sábado, marzo 7

Miriam Romero, de enfrentar prejuicios en los barrios a levantar su voz en la vida pública

Ser mujer en Florencio Varela, según el relato de Miriam, implica atravesar una trama de desigualdades persistentes: prejuicios desde la infancia cuando una niña rompe los roles de género, el viejo mandato de “andar a lavar los platos”, la necesidad de imponer la propia voz para no quedar relegada, la falta de informes públicos y de rendición de cuentas del poder político, una justicia que avanza con lentitud y el impacto del narcotráfico que —advierte— destruye familias en los barrios. Dueña de una gomería sobre la avenida Eva Perón y referenta del radicalismo local, Romero reconstruye una vida marcada por el trabajo desde la niñez, el estigma por jugar al fútbol en los años sesenta y la convicción de que las mujeres deben dejar de ser “la sombra de” para convertirse en protagonistas de la política y la vida comunitaria de la ciudad.

Las historias de muchas mujeres de Florencio Varela no comienzan en oficinas ni en despachos políticos. Empiezan en los barrios, en las veredas de tierra y en los trabajos que aparecen mucho antes de la adultez. La vida de Miriam Romero, hoy conocida por su gomería sobre la avenida Eva Perón y por su militancia en el radicalismo local, tiene su origen en esa trama cotidiana donde crecer implicaba, muchas veces, trabajar.

Los recuerdos de mi infancia son que no tenía 7 años cumplidos y me encontraba vendiendo churros en los barrios de Mayol, Santa Rosa, San Francisco y todas las zonas aledañas. Además me gustaba jugar al fútbol. Hablo de que corría el año 1967. En 1970, haciendo caso omiso a lo que dijeran mis padres, cuando salía del colegio me iba a trabajar a un taller de gomería que se encontraba situado donde hoy es la heladería Pablo”.

Ese recuerdo no es solo una postal personal. También es una ventana a una época en la que romper los roles de género podía convertirse en motivo de burla o estigma.

Sí, me marcaron porque con tan corta edad tomaba decisiones que no estaban bien vistas. Era escuchar que me dijeran ‘che pibe’ o ‘mirá la marimacho’. Puedo decir orgullosa que soy pionera en lo que hago. Hoy la mayoría me conoce como ‘la gomera’”.

En ese camino, el trabajo se transformó en identidad. La gomería no solo fue un oficio, sino también un espacio donde disputar el lugar de las mujeres en actividades históricamente masculinizadas.

Romero recuerda que crecer como mujer en ese contexto significaba, ante todo, resistir una cultura que esperaba obediencia y silencio.

Vuelvo a decirte: vengo de una época en la que ser mujer implicaba tener que imponer tus ideales. Como decían en esos tiempos: ‘andá a lavar los platos’. Este mundo no está hecho para ser sumisa”.

Con el paso de los años, su mirada sobre Florencio Varela también fue cambiando. Hoy observa una mayor participación femenina en la vida pública, aunque advierte que todavía existen deudas pendientes.

La situación en Florencio Varela hoy la veo con mujeres más comprometidas, como que se dieron cuenta de que hay que tomar el toro por las astas. ¿Deudas pendientes? Las deudas se cobran, así que tenemos que ir por esas deudas”.

En su relato, la discusión sobre el rol de las mujeres se entrelaza con preocupaciones más amplias sobre el funcionamiento de la democracia y la transparencia institucional.

¿Qué implica que no haya informes públicos en Florencio Varela? Es muy simple: si no hay informes no puede haber rendición de cuentas, y esto ya no sería democracia. Porque si los que están en el poder no rinden cuentas a su pueblo es porque hay algo turbio detrás”.

También aparece la frustración frente a procesos judiciales que, según sostiene, avanzan con demasiada lentitud: Caso Zisuela II.

El juicio está en marcha, pero es muy lento. Como mujer y madre pienso que tendrían que darles perpetua. Pero volvemos a lo mismo: donde talla el poder, acá nadie va preso y seguimos quedando desamparados”.

La conversación inevitablemente deriva hacia una preocupación que atraviesa a muchos barrios del distrito: el avance del narcotráfico y sus consecuencias sociales, donde el máximo exponente fue el triple narcofemicidio llevado adelante en el 2025.

Lamentablemente impactó y se habló mucho de este tema porque hubo muertes. Pero desgraciadamente sufrimos esto del narcotráfico hace mucho tiempo en Florencio Varela. Decimos violencia machista porque el hecho lo produjo un hombre, si se lo puede llamar así. Acá estamos hablando de redes de delincuentes que operan en nuestra ciudad en prácticamente todos los barrios, destruyendo a familias enteras para llenarse los bolsillos. Y el Estado es ciego, sordo y mudo cuando hay intereses de por medio”.

Aun así, Romero insiste en mirar hacia adelante. Cuando imagina el futuro varelense, piensa en mujeres que ocupen espacios de decisión y no queden relegadas a roles secundarios.

Para dentro de 10 años me imagino a la mujer en la política siendo protagonista y no la sombra de. En la educación y en el trabajo las veo empoderadas, transformando la vida comunitaria”.

Pero también plantea un desafío cultural más profundo.

Lo que me gustaría haber transformado es la cultura en general: dejar de pensar que toda la culpa la tiene el hombre y hacernos cargo de nuestro rol. Somos las mujeres las que criamos hijos machistas, y cuando digo cambiar la cultura es eso: dejar de pensar y actuar”.

Y agrega una reflexión que remite a las herencias culturales de generaciones anteriores.

Con ideas que fueron importadas de nuestros antepasados, donde la mujer lo que hacía era saciar las necesidades del hombre y criar hijos”.

Durante la entrevista, Miriam también destaca a otras mujeres que, desde distintos espacios, sostienen la vida comunitaria en el distrito.

María de la Paz Dessy. Su historia para mí merece ser contada porque es una mujer que trabaja incansablemente por y para la ciudadanía”.

En esa línea, insiste en que la política local debería construirse desde el diálogo con la ciudadanía, más allá de las diferencias partidarias.

De eso se trata: de tener diálogo con el ciudadano, no importa de qué partido, etnia o religión sea. Se trata de saber escuchar y valorar, de aprender día a día, de no juzgar, de ver las necesidades y dar herramientas para solucionar los problemas. Más allá de mi trabajo o profesión, soy una ciudadana más que quiere que esta ciudad prospere, que seamos una gran familia”.

Al acercarse el 8 de marzo, su reflexión final se aparta de las consignas partidarias y apunta a un llamado más amplio.

Que este 8 de marzo tomemos conciencia de que las grietas están hechas para dividir”.

En Florencio Varela, donde las historias personales suelen entrelazarse con las transformaciones sociales del territorio, la vida de Miriam Romero —de niña trabajadora en los barrios a referente política y dueña de una gomería sobre una de las avenidas más transitadas del distrito— refleja una certeza que atraviesa generaciones: para muchas mujeres del conurbano, ocupar un lugar propio sigue siendo, todavía hoy, una forma cotidiana de disputar el sentido de la igualdad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *