contundente en su diagnóstico: “Se verifica una situación que afecta la normal prestación del servicio… comprometiendo la adecuada cobertura de una necesidad esencial de movilidad de los usuarios”. Y profundiza: “La situación descripta ha generado una grave y crítica afectación en la calidad, regularidad y continuidad del servicio”.
En ese contexto, el acuerdo fija un objetivo inmediato: “Instrumentar un esquema de transición operativa destinado a garantizar la continuidad del servicio público de transporte automotor de pasajeros correspondiente a la Línea N° 148”.
La clave está en quién toma el mando. “La prestación de los servicios correspondientes a los ramales mencionados será asumida por la empresa”, establece el texto, en referencia a la firma que operará bajo el nombre de Misión Buenos Aires.
También hay definiciones concretas sobre el futuro de los trabajadores. El acta compromete a la empresa a “incorporar a todo el personal”, “reconocer la antigüedad laboral correspondiente” y “mantener las condiciones laborales conforme a la normativa vigente”.
La vuelta de la 148 a la calle coincide así con un dato que ordena todo lo anterior: hay una nueva empresa al mando. No es un parche ni una solución transitoria. Es un cambio de firma. Y, en ese cambio, una apuesta a estabilizar lo que durante meses estuvo al borde de desaparecer.
En el sector, el traspaso es leído como algo más que una salida inmediata. Es, potencialmente, el punto de cierre de un conflicto largo. No porque borre lo que pasó, sino porque introduce condiciones nuevas: otra estructura empresarial, otra lógica de funcionamiento, otro margen para sostener el servicio en el tiempo.
El propio acuerdo, sin embargo, marca los límites de esta etapa: se trata de una medida “de carácter excepcional” y “no implica adjudicación definitiva”, quedando sujeta a futuras resoluciones administrativas.
Nada de eso impide leer el presente con otra perspectiva.
La 148 vuelve a rodar. Y en ese movimiento —que parece cotidiano, casi automático— se juega algo más que un recorrido. Se juega la reconstrucción de una línea que, durante meses, estuvo a punto de convertirse en recuerdo.
