A los 29 años, Celeste Vargas batalla contra el cáncer de útero y la precariedad habitacional en el barrio La Capilla. Tras costear estudios de alta complejidad con rifas vecinales ante la demora del sistema público, la joven hoy duerme en una silla de ruedas prestada y padece el frío extremo de una vivienda sin revoque que agrava su cuadro de neuropatía. Su pedido es un grito de urgencia: necesita un andador con asiento para recuperar la movilidad, evitar una atrofia muscular permanente y volver a la vida cotidiana junto a sus tres hijos.
En los márgenes de Florencio Varela, donde la precariedad suele ser la única constante, la historia de Celeste Vargas se levanta como un testimonio urgente sobre las deudas del sistema de salud y la vulnerabilidad habitacional. A sus 29 años, Celeste no solo batalla contra un diagnóstico de cáncer de útero, sino contra una burocracia que le niega el derecho básico a una recuperación digna en su hogar del barrio La Capilla.
La odisea de Celeste comenzó en julio del año pasado. Tras una operación en septiembre y un breve periodo de estabilidad, la realidad del sistema público la golpeó de frente: el estudio PET que necesitaba con urgencia tenía una demora de más de cuatro meses. Ante la desesperación, la solidaridad vecinal se convirtió en su única red de contención. «Mi familia, los vecinos me ayudaron con la rifa y me hicieron un PET particular que en ese entonces me había salido 800 mil pesos», relata Celeste, evidenciando cómo el acceso a la salud en nuestra zona depende, muchas veces, del bolsillo de quienes menos tienen.

Hoy, tras finalizar seis sesiones de quimioterapia, la joven enfrenta una complicación devastadora: una neuropatía que le ha quitado la sensibilidad en su pierna izquierda. Lo que debería ser un proceso de rehabilitación se ha transformado en un calvario de inmovilidad. «Hace más de un mes no duermo en la cama, duermo en la silla de ruedas», confiesa con una angustia que se refleja en su rostro. «Si vieras mi cara estoy llena de ojeras porque estoy cansada, destruida, además de la angustia que tengo encima de no poder dormir en mi cama, de no poder disfrutar a los chicos».
Celeste vive con su marido y sus tres hijos de 13, 9 y 3 años en una vivienda que no ofrece el resguardo necesario para su delicado estado. En La Capilla, el frío se filtra por las paredes sin revocar, agravando sus dolores físicos. «El frío me hace mal… entra mucho frío, no tengo revocado. El frío me tira a la cama peor que nunca, me hace retorcer toda», explica mientras describe su hogar como apenas «un cuadrado de material».
A pesar del dolor, su voluntad permanece firme. Su objetivo inmediato es recuperar la movilidad para atender a sus hijos, algo tan simple como alcanzarles un vaso de leche, tarea que hoy le resulta imposible. Para ello, necesita desesperadamente un andador con asiento, ya que la silla de ruedas —prestada por una amiga— está atrofiando sus músculos. «Yo tengo 29 años y no quiero quedar postrada en una silla de ruedas», sentencia con firmeza. La falta de este elemento ortopédico adecuado es, según sus médicos, lo que está retrasando su evolución: «Los médicos me dicen que todo eso me atrasó… esto me está atrasando».

El próximo 13 de mayo, Celeste tiene una cita clave con su oncóloga en el Hospital de Berazategui para definir los pasos a seguir. Mientras tanto, en Florencio Varela, su caso reabre el debate sobre la necesidad de una presencia estatal más efectiva que no deje la salud y la vivienda de los vecinos a merced de las rifas o la caridad. Celeste necesita ayuda, y la necesita ahora, para que el derecho a la salud no sea solo una declaración de principios, sino una realidad palpable en el corazón de La Capilla.
