sábado, octubre 10

El salto de Melina: puños de seda y raíces de barrio

A los 21 años, Melina Agusto hizo historia en Florencio Varela al convertirse en la primera mujer de la localidad en integrar la Selección Argentina Mayor de Wushu Kung Fu. Empezó a los 16, combinó entrenamientos exigentes con la Facultad y aprendió a enfrentar sus propias inseguridades sin renunciar a sus sueños. Con el acompañamiento de su profesor y el apoyo incondicional de su padre, hoy se prepara para competir en un Panamericano. Su historia habla de disciplina, oportunidades y de una certeza que lleva desde el barrio hasta el área de competencia: nunca es tarde para llegar más alto.

El aire en el conurbano sur se vuelve denso al caer la tarde, cargado de humo de caños de escape, olor a pasto cortado en las zanjas y el traqueteo sordo de los colectivos que regresan a Florencio Varela. En ese paisaje de veredas agrietadas donde el tiempo suele medirse en leguas y fatiga, Melina Agusto desafió la inercia del destino: a los 21 años, se convirtió en la primera mujer de nuestra localidad en alcanzar la Selección Mayor de Wushu Kung Fu. La proeza no nació en un centro de alto rendimiento blindado, sino en la intemperie de quien empezó a destiempo, cuando las certezas ajenas ya estaban repartidas:

«Jamás me imaginé estar donde estoy hoy, nunca pensé que sería parte del seleccionado argentino y que representaría a mi país en eventos internacionales. Yo de chiquita admiraba a atletas que iban a representar al país, nunca pensé que sería parte, más que nada porque la mayoría empiezan desde chiquitos, y yo empecé con 16 años este hermoso deporte».

En apenas cinco años de constancia inquebrantable, su silueta aprendió a quebrar el aire con la precisión de una navaja, acumulando coronas como campeona nacional en numerosas oportunidades y ganándose un lugar entre las exponentes más jóvenes del país. Pero la épica no se sostiene con destellos; se paga al contado, en la moneda áspera de la renuncia y el dolor muscular que no da tregua:

«Para llegar a esto, implicó muchas horas de entrenamiento, todos los días. Muchas cosas tuve que cancelar: salidas, cumpleaños, pero siempre firme para seguir avanzando. Sí hubo momentos de frustración, momentos en que uno piensa que no le va a salir algo y se pone mal, pero nunca fue una opción pensar en abandonar, solo pensar en que si no sale hoy, va a salir después. Con práctica todo termina saliendo».

Ese rigor cotidiano no habita en una burbuja. Convive con el peso de los apuntes universitarios y la rutina de quien debe multiplicar las horas del día para que la vida no se le deshilache entre las manos:

«Muchas veces se complica con la facultad; ambas cosas requieren de mucho tiempo y atención, y a veces equilibrar cuesta».

Detrás de cada patada circular y de cada sable suspendido en el vacío, el rival más tenaz no vestía uniforme de seda ni esperaba en la esquina opuesta del tatami: era la propia incertidumbre. En esa penumbra íntima donde el desaliento aprieta la garganta, la mano firme de un maestro torció el rumbo:

«Sí, esa persona es mi profesor, Maximiliano Canteros. Fue la primera persona en creer en mí; desde el primer momento él fue quien me impulsó a llegar a ser parte de la selección. Él creyó en que yo podía ir por más. Cuando él me decía que yo iba a llegar a ser parte de la selección, yo no lo creía, porque soy una persona a la que le cuesta muchísimo creer en mí misma, pero mi profesor siempre estuvo creyendo en que sí podría».

Es una pulseada abierta, una herida en proceso de cicatrización que Melina nombra sin pudor, sabiendo que la mente es el músculo más complejo de domesticar:

«Siempre fui una persona que no cree en sí misma, que piensa que no puede y demás. Por eso, en todo esto siempre es fundamental que te ayuden mucho a trabajarlo, a que te hagan entender que creer en vos es lo mejor que podés hacer. Todavía sigo trabajando mucho esto: pensar en que todo está en la cabeza, que uno siempre puede y que puede ir por mucho más».

La confirmación del salto no llegó en un comunicado solemne ni en oficinas distantes. Cayó de golpe, como un relámpago tibio, en el bullicio sudoroso de un torneo local:

«Cuando me enteré de que iba a ser parte de la selección argentina y que representaría al país en un sudamericano fue en un torneo local. Fue un momento hermoso, no podía creerlo. Se lo conté a todo el mundo, y mi papá fue quien me acompañó ese día (él siempre está en todos los torneos acompañándome). Se lo conté con tanta alegría; fue uno de los días más felices para mí».

Ese abrazo con su padre —guardián fiel en cada tribuna— condensa el orgullo de una pertenencia territorial que no pide disculpas ni acepta complejos de inferioridad:

«Jamás pensé que mi lugar de origen sería un obstáculo; para mí representar a mi localidad es un gran honor y una gran felicidad».

Ahora, de cara al Panamericano, donde le tocará cruzarse con la élite continental, Melina pisa el área con la calma de quien ha aprendido a desarmar el exitismo de época:

«Compartir área contra atletas de élite es una emoción increíble; yo las admiro, las veo en mundiales, es una felicidad increíble competir contra ellas. No me da miedo perder una competencia, un resultado no me define; mi objetivo es ser cada día mejor que ayer».

Al romper el techo invisible que apartaba a las pibas del conurbano de los grandes escenarios, su andar deja una huella encendida para las que vienen detrás:

«Que empiecen, que prueben, que nunca es tarde para hacer un deporte; desde abajo siempre se puede llegar a lo más alto, todo con disciplina y constancia».

Cuando la noche cierre su puño sobre Florencio Varela y el eco de los golpes se apague en el gimnasio, lo que permanecerá en la memoria colectiva del barrio no será un conteo de puntos ni el brillo fugaz de un trofeo:

«Sentiría una felicidad enorme al saber que mi historia puede inspirar a otra nena a animarse a soñar en grande; significaría que todo mi esfuerzo, entrenamientos y sacrificios valieron la pena. Más allá de títulos y medallas, me gustaría que quede el recuerdo de una persona que luchó por sus sueños, que luchó contra todo para ganarse el lugar que hoy tiene».

En estas calles donde cada paso cuesta el doble y la esperanza se teje con hilo grueso, el viaje de Melina no es una excepción solitaria: es una bandera compartida que nos recuerda a todos los vecinos que la dignidad también florece en el asfalto propio, y que cuando una piba de barrio se anima a volar, el horizonte entero se mueve con ella.

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