Durante meses, el miedo le enseñó a mirar hacia atrás, a no salir sola y a vivir esperando que el peligro volviera a encontrarla. Hoy, mientras el acusado permanece prófugo y ella reclama una respuesta efectiva de la Justicia, decidió hablar por ella y por las mujeres que ya no pueden hacerlo: ¿cuánto tiene que soportar una mujer para que su vida deje de estar en riesgo y la protección llegue antes de que sea demasiado tarde?
Melody habla despacio, midiendo la respiración como si cada palabra tuviera un peso físico en el aire. Entre las pausas donde la voz se quiebra, la sombra de un prófugo protegido y el abrazo apretado a su hijo, la joven varelense reconstruye el mapa de la manipulación, la fragilidad de las medidas judiciales y la certeza milagrosa de haber salvado su propia vida.
El perdón y la grieta de la memoria
Hay un instante en que el miedo deja de ser una noción abstracta para convertirse en una presencia física que habita la garganta, la piel y el aire helado de una habitación. En la reconstrucción de sus vivencias, la ruptura inicial del silencio por parte de Melody Riquelme no surgió como un cálculo deliberado, sino como la respuesta primaria de conservación frente a un peligro desconocido: «La primera vez que denuncié lo hice por el miedo; era una situación de violencia que nunca antes había vivido». Sin embargo, tras la primera exposición policial, irrumpió de inmediato la conocida tramoya de la manipulación doméstica: «Vino el ciclo de la manipulación: las lágrimas, el pedido de perdón, las promesas de que iba a cambiar, de que empezaría un tratamiento psicológico o que iría a la iglesia. En ese momento le creí y lo perdoné».
La bisagra conceptual y vital aconteció durante un segundo hecho de gravedad extrema. Según la denuncia penal y la voz testimonial de la joven, el imputado la habría privado ilegalmente de la libertad e intentado quitarle la vida. Fue en esa frontera de asfixia donde la ilusión de la transformación personal se desmoronó por completo: «El punto de quiebre definitivo fue la segunda vez, cuando me privó de la libertad y me quiso matar. Ahí dije basta. Me di cuenta de que no solo no iba a cambiar, sino que cada episodio iba a ser peor y que la siguiente vez terminaría con mi vida. Fue en ese instante cuando hablé con mi familia y tomé la decisión irrevocable de romper el silencio y no dar un paso atrás».
Desde las secuelas de aquel espanto, Melody apela directamente a las mujeres que permanecen atrapadas en el laberinto del maltrato, advirtiendo sobre el peligro mortal del aislamiento: «Le diría que sí se puede salir, pero que hay que romper el aislamiento. El error más grande que cometí fue haberme callado y no hablar con mi familia desde el primer momento; la manipulación te hace creer que estás sola o que la situación va a mejorar, pero la realidad es contundente: si te pega una vez, te va a volver a pegar siempre». Para la entrevistada, la única trinchera real frente a la violencia no reside en la fe ciega en el agresor, sino en el afecto incondicional del entorno íntimo: «No hay que guardarse nada por vergüenza o por miedo. Apóyense mucho en sus familias y en sus seres queridos, porque el amor de la gente que de verdad las cuida es el refugio más fuerte para poder salir de ese infierno».
De los hechos denunciados a la fuga

Según consta en las denuncias penales iniciadas a raíz de los eventos del 29 de junio, Axel Arian Picón, de 28 años, se habría presentado en la casa de la víctima, sustrayéndole las llaves de la vivienda y el teléfono celular, para luego golpearla y someterla sexualmente bajo explícitas amenazas de muerte. La denunciante habría logrado escapar de aquel cautiverio al aprovechar un descuido del agresor mientras este dormía, dirigiéndose de inmediato a formalizar la denuncia.
Aquel acontecimiento no habría sido un hecho aislado. De acuerdo con los registros periodísticos y la exposición de Riquelme, entre el 5 y el 6 de septiembre se registraron nuevos episodios de inusitada gravedad. Conforme a las actuaciones, el acusado habría provocado destrozos en las ventanas y persianas del domicilio de la vecina, encontrándose posteriormente con ella en la localidad de Villa del Plata. Desde allí, ambos se habrían trasladado a un hotel céntrico de Berazategui donde, de acuerdo con la acusación vertida por la víctima, habría vuelto a sufrir agresiones físicas y amenazas antes de ser trasladada a su domicilio, lugar donde se le habría impedido retirarse libremente.
En medio de la privación ilegal de la libertad y sin vías evidentes de escape, Melody recurrió a un instinto de auxilio desesperado: «En ese momento de desesperación y peligro, yo no sabía a quién pedir ayuda, no tenía forma de escaparme. Mandarle mensaje a mi superiora fue lo primero que se me ocurrió de forma instintiva, y estoy convencida de que fue la mejor decisión que pude haber tomado». La vecina forma parte de una fuerza de seguridad, de allí que la rápida respuesta de la jefatura institucional brindó el resguardo necesario en un instante determinante: «La respuesta fue inmediata: actuaron rápido y me brindaron la contención que necesitaba».
A raíz de los hechos informados en septiembre, el fiscal a cargo de la UFI N° 2, Dr. Federico Pagliuca, habría solicitado la detención del imputado, medida que habría sido dictada en menos de 24 horas por el Dr. Diego Agüero, titular del Juzgado de Garantías N° 6. Sin embargo, tras el allanamiento concretado el 16 de septiembre en la vivienda materna del acusado, éste permanece en condición de prófugo de la justicia. La cronología procesal evidencia que, tras la denuncia inicial de junio por lesiones y abuso sexual, sobrevinieron los hechos de septiembre por privación de la libertad, desembocando en la orden de allanamiento y la posterior condición de prófugo que se mantiene hasta la actualidad.
La ineficacia del papel y la trama de poder local
Frente a la respuesta burocrática del sistema penal, Melody cuestiona con severidad la eficacia protectora de las resoluciones administrativas: «No sirven para nada, son totalmente insuficientes. Una perimetral o un botón antipánico no detienen a un agresor decidido a hacer daño; la realidad nos demuestra todos los días, como ocurrió con el caso de Aixa en la localidad del Tigre, que la víctima tenía estas medidas y la mataron igual». Para la joven varelense, la abstracción de una restricción de acercamiento no altera la vulnerabilidad de su rutina: «Yo no me siento protegida ni segura con un papel. Por eso exijo su detención».
En el laberinto procesal de la causa, el abogado defensor del acusado, Dr. Izcasati, habría interpuesto un pedido de eximición de prisión. Sin embargo, la solicitud habría sido rechazada por el Juzgado de Garantías N° 6 y ratificada en su denegatoria por la Cámara de Apelaciones. Frente a este escenario, Melody expone su perplejidad e impotencia: «La Justicia de Garantías le denegó la eximición de prisión, la defensa apeló y la Cámara también se la denegó. Si las instancias judiciales ya confirmaron que no corresponde que esté libre, no entiendo qué están esperando para ordenar su detención efectiva. Necesito respuestas antes de que sea tarde».
A la evasión del imputado se acopla un denso entramado de vinculaciones sociopolíticas en el municipio de Florencio Varela. Axel Arian revistaba como integrante de la Guardia Comunal y militaba en la Agrupación Peronista Evita Descamisada. Asimismo, los reportes detallan que su padre, Julio Picón, se desempeñó como concejal justicialista en el período 2017-2021; su madre, Norma Copa, sería empleada municipal en Medicina Laboral; mientras que sus tías, Sonia y Norma Picón, desempeñarían cargos en el CIC de Bosques Norte y en las secretarías de Género y Organización de la CTA Autónoma, respectivamente. Si bien la legislación establece que la responsabilidad penal es estrictamente individual y que ningún familiar debe responder legalmente por los actos de un tercero, el peso público de su entorno reaviva el debate sobre las redes de contención e influencia que podrían facilitar su permanencia en la clandestinidad.
Asimismo, sobre el prófugo pesaría una causa previa en etapa de juicio oral ante el Juzgado Correccional N° 1 bajo la carátula de grooming («captación por medios tecnológicos de menores con fines sexuales»), además se registrarían otras dos denuncias por violencia de género con medidas restrictivas previas.
Conforme al testimonio de Melody, la promesa inicial de neutralidad por parte de la familia del agresor se transformó en un abierto encubrimiento: «Durante la relación, ellos sabían perfectamente la clase de persona que era e incluso me decían que si me levantaba la mano iban a ser los primeros en denunciarlo o entregarlo. Hoy sé que la madre está buscando gente para que mienta y declare a su favor en la fiscalía. Comprendí que esta clase de personas actúan así porque son el reflejo de la familia que los crió y los encubre».
La cotidianidad del miedo y la urgencia de justicia real

La vida diaria de Melody tras el trauma es un ejercicio constante de vigilia e hipervigilancia: «La verdad es que el día a día no es para nada fácil. Es un proceso duro donde me apoyo fuertemente en mi familia y tratamiento psicológico, pero sobre todo en mi hijo, que es la persona que me da la fuerza de verdad para seguir adelante». La presencia del ausente condiciona cada uno de sus movimientos: «Hay días en los que me invaden los nervios y la angustia, por el miedo a que reaparezca, me busque o me vuelva a hacer daño está siempre presente; no sé qué pasa por la cabeza de esta persona y eso me genera un estado constante de alerta. Hoy en día no puedo salir sola a la calle, siempre tengo que estar acompañada. Es una realidad muy difícil de transitar, pero saco fuerzas de donde no tengo para reconstruirme por mí y por mi hijo».
El clima de intimidación se habría extendido de forma directa a su círculo íntimo. De acuerdo con la declaración de la víctima, una de las hermanas del acusado se habría presentado en la casa de su abuela con claras intenciones de agredirla: «Llegaron al extremo de que una de las hermanas de Arian Picón fue a buscarme a la casa de mi abuela para amenazarme de muerte y agredirme físicamente. Por suerte yo no me encontraba en ese momento, pero la denuncia correspondiente ya está radicada. Como familia nos apoyamos un montón, nos mantenemos más unidos que nunca y elegimos hacer todo por la vía legal. Confiamos en que la Justicia actúe, pero exigimos que se garantice la seguridad de todo mi entorno». Aunque la intervención de los gabinetes interdisciplarios de asistencia a la víctima ha sido constante, el único remedio efectivo para detener la angustia radica en la aprehensión del prófugo.
«Lo único que me va a devolver la tranquilidad es la justicia real: que ordenen su detención inmediata y que atraviese todo el proceso judicial y el juicio preso», asevera Melody con firmeza. Y añade: «No estamos hablando de un caso aislado; además de mi denuncia, tiene dos denuncias más por violencia de género con sus respectivas restricciones, y una denuncia por grooming. Es un peligro evidente y no puede seguir caminando libre por la calle. Sabemos que la Justicia suele ser lenta, pero yo no tengo tiempo para esperar; tengo miedo constante de que quiera vengarse o matarme antes de ser juzgado. Necesito que actúen ya y lo metan preso, no puedo vivir esperando a ser una víctima más».
La voz de las que no están: habitar la supervivencia
Al mirar en retrospectiva el camino recorrido, Melody convierte el dolor en una bandera de lucha pública e inquebrantable. «Podrían estar llorándome, pero estoy viva», reflexiona la joven al resumir el milagro de su supervivencia. Con esa misma certeza, completa su estremecedor pensamiento: «Miro hacia atrás y hoy le agradezco a Dios estar viva, que mi hijo todavía tenga a su mamá y que mi familia no me haya encontrado muerta. Podrían estar llorándome o peleando por justicia sin mí, pero la puedo contar y puedo usar mi voz para pelear por tantas mujeres que lamentablemente hoy ya no están. A todas las chicas que están pasando por esto les digo con el corazón en la mano: ante la primera muestra de violencia física, verbal o psicológica, váyanse. No perdonen. No se queden esperando un cambio que no va a llegar. Yo hoy estoy acá de milagro, pero el final pudo haber sido otro muy distinto».
De cara al horizonte, Melody anhela reconstruir la identidad devastada por el maltrato: «Imagino un futuro volviendo a ser la persona que era antes de conocerlo: viviendo en paz, con tranquilidad y sin el miedo constante con el que hoy me levanto». Su mensaje final resuena como una consigna urgente y colectiva contra la impunidad: «Rompan el silencio, apóyense en la gente que de verdad las ama y exijan justicia».
