lunes, marzo 9

Cuando la luz sostiene la vida: Gabriela Salinas y la trama invisible de las mujeres que cuidan en Florencio Varela

Mientras muchas mujeres sostienen en silencio la vida cotidiana de los barrios, algunas además sostienen algo todavía más frágil: la electricidad que mantiene con vida a sus hijos. En esta charla con El Vespertino, Gabriela Salinas —referenta de las familias electrodependientes de Florencio Varela— habla de cuidados, desigualdades, democracia y de una lucha en la que cada corte de luz puede convertirse en una urgencia vital.

Hay casas donde la electricidad no es un servicio: es una frontera entre la vida y la muerte.

En Florencio Varela, muchas familias viven esa realidad todos los días. En esas casas, un enchufe puede ser la diferencia entre respirar o no hacerlo. Allí es donde aparece la voz de Gabriela Salinas, referenta de las familias electrodependientes del distrito.

Su historia, sin embargo, empieza mucho antes de esa lucha.

Empieza en los barrios.

“En mi infancia y adolescencia vi algo que muchas mujeres de los barrios conocemos muy bien: las mujeres sostienen la vida cotidiana. Son las que organizan la casa, el trabajo, la economía familiar, el cuidado de los hijos, de los abuelos, y muchas veces también sostienen la solidaridad del barrio cuando alguien necesita ayuda”.

Pero ese esfuerzo cotidiano no siempre ocupa el mismo lugar cuando llega el momento de decidir.

“También crecí viendo que ese enorme esfuerzo muchas veces no tenía el mismo reconocimiento ni el mismo lugar en las decisiones. Eso me hizo preguntarme desde muy chica por qué esas desigualdades parecían tan naturalizadas”.

Con el paso del tiempo, esa pregunta se convirtió en una forma de mirar el mundo.

“Con el tiempo, y también desde mi formación en la militancia en los barrios, entendí que esas situaciones no son casuales. Por eso creo que no alcanza con reconocer el rol que históricamente tuvieron las mujeres: también tenemos que transformar las condiciones en las que vivimos y participamos en la comunidad”.


Aprender a ocupar lugar

Gabriela tiene 30 años y desde los 20 trabaja en distintos espacios vinculados a la atención y el servicio a la comunidad.

“Tengo 30 años y desde los 20 años aproximadamente ocupé distintos roles dentro de la administración pública, siempre vinculados a la atención y al servicio a la comunidad”.

En esos espacios, cuenta, ser mujer y además joven suele implicar un desafío adicional.

“Ser mujer y además joven en esos espacios muchas veces implica tener que demostrar permanentemente que una está preparada para asumir responsabilidades. En algunos casos aparece la subestimación o la idea de que una mujer debería ocupar un lugar secundario”.

Sin embargo, esas experiencias también reforzaron su decisión de seguir formándose.

“Esas experiencias también reforzaron mi convicción de seguir formándome —hoy cursando el nivel terciario— y de entender el servicio público, la política como herramienta de transformación a los problemas reales de la comunidad”.

Y agrega una idea que aparece una y otra vez en la conversación:

“Creo y afirmo que cuando las mujeres asumimos responsabilidades públicas con compromiso, también abrimos camino para otras”.


Las mujeres que sostienen los barrios

Cuando se le pregunta por la situación actual de las mujeres en Florencio Varela, Gabriela describe una realidad que se repite en muchos barrios del distrito.

“En Florencio Varela hay una enorme fuerza social protagonizada por mujeres. Mujeres que trabajan, estudian, sostienen hogares, organizan comedores y generan redes solidarias cuando las cosas se ponen difíciles”.

Sin embargo, advierte que la visibilidad no siempre se traduce en transformaciones concretas.

“Hoy hay más visibilidad sobre las problemáticas de género, y eso es un paso importante. Pero también hay que decir algo con claridad: la visibilización por sí sola no alcanza”.

Para que las cosas cambien, sostiene, se necesitan políticas públicas que lleguen efectivamente al territorio.

“Para que haya cambios reales tiene que haber políticas públicas que se ejecuten en serio, con prevención, difusión de derechos y presencia territorial. Las mujeres necesitan saber qué herramientas existen y cómo acceder a ellas y así evitar que el miedo nos paralice ante situaciones de violencia de género”.

Y concluye con una advertencia clara.

“Las políticas de género no pueden quedarse solo en discursos o en fechas simbólicas. Tienen que sentirse en la vida cotidiana de los barrios”.


Democracia también significa transparencia

En la conversación aparece también una cuestión institucional: la importancia de que las políticas públicas vinculadas al género cuenten con información clara y accesible.

Para Gabriela, ese punto es central para la calidad democrática.

“La democracia necesita transparencia como política pública. Y en materia de género eso es fundamental”.

La comunidad, sostiene, tiene derecho a conocer cómo funcionan esas políticas.

“La comunidad tiene derecho a saber qué programas existen, qué recursos se destinan y qué resultados tienen las políticas públicas vinculadas a la prevención de la violencia y la promoción de derechos”.

Esa información, dice, debería estar disponible para los vecinos.

“La rendición de cuentas debería ser clara y periódica, con información accesible para los vecinos”.


El reclamo de verdad y justicia

En el plano judicial, Gabriela menciona el impacto social que tiene en Florencio Varela el proceso conocido como “Zisuela II”, que investiga hechos de explotación sexual.

“El juicio conocido como ‘Zisuela II’ vuelve a poner sobre la mesa una realidad muy dura: durante años existieron mecanismos de poder que permitieron la explotación de mujeres y menores en un contexto de privilegios e impunidad”.

Para muchas mujeres del distrito, explica, el proceso tiene un significado profundo.

“Para muchas mujeres del distrito, este proceso judicial no es solamente una causa penal. Es una demanda profunda de verdad y justicia”.

En ese sentido, subraya la importancia de que la sociedad acompañe.

“Las mujeres sabemos que cuando estos hechos se visibilizan y cuando la sociedad acompaña, el silencio empieza a romperse”.

Y agrega una frase que sintetiza ese reclamo colectivo.

“Justicia para las pibas que fueron víctimas de ese modo de operar basado en privilegios y encubrimientos es una deuda que la sociedad no puede ignorar u olvidar”.


Violencia, narcotráfico y responsabilidad del Estado

Otro hecho que marcó a la comunidad fue el triple femicidio vinculado al narcotráfico ocurrido en el distrito.

Para Gabriela, ese tipo de episodios muestra cómo distintas formas de violencia pueden cruzarse en los barrios.

“Cuando el narcotráfico se instala en un barrio no solo genera problemas de seguridad. También trae violencia, desigualdades más profundas y situaciones de vulnerabilidad que muchas veces afectan especialmente a las mujeres”.

Cuando esas dinámicas se combinan con la violencia machista, explica, el impacto social se multiplica.

“Cuando la violencia machista se cruza con el delito organizado, el impacto en la comunidad es devastador, nos arrebatan a nuestros pibes”.

Frente a ese escenario, considera que el Estado debe actuar de manera coordinada.

“Las políticas de seguridad, justicia, desarrollo social y género deben trabajar de forma articulada; que haya trazabilidad de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo, pero que se generen garantías”.


La lucha por la electricidad que mantiene la vida

La causa que hoy ocupa gran parte de la vida de Gabriela es la defensa de los derechos de las personas electrodependientes.

“Las personas electrodependientes son aquellas que necesitan equipos de electromedicina conectados a la energía eléctrica para poder vivir”.

Entre esos equipos menciona respiradores, concentradores de oxígeno, CPAP, aspiradores de secreciones, equipos de diálisis y bombas de alimentación.

La Ley Nacional 27.351 reconoce ese derecho y establece el suministro eléctrico permanente y gratuito para estas familias.

Sin embargo, según explica, todavía existen dificultades en el distrito.

“En Florencio Varela todavía enfrentamos muchas dificultades. No existe un registro municipal propio que permita saber cuántas personas electrodependientes viven en el distrito ni cuáles son sus necesidades”.

Ese relevamiento, señala, sería clave para diseñar políticas adecuadas.

“Ese relevamiento sería fundamental para planificar políticas concretas: acceso adecuado para ambulancias en emergencias, identificación de domicilios, vacunación domiciliaria para pacientes que no pueden movilizarse y acompañamiento desde distintas áreas del municipio”.

También menciona dificultades recientes para acceder al registro nacional.

“Hoy además vemos retrocesos en el acceso al registro nacional. Muchas familias ya no pueden iniciar trámites de manera presencial y los teléfonos de las empresas distribuidoras suelen funcionar con sistemas automatizados que no resuelven situaciones urgentes”.

Cuando la electricidad es vital, cada minuto cuenta.

“Cuando cada corte de luz puede convertirse en una cuestión de vida o muerte, la ausencia de seguimiento humano es un problema muy serio y puede costar la vida de nuestros hijos”.

En ese contexto, distintas organizaciones acompañan a las familias.

“Desde la Asociación Argentina de Electrodependientes seguimos acompañando a las familias, presentando recursos administrativos y hasta amparos de salud para destrabar expedientes”.


¿Quién cuida a quienes cuidan?

Si imagina el futuro de Florencio Varela dentro de diez años, Gabriela piensa en una transformación pendiente: el reconocimiento del trabajo de cuidado.

“Me gustaría imaginar un distrito donde el trabajo de cuidado deje de ser una carga invisible que recae casi siempre en las mujeres”.

En muchos hogares, explica, las mujeres sostienen el cuidado cotidiano de hijos, nietos o familiares con problemas de salud.

“Necesitamos políticas públicas que acompañen a quienes cuidan”.

Y plantea una pregunta que atraviesa la conversación.

“¿Quién cuida al que cuida?”


Una invitación a la comunidad

Antes de terminar, Gabriela deja un mensaje dirigido a los vecinos y vecinas del distrito.

Invita a ayudar a identificar a personas electrodependientes que tal vez todavía no conocen sus derechos.

También dedica unas palabras a quienes acompañan estas realidades todos los días.

“No están solas. A mí me tocó ser la mamá de Amilkar y hoy la voz en esta lucha”.

En los barrios —dice— la solidaridad sigue siendo una herramienta fundamental.

“En nuestros barrios siempre existió la solidaridad entre vecinos, esa costumbre de acompañarnos y darnos una mano cuando alguien lo necesita”.

Quizá por eso, en muchas casas de Florencio Varela, la defensa de la electricidad que mantiene encendidas las máquinas también se convirtió en otra forma de cuidar la vida.

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