Entre el termómetro que marca la fiebre de una gripe estacional y el expediente judicial, Silvana Ayul desarma la trama de una acompañante que cobró por adelantado y desapareció. Una crónica sobre la desprotección de las infancias neurodivergentes y un sistema educativo que, ante el conflicto, elige la intemperie.
Silvana habla desde el centro de una urgencia doméstica, una de esas que no dan tregua pero que son, al fin y al cabo, lo más parecido a la normalidad de una madre. Su voz llega a través de mensajes que se mezclan con el sonido de los cuidados: Bastián, su hijo de diez años, transita una gripe fuerte.
La fragilidad de los acuerdos
Todo empezó en marzo, con una recomendación institucional y un fajo de billetes entregados por adelantado, ese gesto de buena fe que las familias suelen tener cuando la educación de un hijo está en juego. La esperanza de una escolaridad fluida para Bastián se tradujo en $420.000 destinados a una Acompañante Externa (AE) para cubrir la adaptación escolar. Pero la profesional solo apareció dos días de la segunda semana. Lo que siguió fue el silencio, una supuesta conjuntivitis de la que nunca hubo certificado y, finalmente, un mensaje de texto frío renunciando al puesto y negándose a devolver el dinero de los días no trabajados.
«A mí no me duele tener que pagar a una compañera», dice Silvana, con la honestidad de quien reconoce el valor del trabajo, «pero si la pago por privado, lo mínimo que quiero es que trabaje lo que le pago, porque no es poco». La estafa no fue solo económica; fue, sobre todo, una deserción ética en un territorio donde el abandono se paga caro. «Que no estafe, lo mínimo que quiero que haga la justicia, si se da la fuga, es que no ejerza nunca más, que se abra un kiosco si no le gusta trabajar con niños que tengan una capacidad diversa», sentencia Silvana.
El síntoma en el cuerpo
Para un niño con autismo, la anticipación y las rutinas son los hilos que sostienen su mundo. Cuando la AE desapareció, esos hilos se cortaron. Bastián comenzó a creer que el abandono era su culpa. «Mi hijo terminó severamente angustiado, repitiendo que la acompañante no iba más porque ‘él había hecho algo malo'», relata Silvana. La desregulación fue total: crisis de llanto, regresiones y un síntoma físico que delató la profundidad del trauma: «empezó a perder motricidad en una de sus piernas por el estrés».
Los pasillos de la Fiscalía N° 2
El próximo 28 de mayo, Silvana Ayul caminará los pasillos de la Fiscalía N° 2 para ratificar su denuncia por defraudación y abandono de persona. Lo hace por Bastián, que hoy pide exclusivamente un acompañante varón porque quedó traumado por la experiencia anterior. Lo hace también por las decenas de familias de Varela que le escribieron para decirle que ellas también pasaron por lo mismo.
«Espero que la Fiscalía actúe con una profunda perspectiva en discapacidad e infancia», dice. Mientras tanto, en su casa, sigue cuidando a su hijo de esa gripe estacional, recordándole que nada de lo que pasó fue su culpa. Porque la inclusión, como dice Silvana, no es firmar un papel a principio de año: «es controlar quién entra al aula y defender la jornada completa de los chicos».
