Desde su experiencia como referenta del MID y exconcejala de Florencio Varela, Gabriela Lasso denuncia cómo persisten violencias silenciadas contra las mujeres —no solo físicas y económicas, sino también el abandono del Estado—, y exige una presencia institucional que acompañe de verdad.
Gabriela Lasso, figura del Movimiento de Integración y Desarrollo (MID) y exconcejala de este municipio del sur del conurbano bonaerense, lanza una advertencia que resuena a fondo: en su distrito las mujeres no solo sufren las violencias conocidas —física, psicológica, económica— sino también una más oculta, pero devastadora: el abandono institucional.
Según Lasso, la discriminación y la violencia contra mujeres y personas diversas persisten incluso en un distrito que se enorgullece de “acompañar” a la diversidad. Esa “acompañamiento” formal no implica necesariamente que la sociedad deja de discriminar, advierte. “La conciencia social de estos problemas sigue siendo minoritaria”, señala, y reclama un cambio real en lo cultural y en las políticas públicas.
Uno de los principales obstáculos que identifica es la burocracia, la falta de seguimiento y acompañamiento efectivo: “la salud mental está vetada en los hospitales públicos y, por eso, los jueces no la consideran una herramienta para resolver la violencia familiar”. Para ella, la política pública más eficaz sería una presencia institucional permanente: asistencia legal, contención emocional y jurídico, y un acompañamiento que no termine en un trámite.

Lasso alerta que lejos están de cubrirse todas las redes necesarias para atender integralmente a las víctimas: “necesitamos usar todas las redes disponibles al servicio de los problemas de violencia familiar, tratar la salud mental y emocional”, afirma, subrayando que el sistema actual está muy por debajo de lo que debería ser.
Además, advierte que la desigualdad económica sigue siendo una cadena para muchas mujeres que aspiran a independizarse: “pero si se crean programas de ayuda laboral, no siempre es lo más difícil de resolver”, dice. Y reclama más financiamiento para las organizaciones que trabajan contra la violencia: “sin fondos, poco pueden hacer; pero hay una voluntad inquebrantable de ayuda”.
Lasso también se distancia de una definición común: “No soy feminista, o al menos no del modo en que muchas lo entienden hoy; pero reconozco que visibilizan lo que aún se intenta ocultar”. Para ella, el cambio social más profundo vendrá de más mujeres formadas en estos temas, capaces de impulsar transformaciones culturales reales.
Desde su experiencia, Lasso relata que muchas víctimas —muchas mujeres, muchas familias— llegan a sus puertas desorientadas: “están a la deriva, desinformadas, y necesitan que alguien las acompañe para dar el paso”. Recuerda el caso de una vecina que sufría violencia por parte de su hijo adulto, pero como era su hijo no recibía ayuda: “se le atribuyó parte de la culpa por ser madre; eso revela una mirada machista persistente”, explica.
Para las nuevas generaciones, Lasso tiene un mensaje claro: “que vivan libres sus sentimientos y decisiones, y con respeto por sí mismos. Si hacemos eso, alejamos a quienes buscan perfiles que puedan doblegarse”.
