sábado, marzo 7

“En Florencio Varela las mujeres denuncian, pero quedan solas”

No es la mirada de una funcionaria ni de una dirigente partidaria. Es la voz de una vecina más que sobrevive en uno de los cientos de barrios populosos de Florencio Varela. Marcela Vera —madre, estudiante de la UNAJ y emprendedora textil— habla de violencia en la infancia, maternidad sostenida a fuerza de “malabares”, falta de contención estatal para quienes denuncian, impunidad en causas de violencia y el acoso cotidiano que enfrentan las mujeres que intentan trabajar por su cuenta.

En los barrios de Florencio Varela, donde la vida cotidiana suele transcurrir entre largas jornadas de trabajo, maternidades tempranas y trayectos de estudio sostenidos con esfuerzo, las historias de las mujeres hablan de una misma trama: la de la desigualdad estructural que atraviesa generaciones.

Marcela Vera, estudiante de la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ) y emprendedora local, es una de las voces que participan del ciclo de entrevistas que El Vespertino realiza durante marzo para escuchar a mujeres del distrito. Su relato comienza en la infancia.

“De mi infancia me marcó la violencia física, psicológica y sexual hacia las mujeres de mi familia. Creía (por lo que veía) que el lugar de las mujeres era decir que sí y callar. Gracias a todas esas cosas pude ver y entender que ese no era, es ni será el lugar de las mujeres.”

En esa frase se condensa una experiencia compartida por muchas mujeres del conurbano: crecer en contextos donde la violencia machista se naturaliza, pero también encontrar, con el tiempo, herramientas para cuestionarla.


Maternidad, estudio y el peso invisible del cuidado

La historia de Vera también dialoga con una realidad extendida en el sur del Gran Buenos Aires: la brecha de cuidados. Mientras los discursos institucionales suelen hablar de igualdad de oportunidades, en la práctica muchas mujeres sostienen simultáneamente maternidad, estudio y trabajo.

“En mi crecimiento profesional (siendo estudiante) tuve que atravesar los obstáculos que ‘genera’ la maternidad. El hacer los famosos malabares y ver dónde y con quién dejarlos para poder sostener mi deseo de recibirme.”

Detrás de esos “malabares” aparece una de las desigualdades menos visibles pero más persistentes: el cuidado sigue recayendo mayoritariamente sobre las mujeres, condicionando trayectorias educativas y laborales.


Denunciar y quedar solas

Cuando se le pregunta por la situación de las mujeres en Florencio Varela, Vera responde sin rodeos.

“La situación de las mujeres en Florencio Varela me parece pésima, no existe ningún tipo de contención ni seguimiento para las mujeres que denuncian los tipos de violencia.”

Aun así, reconoce que en algunos espacios empiezan a aparecer señales de cambio.

“Los avances que veo son en los colegios, como comenzaron a abordar y escuchar los temas de violencia en la primaria/secundaria.”

Pero, según señala, el déficit estructural continúa en los espacios de decisión política.

“Las deudas que siguen pendientes es permitir que las mujeres estén al mando de la política, no permiten que las mujeres referentes ocupen un lugar, el mismo lugar donde existe la voz y el voto de los hombres para las decisiones de los varelenses.”


La opacidad de las políticas públicas

La falta de información pública también aparece como una barrera para evaluar el alcance real de las políticas de género.

“Lo que implica la falta de informes públicos es que la mayoría no sabe cuáles son (si es que existen) las políticas de género del municipio.”

En términos de derechos humanos, la ausencia de datos y evaluaciones públicas limita la posibilidad de control ciudadano y de participación informada en el debate sobre políticas de prevención de la violencia.


Impunidad y poder

El caso conocido como “Zisuela II”, vinculado a denuncias por explotación sexual y violencia, dejó una huella profunda en la memoria colectiva local.

“El caso ‘Zisuela ll’ deja un claro mensaje, que la impunidad está a la puerta de quien más plata/poder tenga. Con este ‘juicio’ siguen violentando a las víctimas y las mujeres siguen quedando a merced de los funcionarios que más plata pongan. Si esto pasaba con un albañil ya se hubiese resuelto.”

Su lectura apunta a un problema que trasciende lo judicial: la desigualdad en el acceso a la justicia.


Narcofemicidios y abandono estatal

Cuando menciona el llamado triple narcofemicidio que conmocionó al distrito, Vera vincula los hechos con una trama más amplia de exclusión social.

“Con respecto al triple Narco Femicidio la relación es muy directa, creo también que son los responsables de muchas muertes que aún no han salido a la luz.”

En su mirada, el rol del Estado fue insuficiente.

“Acá la responsabilidad del estado era garantizar la educación y vivienda de las chicas, el estado estuvo ausente y quedaron vulnerables ante el sistema de la prostitución y los Narcos que son quienes están al frente de todo esto.”

Incluso después de la muerte, señala, las víctimas siguen siendo objeto de violencia simbólica.

“La violencia machista sigue repercutiendo en cada persona que dice que las chicas se lo merecían, que ellas se buscaron eso, que así deberían terminar. Aún estando muertas siguen recibiendo agresiones machistas.”


Emprender siendo mujer

La desigualdad también aparece en un terreno que muchas mujeres del conurbano exploran para sostener ingresos: el emprendedurismo.

“Es muy difícil ser mujer y emprendedora porque en la forma que debo promocionar mi espacio es en redes sociales deja abierto un espacio (los hombres creen tener ese espacio) para poder utilizar mi número para acosarme o escribirme por privado para ofrecerme plata por otras cosas.”

El problema no es solo económico, sino también cultural.

“Es difícil emprender cuando todo rodea en torno a la explotación sexual de las mujeres. Me genera mucha indignación porque si fuera un hombre esto no pasaría. Y son esos momentos en los que dan ganas de dejar todo.”


El miedo cotidiano

En ese contexto, incluso tareas simples —como entregar un producto vendido— implican pensar en estrategias de autoprotección.

“Me armó de valor y pienso en citar a las personas en lugares estratégicos en dónde circulen muchas personas y no quedar sola con quienes compran.”

Y agrega:

“Lamentablemente tengo que pensar en el horario y lugar de una manera cautelosa no solamente por el miedo de la inseguridad, sino también porque debo volver siempre a mi hogar sana para mis hijxs.”


El futuro que imagina

A pesar de ese panorama, Vera imagina un cambio posible para la próxima década.

“En 10 años imagino el municipio con mujeres al mando, tomando decisiones que realmente contemplen a las mujeres y no las dejen de lado. Que el trabajo y la educación sea igualitaria, que gane lo mismo la mujer que el hombre.”

En lo personal, su deseo es más simple y a la vez profundamente político.

“Me gustaría poder recibirme sin tener la mochila de la maternidad, el trabajo, la casa, el estudio y demás. Me gustaría tener un lugar donde pueda ser escuchada y no juzgada.”


Las historias que todavía faltan escuchar

Antes de cerrar la conversación, Vera menciona una historia que, a su juicio, todavía no fue contada con la atención necesaria.

“Creo que merece ser contada la historia de la chica que sobrevivió a la masacre de Zensabellos, creo que se la escuchó casi nada y ella podría aportar más a evitar que sigan sucediendo estas cosas.”

Y concluye con una crítica al modo en que muchas veces se juzga a las víctimas.

“No todos saben la historia de las chicas y solo se quedan juzgando el por qué fueron a bailar.”

En Florencio Varela —como en tantas ciudades del mundo— la agenda feminista no se juega solo en los grandes discursos. También se construye en estas voces anónimas: mujeres que, desde los barrios, siguen intentando que la igualdad deje de ser una promesa y se convierta en una realidad.

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