Sebastián Campos y Maximiliano Martínez, los dos bomberos varelenses fallecidos en la tragedia de Barracas, siguen presentes en la memoria de sus barrios, sus cuarteles y sus familias, mientras la causa judicial continúa sin una fecha de juicio. En Villa Argentina y Gobernador Monteverde siguen doliendo sus ausencias.
El 5 de febrero de 2014, un incendio en el depósito de la empresa Iron Mountain en el barrio porteño de Barracas dejó diez víctimas mortales —ocho bomberos y dos rescatistas— que perdieron la vida en cumplimiento del deber. Entre ellas, estaban dos hombres vinculados a Florencio Varela: Sebastián Ezequiel Campos y Maximiliano Martínez. A doce años de esa tragedia, la memoria, el duelo y el reclamo de justicia siguen vivos en sus barrios y en la comunidad bomberil.
El siniestro, que comenzó por la mañana y culminó con el derrumbe de una pared del depósito sobre los equipos de emergencia, marcó profundamente a quienes conocieron a las víctimas. Campos, bombero voluntario del Cuartel de Vuelta de Rocha, y Martínez, cabo primero de la Policía Federal, se convirtieron en nombres imprescindibles para entender el impacto local de aquella tragedia.
“Ese año se quedó en mi casa 20 días…”: el testimonio de Mimi

Para la familia de Sebastián Campos, el recuerdo no es abstracto. Su madre, Mimi, compartió con El Vespertino en 2018 —y sus palabras siguen siendo un testimonio esencial del dolor y de la cotidianeidad partida por la tragedia— momentos que describen la vida de su hijo y las repercusiones de aquel 5 de febrero:
“Él es mi hijo Sebastián Campos, bombero, voluntario del cuartel Vuelta de Rocha donde su papá es comandante de reserva con 50 años de voluntario”, comenzó Mimi con la dulzura y la nostalgia que solo quien ha amado puede expresar.
Recordó que vivían en barrio Villa Argentina, el lugar donde sus hijos crecieron, y contó que Sebastián pasaba buena parte del año viajando por trabajo, “de marzo hasta diciembre viajaba por todo el país porque, en esas fechas, trabajaba para el TC y donde corría se iba”.
Sobre su vínculo con el cuartel y su familia, dijo:
“Era un hijo ejemplar, siempre estaba y andaba con nosotros… mi hijo entró al cuartel a sus 12 años siguiendo a su papá. Se nos escapaba por estar ahí”.
El relato de Mimi traza un puente entre el amor cotidiano y la pérdida abrupta:
“De repente, y sin preámbulo, ese año se quedó en mi casa 20 días. El 3 de febrero lo llamaron porque su trabajo era de mecánico y su papá ese día lo llevó hasta el cuartel a media noche y el 5 esa pared de Iron Mountain nos deja sin él”.
Más allá de la evocación familiar, en sus palabras se filtra una mezcla de orgullo, dolor y un cuestionamiento persistente:
“Hay mucho poder detrás de este incendio intencional, demasiado poder”, se lamenta Mimi, abordando, con la fragmentación propia de un recuerdo que todavía duele, lo que para ella fue una tragedia con implicancias que trascienden lo personal.
Además, compartió fotografías que, a modo de álbum de vida y de pérdida, acompañan su memoria: imágenes de Sebastián con sus compañeros, de los momentos previos a salir al servicio, de los homenajes en su barrio o del símbolo de un árbol seco que quedó como testigo silente del día que cambió para siempre a su familia.
Memoria compartida, justicia pendiente

La tragedia de Iron Mountain, además de las vidas segadas, abrió una causa judicial que aún no llegó a juicio oral con fecha definida, con imputados por presunto “incendio culposo seguido de muerte y lesiones culposas”. La investigación ha atravesado diversas instancias, con decisiones de la Cámara del Crimen y reprocesamientos, pero la comunidad y las familias reclaman una concreción que tarde más de una década sigue pendiente.
En Florencio Varela, actos conmemorativos, placas en espacios públicos y el recuerdo colectivo reúnen a vecinos, compañeros y autoridades en torno a los nombres de Campos y Martínez, resaltando su vocación de servicio y el impacto de su pérdida en los barrios de Villa Argentina y Gobernador Monteverde.
Cada aniversario —con sirenas, momentos de silencio y encuentros comunitarios— no solo evoca un pasado trágico, sino que también se constituye en un reclamo de verdad, justicia y reconocimiento para quienes dieron su vida en cumplimiento del deber. En la memoria de Florencio Varela, sus nombres siguen resonando, en tanto dolor profundo y en tanto historia compartida que interpela al presente.
