Mientras el oficialismo de Andrés Watson se abraza a la falacia de «Axel o Milei» para no explicar por qué el barro sigue mandando en los barrios varelenses, Myriam Bregman llega este 6 de junio para desafiar la lógica del puntero que administra el hambre con precisión de contador. En un distrito donde la política se volvió un club de admisión restringida para amigos del poder enquistado hace años y los libertarios se pierden en purgas internas silenciosas, la izquierda intenta probar que la organización barrial no es para «gerenciar planes», sino para exigir la dignidad que el gobernante de turno retacea. Ante una gestión que maquilla la realidad con anuncios de luces LED que no llegan realmente a todas las calles, la pregunta es inevitable: ¿podrá el prestigio de «la Rusa» transformarse en la llave que finalmente abra las puertas de esta «casa tomada» por los mismos de siempre, o el vecino seguirá eligiendo la seguridad de su propia cadena?
En la Política de Aristóteles habita una advertencia que el sistema político varelense parece haber convertido en su constitución no escrita: no toda forma de persuasión deviene en poder. El próximo sábado 6 de junio, a las 15:30 hs, en el Cruce de Varela —específicamente en Dardo Rocha 2276—, Myriam Bregman encabezará el lanzamiento de un Comité de Apoyo con una ambición que trasciende la gacetilla: construir un «Movimiento por un Partido de la Nueva Clase Trabajadora».
La maniobra es quirúrgica. Bregman llega a la periferia del poder precedida por una anomalía estadística. Según la encuestadora Atlas Intel, es la referente política con mayor imagen positiva del país (47%), superando a figuras como Axel Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner. Sin embargo, en el laboratorio varelense, ese capital simbólico se enfrenta a un techo de cristal: el vecino que admira a «la rusa» en la pantalla suele, en el secreto del cuarto oscuro, refugiarse en la «pertenencia organizada» de la estructura dominante.
La alquimia de los márgenes: del Olimpo al barro
El acto del 6 de junio intenta resolver una contradicción que es, al mismo tiempo, estética y social. Es el intento de la izquierda por unir lo que denominamos el «Olimpo del pensamiento» con el «barro de los barrios». De un lado, el respaldo de la «alta cultura»: firman la convocatoria artistas e intelectuales como Norman Briski, Dolores Reyes y Guillermo Martínez. Del otro, el anclaje en el dolor real del territorio: la firma de Elvira Jiménez, madre de Mechi Cantero, el joven precarizado que perdió la vida en la papelera Sein.
Esta construcción no busca la asistencia social clásica. Desde la dirigencia de la izquierda local, encarnada por Erica Sechi —profesional de la salud, protagonista del triunfo de la Lista Pluricolor en CICOP— y Sebastián Muzyka -docente de la Escuela de Arte República de Italia-, el mensaje es disruptivo: sostienen que no quieren gerenciar planes ni administrar el hambre. Su apuesta en los barrios es despertar la conciencia de que la precariedad no es un estado natural. Al impulsar asambleas barriales, buscan que los vecinos se organicen democráticamente para exigirle al Estado trabajo genuino, urbanización real, salud y educación de calidad, rechazando las migajas que el intendente de turno reparte como método de control.
El teatro de las sombras: libertarios, purgas y el factor Gebel
Mientras la izquierda intenta esta organización de base, el resto del tablero varelense exhibe sus propias patologías. Los libertarios, que capturan el malestar de los sectores urbanos, carecen de la «arquitectura territorial» necesaria para transformar el voto en poder real. En el más absoluto silencio, el espacio local de Javier Milei se ha dedicado a despojarse de cuadros y personajes que comenzaron a cuestionar los hilos de manejo interno y la dudosa relación de convivencia con el oficialismo local.
En este vacío de representación real aparece la figura de Dante Gebel. Su armado político, anclado en la memoria emocional de Villa Vatteone, se presenta como una amenaza directa para las tropas de Milei. Gebel podría «robarle» a la Libertad Avanza no solo una porción de su electorado sino también un fenómeno de toma de cuadros/referentes/funcionarios que ya ha ejecutado en otros puntos de la provincia de Buenos Aires.
La «casa tomada» y la ilusión binaria
En la vereda de enfrente, el intendente Andrés Watson ejecuta su propia «gimnasia de supervivencia». Watson ha decidido atar su destino al de Axel Kicillof, empapelando el distrito con una consigna de ingeniería política schmittiana: «Axel o Milei». Al forzar esta ilusión binaria, -al menos, la fracción de…- el oficialismo busca obturar cualquier tercera vía que pretenda capitalizar el descontento. Es el método de una gestión que se comporta más como una “casa tomada” que como un sistema institucional abierto.
El escenario se completa con un PRO local que, bajo la tutela de Carlos Boco, intenta jubilar el marketing de la era Alaniz para volver a una presencia territorial que hoy parece arqueológica. Mientras tanto, la UCR se desangra en internas con denuncias de proscripción y la sospecha de «candidatos prestados» del peronismo, cerrando la casa por temor a su propia base.
La pregunta que quedará flotando sobre el Cruce de Varela este sábado es si la organización democrática que propone Bregman podrá finalmente perforar el círculo vicioso de la política local: ese donde la falta de cargos impide la territorialidad, y la falta de territorialidad clausura el acceso al poder. ¿Podrá el sentimiento de «como me gusta la rusa» vencer a la estructura del puntero, o el 6 de junio será apenas otro fuego fatuo?
