miércoles, mayo 27

¿PODRÁ EN EL 2027 BOCO HACER QUE LOS VARELENSES PERDONEN LA DECEPCIÓN CAUSADA POR ALANIZ?

Carlos Boco se planta hoy como el único concejal que no forma parte ni del oficialismo peronista ni de la Libertad Avanza, dos sectores que hoy cargan con el peso de muchos vecinos decepcionados. En un Varela que ya no cree en promesas de redes sociales, el PRO busca jubilar el marketing de la era Alaniz para intentar una reconstrucción, según ellos, desde el barrio y la cercanía. ¿Logrará este camino solitario devolverle la esperanza a un vecino que se siente huérfano de representación, o el recuerdo de las promesas incumplidas es un peso demasiado grande para 2027?

¿Es posible que la política, esa dama caprichosa que suele castigar la soberbia del presente con el olvido del futuro, esté preparando un escenario de redención para los que supieron cultivar la paciencia? En el teatro de sombras que es hoy Florencio Varela, se está gestando un movimiento que merece una mirada microscópica. No asistimos simplemente a un cambio de nombres en una boleta; estamos ante la crisis existencial de una fuerza que, tras haber prometido el paraíso de la modernización, terminó extraviada en el laberinto de sus propias contradicciones y una excesiva dependencia del algoritmo.

Observemos el panorama nacional para entender el síntoma local. Mientras el sistema político creía que el fenómeno de Javier Milei había absorbido definitivamente el voto anti-K, el escenario comenzó a mutar hacia la negatividad y el conflicto permanente. Esa hiperpresencia libertaria ya no solo genera entusiasmo, sino también una profunda fatiga política y saturación. Es en esa grieta de cansancio donde Mauricio Macri intenta reaparecer, ofreciendo los conceptos de experiencia y serenidad frente al ruido permanente.

Este giro tiene su correlato exacto en las calles de Varela. Durante años, el PRO local fue el laboratorio de Pablo Alaniz, quien representaba la estética de la renovación y el manual de la «nueva política». Sin embargo, ese proyecto —audaz en lo comunicacional pero opaco en lo territorial— terminó chocando contra la realidad. El resultado fue una fractura interna que dejó un tendal de militantes con una sensación de abandono y traición, criticando un manejo personalista que privilegió el marketing por sobre la construcción real.

Aquí es donde la figura de Carlos Boco adquiere una relevancia casi arqueológica. Boco no es un producto de laboratorio ni un influencer de campaña. Representa el «PRO orgánico», aquel que sobrevive a las derrotas, conserva la estructura y entiende que en un distrito dominado históricamente por la maquinaria de Julio Pereyra y Andrés Watson, la política se hace con los pies en el territorio y no solo en los servidores de Silicon Valley.

La gran paradoja varelense es que Boco ocupa hoy una soledad política estratégica: es el único edil que no pertenece a la estructura municipal ni al esquema libertario. Se podría convertir, casi por descarte, en el representante de un electorado que no quiere volver al pasado kirchnerista pero que empieza a cansarse de la lógica emocional extrema de la Casa Rosada.

Pero ¿podrá este «dirigente de raza» capitalizar ese vacío para el 2027? El desafío es hercúleo: el PRO debe demostrar que aprendió de la soberbia digital que los desconectó del vecino en la etapa anterior. Boco debe cabalgar sobre un escenario de fatiga social, intentando reconstruir la confianza en una marca política que muchos vecinos asocian hoy con la orfandad y las promesas incumplidas.

En las calles de Varela, donde el barro y las deficiencias de infraestructura son una realidad persistente que el oficialismo maquilla con destreza, la reconstrucción de la credibilidad no pasará por las pantallas. El 2027 será el juicio final para saber si el PRO puede volver a ser una alternativa real o si la herida abierta por el experimento de Alaniz es una marca que el electorado varelense ya no está dispuesto a perdonar

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