Todo comenzó en septiembre de 2002, en una jornada de reflexión en el entonces Colegio Polimodal Nº 9. El país acababa de atravesar una de sus crisis más profundas: el desempleo y la precarización no eran estadísticas frías, eran biografías truncas, mesas sin pan y futuros en suspenso. Allí, en medio de la incertidumbre, germinó una certeza colectiva: que la educación pública podía ser mucho más que un derecho escrito; podía ser la herramienta para reconstruir dignidades y volver a imaginar destino. Y en esa trama inicial se econtraban apellidos como Kahler, Britez, Demattei, Vitta, Roselli, Ravenna, Estupiñán, Denza, Juárez, Esquieta, Moro, Brunz, Faraoni, Ledesma, Torres y Oviedo… apellidos que hoy pocos relacionan con la UNAJ.

La historia oficial fija un inicio distinto. El 29 de diciembre de 2009, el Congreso de la Nación promulgó la Ley 26.576 y creó formalmente la Universidad Nacional Arturo Jauretche. Esa es la fecha jurídica. El acto administrativo. El momento en que el proyecto se convirtió en institución.
Pero la universidad no empezó ahí. La universidad empezó en 2002. Empezó cuando un grupo de docentes secundarios de Florencio Varela se animó a plantear que el acceso a la educación superior no podía seguir siendo un privilegio distante. Que la proximidad también es justicia. Que el conurbano no debía expulsar talento por falta de infraestructura académica.
En noviembre de ese mismo año, en el domicilio de la ex inspectora Carlina Isabel Díaz, se realizó una reunión formal donde se delineó el modelo de universidad que se pretendía construir. Allí nació la Comisión Pro Apertura de la Universidad Nacional de Florencio Varela.
La coordinación general fue asumida por el profesor Julio Kahler. Lo acompañaban docentes como Evelina Ferrari, Gabino Rafael Britez, Marisa Rodríguez, Eduardo Cartoccio, Alejandro Estupiñán, Néstor Denza, Adrián Guerrero, María del Carmen Vota, Ruth Denza, la bibliotecaria Fernanda Rosselli y la trabajadora social Rosana Estupiñán, entre otros. También participaban y articulaban jóvenes estudiantes y militantes educativos, entre ellos Ángela Juárez, Facundo Esquieta, Facundo Moro, Irma Brunz, Jorge Faraoni, Lucas Ledesma, Marcela Torres y María Eugenia Oviedo, entre otros.
No era una declaración simbólica. Era un proyecto estructurado.
En 2005, una nota publicada en la agencia ANRed —recuperada años atrás en el archivo de Diario Vespertino para la confección de la nota “Antes de que fuera la UNAJ…”— daba cuenta del trabajo sostenido de la Comisión Pro-UNFV. Allí se explicaba que la Asociación Civil Pro-Universidad Nacional de Florencio Varela tenía como objetivo principal impulsar la creación de una universidad pública local “para que todos los varelenses puedan adquirir conocimientos y así ser verdaderamente libres”.
El diseño académico contemplaba dos ciclos: una Diplomatura o Ciclo Básico de Grado de tres años y un Ciclo Superior de dos años. Se proyectaban tecnicaturas en Comunicación Social, Minoridad y Familia, Cooperativas, Promoción Social, Agronomía y Nutrición, articuladas con licenciaturas y profesorados. La lógica era clara: formación sólida, salida laboral temprana y continuidad académica.
Pero lo más innovador era su concepción territorial.
La universidad se pensaba como una red.
Red 1: el ámbito áulico.
Red 2: la extensión hacia barrios, sociedades de fomento, clubes, sindicatos y centros culturales, con cursos gratuitos y abiertos.
Red 3: una agencia de noticias local, un diario de bajo presupuesto, una radio y una señal de televisión comunitaria que dieran voz a las realidades invisibilizadas.
La educación no como enclave aislado, sino como entramado social.
“El problema de la Argentina es profundamente cultural y educativo”, sostenía el documento fundacional. La frase no era retórica. En un país atravesado por desigualdades estructurales, el acceso al conocimiento era concebido como herramienta de emancipación y como base para el desarrollo regional.
Cuando en 2009 se promulgó la ley de creación de la universidad, el proceso encontró reconocimiento institucional. Pero el trabajo previo llevaba siete años de construcción, debate, encuestas en escuelas, reuniones en casas particulares y articulaciones con organizaciones sociales y fuerzas políticas.
La Universidad Nacional Arturo Jauretche no nació de un decreto aislado.
Nació de una convicción colectiva que comenzó en 2002.
Recordarlo no es un gesto nostálgico. Es un acto de memoria política. Porque las instituciones no surgen de la nada: se gestan en el territorio, en las aulas, en las biografías de quienes decidieron que Florencio Varela también tenía derecho a producir conocimiento.
Y esa historia empezó mucho antes de que existiera la UNAJ.
