Miriam Romero, voz histórica del radicalismo en Florencio Varela, pone las cartas sobre la mesa en relación a la fragilidad de una gestión municipal que sobrevive por inercia mientras las mayorías empobrecidas esperan salud, asfalto y dignidad. En un territorio donde la confianza fue “vapuleada por la corrupción política”, Romero exige una alternativa que baje de los pedestales y camine junto al “pueblo de a pie” para garantizar un plan de vida que incluya desde gas natural hasta salarios dignos.

En Florencio Varela, el aire político de 2026 está cargado de una tensión que las redes sociales de la intendencia no pueden filtrar. Andrés Watson, el administrador de una arquitectura diseñada por Julio Pereyra, enfrenta hoy un desgaste que lo tiene caminando por la cornisa de la opinión pública. Para Miriam Romero, voz de peso en la Unión Cívica Radical varelense, el diagnóstico sobre el presente del jefe comunal es letal: “Veo a Watson manteniendo liderazgo con poco”.
Ese “poco” se traduce en una gestión que, estadísticamente, ha quedado atrapada en un escenario de paridad absoluta, donde el rechazo ya iguala a la aprobación y la categoría de gestión “muy mala” se impone en los barrios. Romero entiende que, ante esta debilidad territorial, la única tabla de salvación para el oficialismo local es mimetizarse con la estructura provincial. La advertencia de la dirigente es clarísima respecto al futuro del intendente: “Si Watson fuese opositor al kiciloffismo, no le vería chances”.
Un plan de «buen vivir» contra el olvido del territorio
Para la militancia que camina el barro, el problema no es solo la falta de obras, sino el abandono de un proyecto que incluya a los que menos tienen. Romero sostiene que cualquier fuerza que pretenda ser una alternativa real en 2027 debe dejar de mirar encuestas y empezar a mirar a los ojos a los vecinos. Lo que se necesita, según su testimonio, es una “real participación vecinal, plan de solución para el buen vivir de las mayorías pobres e indigentes del distrito”.
En un Varela donde el fenómeno libertario parece haber encontrado un techo por su propia “antropofagia interna”, Romero identifica que el malestar social no se ha ido a la derecha extrema, sino que sigue orbitando en “el peronismo en su amplitud”, esperando una respuesta que no llega. Por eso, la agenda que propone la dirigente radical no admite grises ni marketing digital. Ella exige poner en el centro de la discusión política los derechos básicos vulnerados: “Discutir el trabajo con los vecinos, salud real y accesible, gas natural, asfaltos para el acceso a los territorios, salarios dignos a los docentes y trabajadores todos”.
Contra la soberbia: candidatos autóctonos y pies en el barro
La crítica de Romero no perdona las formas de la «nueva política» ni la soberbia de quienes pretenden dirigir desde la comodidad de una oficina. De cara a la renovación necesaria para enfrentar al aparato oficialista, Romero define un perfil de candidato que rompa con el molde del laboratorio electoral. Para ella, quien represente al pueblo debe ser un “trabajador, autóctono, saber entender las necesidades de las mayorías empobrecidas”.
En este punto, la referente radical es autocrítica con su propio espacio y con la fragmentación de la oposición. Reconoce que para enfrentar una estructura tan consolidada, no bastan los nombres aislados ni los sellos vacíos: “Si entiendo a la primera oposición como el radicalismo, no creo que le alcance solo para tan grande construcción política”. El camino hacia la competitividad real en 2027 requiere un baño de humildad y una praxis política que se aleje de los privilegios de casta. Para Romero, el error que la oposición no debe cometer bajo ninguna circunstancia es “hacer politiquería desde un pedestal”.
La ética de la alternancia y la confianza fracturada
Incluso al abordar temas espinosos como la reelección indefinida, Romero desplaza el foco de la duración de los mandatos hacia la calidad de la democracia y la soberanía del voto. Para ella, el problema no es que un dirigente permanezca, sino cómo se llega a esa permanencia. “Con transparencia electoral y respeto al electorado, no vería mal que exista esa posibilidad”, afirma, poniendo la vara en el control ciudadano y no en el acuerdo de cúpulas.
La reconstrucción de Varela, sin embargo, no pasará solo por los tribunales o las juntas electorales —hoy sospechadas de proscribir listas y favorecer a candidatos prestados— sino por un reencuentro con el vecino en su propio territorio. Miriam Romero concluye con una hoja de ruta que es, al mismo tiempo, un imperativo ético para toda la dirigencia: “Caminar como lo hace el pueblo de a pie. Es una tarea de este tiempo, volver a recuperar la confianza del pueblo, tan vapuleada por la corrupción política”.
