Ante la suspensión de la línea, en el Club Ambayco comenzaron a organizar reuniones con familias, hablar con los chicos para explicarles la situación, presentar una nota al intendente Andrés Watson y mantener gestiones con distintas áreas del municipio para pedir una solución urgente. Mientras tanto, decenas de estudiantes siguen a casi diez kilómetros de su escuela, preguntándose por qué algunos compañeros pueden ir a clases y ellos no.
En los barrios, los problemas colectivos rara vez aparecen primero en una oficina pública o en una estadística oficial. Suelen hacerse visibles en los lugares donde se encuentran los chicos: en una cancha, durante un entrenamiento o en una conversación entre padres al costado de la línea de cal. Así empezó a construirse la preocupación en el Club Ambayco, una institución profundamente arraigada en Los Tronquitos, donde cada tarde se reúnen decenas de chicos y chicas del barrio.

La situación que hoy atraviesan muchas familias tiene varias causas que se fueron acumulando con el tiempo. La suspensión definitiva de la línea 148, la falta de una planificación territorial que contemplara que cerca del 80% de los estudiantes del complejo educativo proviene de Florencio Varela, la reorganización del transporte local sin conexión con la escuela rural ubicada sobre Ruta 53, casi en la intersección con Ruta 6, la ausencia de alternativas para las familias sin movilidad propia y la falta de respuestas coordinadas entre distintas jurisdicciones terminaron dejando a un centenar de chicos y chicas del barrio con enormes dificultades para ejercer algo tan básico como su derecho a ir a la escuela.
En ese escenario, el club se transformó en uno de los primeros espacios donde la inquietud empezó a discutirse colectivamente.
Su presidente es Juan Osvaldo Carballo, aunque en Los Tronquitos casi nadie lo llama así. Para todos es simplemente “Paco”. Abuelo, entrenador y dirigente de la institución, Carballo es una de esas figuras que conocen con precisión la vida cotidiana del barrio. Sin embargo, reconoce que durante el receso escolar todavía no había dimensionado la magnitud de lo que estaba por aparecer.
“Mientras estábamos en vacaciones escolares la verdad no me había dado cuenta del problema más importante que nos iba a preocupar”, recuerda.
La primera señal surgió en una conversación familiar. Fue su hija quien lo puso frente a una situación que hasta ese momento no había considerado.
“Me di cuenta al hablar con mi hija. El fin de semana me dijo si podía hablar con el dueño del micro que nos hace los viajes para el club”.
Esa observación lo llevó a detenerse y observar con más atención lo que ocurría alrededor.
“Ahí me di cuenta lo que estaba pasando, así que le dije que me haría cargo”.
A partir de ese momento comenzó a reconstruir el panorama a través de la red de familias vinculadas al club. Ambayco no funciona únicamente como un espacio deportivo: también es una trama comunitaria donde circulan avisos, inquietudes y decisiones colectivas. Los grupos de WhatsApp de cada categoría —donde se organizan partidos y entrenamientos— fueron el primer lugar donde el tema empezó a repetirse.
“Como estoy en todos los grupos de categorías del club —en total 20— con más de 200 chicos de ambos sexos, convoqué a una reunión de padres”, explica Carballo.
Antes de ese encuentro decidió hablar con los delegados de cada equipo para que transmitieran tranquilidad a los chicos que asisten a la escuela.

“Le pedí a los delegados que hablen con los chicos que van a ese colegio para explicarles que desde el club íbamos a tratar de acelerar las cosas”.
Mientras los adultos intentaban comprender el origen de la dificultad, los chicos ya estaban sintiendo sus efectos en la rutina diaria. En los entrenamientos comenzó a repetirse una pregunta sencilla, pero cargada de sentido.
“Los chicos preguntan por qué los compañeros van y ellos no todavía”.
La respuesta no está en el rendimiento académico ni en la inscripción escolar. Tiene que ver con el trayecto que separa al barrio de la escuela.
Muchos estudiantes de Los Tronquitos asisten al complejo educativo ubicado sobre Ruta 53, casi en la intersección con Ruta 6, donde funcionan el Jardín de Infantes Nº 990, la Escuela Primaria Nº 77 y la Escuela Secundaria Nº 60. Desde el barrio hasta ese establecimiento hay 9,9 kilómetros, una distancia que para la mayoría de las familias solo puede resolverse mediante transporte.
Carballo lo resume con claridad.
“El traslado de los chicos al colegio es imposible si no es en micro. Si bien hay papás que tienen coche, no pueden con todos”.
Durante años ese recorrido estuvo cubierto por el 148 que realizaba varios viajes: uno por la mañana para jardín y primaria, otro al mediodía para el regreso y un servicio adicional para el secundario que funciona en turno tarde. Ese sistema permitía sostener la asistencia a pesar de la distancia entre el barrio y el establecimiento educativo.
Cuando ese esquema dejó de operar, las consecuencias se volvieron inmediatas.
En el nivel secundario hay 108 estudiantes matriculados, de los cuales 80 dependen del micro para poder asistir. En el caso del jardín y la primaria hay 140 chicos inscriptos, y 120 utilizaban ese transporte para llegar a clases.
Las cifras empezaron a traducirse rápidamente en ausencias.
“La semana pasada solo asistieron entre 5 y 3 chicos diarios de primer año a la mañana”, relata Carballo.
Mientras tanto, en el barrio comenzó a aparecer una escena distinta a la habitual. En horarios en los que los chicos solían estar en la escuela, ahora permanecen en las calles o en los alrededores del club.
“Los chicos que no pueden asistir generalmente se los ve pateando en momentos que antes no se veían”.
El dirigente aclara que el club continúa funcionando como un espacio de contención.
“El club está abierto siempre para ellos”.
Sin embargo, también reconoce que el club no puede reemplazar la función de la escuela.
Frente a esa inquietud creciente, desde Ambayco comenzaron a impulsar gestiones para encontrar una salida. Carballo asegura que inició contactos con distintas áreas del municipio para transmitir la urgencia del caso.
“Como presidente del club y con llegada directa a algunas secretarías del gobierno de Varela estoy teniendo reuniones y explicando que a esto hay que buscarle solución para ayer”.
Al mismo tiempo decidió formalizar el reclamo. Redactó una nota dirigida al intendente de Florencio Varela -Andrés Watson-, acompañada por la firma de algunos padres que participaron de la reunión convocada en la institución.
“Hice una nota y la firmaron algunos padres que pudieron asistir a la reunión pidiendo al intendente que intervenga en la aceleración con su par de La Plata, ya que el colegio pertenece a esa intendencia”.
En su desesperación, algunas familias se acercaron al órgano colegiado de gobierno presidido por Claudia Allerbon para intentar obtener información sobre la situación.
“Algunos padres fueron al Consejo Escolar de Varela y ellos se comunicaron con sus pares de La Plata. Pero este problema no depende de ellos”, explica.
Según la información que recibieron, el tema se encuentra bajo la órbita de la Jefatura Regional y Departamental de Educación, conducida por Verónica Sosa.
“De esto se encarga la Jefatura Regional y Departamental que dirige la señora Verónica Sosa, la cual está al tanto de todo”.
Mientras tanto, los días siguen pasando para las familias de Los Tronquitos. Cada jornada sin transporte implica que muchos chicos queden fuera del aula.
Desde el club, la propuesta que surge es concreta: implementar una solución provisoria mientras se resuelve el conflicto de fondo.
“Si dependiera de mí asistiría al colegio poniendo un micro momentáneamente hasta que se resuelva la situación de la empresa de colectivos”, plantea Carballo.
Luego agrega una comparación que, para él, demuestra que una alternativa de ese tipo no sería extraordinaria.
“Así como suelen poner micros para el traslado de los chicos en las competencias deportivas escolares de la provincia”.
En Los Tronquitos, la vida del barrio sigue girando alrededor del club. Los entrenamientos continúan, los chicos se reúnen cada tarde y la cancha permanece abierta. Pero detrás de esa rutina cotidiana permanece una preocupación compartida: que la escuela, a 9,9 kilómetros de distancia, vuelva a ser un destino posible para todos los chicos del barrio.
