jueves, septiembre 17

El micrófono de la jauría y los cuerpos en la trinchera: la violencia política contra las mujeres en la trama de Varela

Ataques mediáticos que mandan a “poner tetas”, “abrir el escote” o tildan de “caniche” a una diputada exponen cómo la misoginia opera como una tecnología de disciplinamiento político. En Florencio Varela, entre «reuniones de café» exclusivas de varones, la falta de una Secretaría de Género y el ausentismo estatal, concejalas, funcionarias y militantes de barrio le ponen el cuerpo a una disputa por el poder que incomoda a la política tradicional.

En las pantallas de los estudios de streaming, la violencia política de género suele escenificarse con impunidad desenfadada. El exabrupto de Santiago Cúneo al sugerirle al asesor de vestuario de la diputada Myriam Bregman “ponéle tetas, abríle el escote, empezá a hacerla más trolita para que tenga un poco más de empatía con el electorado” y calificar su peinado diciendo que “la peinan como si fuera un caniche” no fue un episodio aislado. La propia diputada Myriam Bregman calificó estas expresiones como “misoginia” y “violencia”, señalando que forman parte de una conducta articulada que busca reducir la capacidad política de las mujeres a su apariencia física y a su corporalidad.

Esta agresión retórica funciona como una pedagogía del amedrentamiento y disciplinamiento. Cuando las descalificaciones escalan en los medios o plataformas digitales, el mensaje no está dirigido únicamente a la figura pública atacada, sino a cada mujer y disidencia que intenta disputar espacios de representación en sindicatos, universidades o partidos. En el territorio del conurbano profundo, donde la política se juega en veredas de tierra y despachos municipales, esta violencia mediática encuentra su correlato en una estructura de dominación cotidiana.

El costo de la representación: la violencia cotidiana en las instituciones

En el recinto del Honorable Concejo Deliberante de Florencio Varela y en los pasillos de la gestión pública local, hacer política siendo mujer implica atravesar un escrutinio permanente y sutiles barreras disciplinadoras. La concejala de Florencio Varela, Julieta Pereyra, lo sintetiza desde la experiencia directa: “A muchas mujeres que decidimos participar activamente en política se nos intenta disciplinar con descalificaciones, operaciones o silencios. Pero el acoso no nos va a hacer retroceder”. Para la edila, la exigencia pública no es simétrica con la que enfrentan sus pares varones: “Ser mujer en política implica una evaluación permanente: cómo hablás, cómo vestís, cómo conducís. Se nos exige más y se nos perdona menos. He atravesado intentos de minimizar mi voz, descalificaciones y situaciones de hostigamiento que difícilmente se ejercerían del mismo modo sobre un varón”. Sin embargo, contrapone que “cuando una mujer no se calla, incomoda. Y cuando incomoda, empieza a transformar”.

Esa necesidad de sobreexigencia y legitimación permanente atraviesa generaciones e identidades partidarias en el distrito. La abogada y concejala de Florencio Varela, Carolina Gallo, coincide al recordar que en ámbitos históricamente dominados por varones tuvo que “demostrar muchas veces el doble para que se reconociera la misma capacidad”, advirtiendo que “cuando hablamos de derechos de las mujeres estamos hablando de la calidad de la democracia”.

Por su parte, las huellas de esta desigualdad en la burocracia local se remontan a prácticas históricas. Celia Mabel Zárate, funcionaria municipal e hija de Aída Bustamante —quien en 1987 se convirtió en la primera intendenta del distrito—, relató que al rendir el examen para ingresar al municipio en 1984, “las mujeres debíamos escribir dictado taquigráficamente, los hombres no”, remarcando que ante la sobrecarga de tareas su postura ha sido el compromiso: “hago todo y más de lo que corresponde, a eso le llamo compromiso”.

En la contienda electoral, la degradación simbólica busca restar entidad técnica y política a las dirigentes. La abogada y exconcejala Marcela Loyola recordó que durante su primera campaña electoral, “un candidato local de mi espacio me presentaba ante los candidatos nacionales como ❝la señora de los perros❞”, interpretándolo como “su forma de degradar mi potencial trabajo”.

Roscas de café, «mujeres obedientes» y el vacío estatal

La violencia de género en el ámbito político no solo se manifiesta en la agresión explícita, sino en los mecanismos de exclusión de las mesas de decisión. La exconcejala radical, abogada y docente Gabriela Mancuello denunció la existencia de estructuras patriarcales rígidas en los partidos: “Desde el ❝hija de❞ hasta definiciones políticas solo tomadas por hombres en reuniones de café en donde las Mujeres no participan”. Mancuello rememoró que, en un año electoral, recibió una llamada telefónica comunicándole que el jefe provincial de su espacio, procedente de otro distrito, no quería que integrara la lista local, concluyendo que “aún algunos partidos políticos al momento de las definiciones, la última palabra la detenta un hombre”.

Esta lógica de cooptación o postergación favorece la selección de perfiles dóciles en las estructuras de poder. La exconcejala Gabriela Lasso advirtió que “aún se viven momentos de desigualdad, incluso las disfrazadas de generosidad… Noto que hay intención de que mujeres más «obedientes» ocupen lugares importantes”, señalando que en las reuniones decisivas “algunos prefieren que llegues cuando todo está dispuesto”.

Asimismo, la rosca partidaria suele tensionar la integridad ética de las dirigentes. Gabriela Padin, excandidata a concejal, optó en 2021 por renunciar a la posibilidad de asumir una banca tras la integración de su lista con Mirta Rojas, salpicada en 130 causas penales y mencionada por víctimas en el juicio al exconcejal Daniel Zisuela por explotación de menores. Padin fundamentó su postura manifestando que “no podemos compartir una lista con entregadores de menores” y analizó la paradoja del poder local: “Los espacios políticos tienen una visible mayoría de componentes femeninos… pero conducidas por un hombre. Aun cuando esos hombres tal vez no tengan las competencias en términos de habilidades para llevar adelante eficazmente ese rol… Como grupo etario, me pregunto: ¿qué tan coherentes e integras, estamos dispuestas a ser?”.

A esta violencia política en los partidos se suma el vacío de herramientas en el gobierno municipal. En Florencio Varela no existe una Secretaría de Género o de la Mujer con jerarquía institucional y presupuesto asignado, relegando el área a una dependencia de Desarrollo Social. La concejala Marcela Ochs expuso con dureza la inoperancia del cuerpo deliberativo, denunciando que la Comisión de Género del Concejo no funcionaba desde hacía seis meses y dejando una sentencia desgarradora: “Cuando viene una chica, una señora o una abuela con situación de violencia, me encuentro con un vacío tan impresionante que no sabemos a dónde recurrir y qué hacer… Todo esto me parece una farsa y una mentira, señor presidente. Me tiembla el cuerpo”. A este diagnóstico se añade el antecedente registrado en 2021, cuando la entonces exdirectora de Género del municipio, Noelia Pino, renunció ante la falta de recursos y las limitaciones para abordar la demanda.

Frente a la inacción estatal, la concejala Laura Ravagni cuestionó la persistencia del pensamiento machista del “‘por algo será’” y recordó que en el cuerpo deliberativo “somos 11 mujeres de un total de 24”, asumiendo el compromiso de que “ninguna mujer sienta que la está peleando sola” bajo la premisa de “Vivas, libres y con derechos nos queremos”.

La trinchera barrial y la disputa por la palabra

Mientras las instituciones formales demoran expedientes o paralizan comisiones, la respuesta real a la violencia estructural se teje en las redes comunitarias de los barrios. Eva Galarza, coordinadora de Voces de Mujeres y Diversidad, remarcó que las mujeres de Varela sobrellevan la crisis “resistiendo” e insistió en que “falta una secretaria específica que se ocupe de la problemática de género, que el foco sea el abordaje a situaciones de violencia de género, con personas capacitadas y responsables”. En sintonía, Gisel Navarrete, integrante de la misma organización, aseveró que “la violencia está en lo visible, pero también en lo estructural” y que las organizaciones territoriales cumplen un rol central porque “muchas veces son el primer lugar donde una mujer se anima a hablar”.

El reclamo contra la ausencia del Estado cobra cuerpo en la militancia de base. Lorena Zárate, referenta del Frente Antifascista, Transfeminista y Antirracista (FATA), defined que “el 25N es un grito colectivo contra el Estado ausente” y planteó la disputa en términos de poder: “No estamos pidiendo favores: estamos exigiendo derechos. Si quieren silencio, vamos a hacer ruido. Si la violencia es política, la pelea también lo es. Y si la peleamos juntas, la vamos a ganar”.

En esa trinchera cotidiana que es la Mesa Local de Género y Diversidad —un espacio comunitario, territorial y voluntario sin financiamiento estatal ni salarios—, una de sus vecinas integrantes llevó al recinto del Concejo Deliberante la crudeza de la tarea. Su intervención comenzó con una afirmación lapidaria: “Yo suelo no utilizar la palabra ‘buenos días’ o ‘buenas tardes’ porque cada vez que agarro el teléfono me llama una mujer por una situación. Se dice: ‘Hola, ¿qué necesitás?’”. La vecina remarcó su independencia política y su compromiso barrial: “Yo no recibo ni quiero tampoco que me den un cargo. Lo hago porque soy mujer, porque soy mamá, porque trabajo y porque mi barrio me necesita… En la Mesa lo que hay es humanidad. No miramos los cargos… Con mis compañeras vamos a seguir luchando hasta donde nuestro cuerpo diga”.

En la misma vereda de resistencia se ubica la voz de Miriam Romero, dueña de una gomería sobre la avenida Eva Perón y referenta del radicalismo local, quien recordó las burlas de «marimacho» o «che pibe» que recibió desde la niñez en 1967 al jugar al fútbol y trabajar en un taller, desafiando el mandato de «andá a lavar los platos». Romero señaló con orgullo haber roto estereotipos laborales y advirtió que las mujeres siguen enfrentando violencias que se agravan cuando «se levantan para ir a trabajar, pero no llegan» por asaltos o falta de recursos, exigiendo que las autoridades entiendan que el poder otorgado no da derecho a malos tratos.

En Florencio Varela, la disputa por la palabra y el poder no se agota en las agresiones de un estudio de televisión ni en las reuniones cerradas de café. Se reconstruye en la insistencia diaria de concejalas, funcionarias, trabajadoras y referentas barriales que se niegan a pedir permiso para ocupar un lugar legítimo, sosteniendo que cuando las mujeres participan y ejercen su voz, la democracia se fortalece desde abajo.

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