Con los botines todavía marcados por la tierra de la Sociedad de Fomento Infico, Alma Gamarra debutó en la AFA vistiendo la azul y oro. La historia de la piba que salía del jardín para ir a entrenar con la mamá y hoy hace latir fuerte al conurbano.

El polvo de Varela y la hora de la merienda
La tarde cae sobre los bordes de Florencio Varela. En esas cuadras donde el asfalto a veces es una promesa suspendida y el polvillo de las calles se asienta sobre los guardapolvos blancos, el tiempo se mide con un segundero distinto. Hay un ritual de infancia que se repite en miles de hogares: la salida del jardín de infantes, la mochila pequeña al hombro, la merienda a medio terminar. Pero para Alma Gamarra, cuando el reloj marcó las cinco de la tarde de sus primeros años, el camino no iba de regreso a la quietud de la casa. El destino estaba en la cancha.
—«Empecé a los 5 años a jugar, salía del jardín y me iba a entrenar con mi mamá.»
La voz de Alma, hoy con once años, rescata esa estampa de infancia como quien cuenta un juego sencillo, desprovisto de la épica que el periodismo deportivo suele sobreimprimir. Sin embargo, en esa rutina mínima se cifra una revolución silenciosa. En los contextos de vulnerabilidad social, donde las infancias habitualmente enfrentan situaciones de violencia estructural, el espacio público y el juego de calle se configuran como las primeras fronteras de resistencia. La sociología del deporte advierte que el carácter dinámico y práctico de las actividades físicas en espacios abiertos permite a los chicos asimilar reglas de convivencia sin sentirlas como una imposición forzosa y exterior.
Para una nena de cinco años en Varela, correr detrás de una pelota no era solo aprender reglas de convivencia: era ensanchar los límites de lo posible.
Su madre, Micaela Medina, recuerda esos comienzos con la respiración entrecortada de quien ha visto la materialización de un imposible. Hace poco tiempo, con el pecho lleno de un orgullo que no cabe en los límites geográficos del conurbano, Micaela resumía la epopeya familiar con pocas palabras que vibraban con la fuerza de la verdad: «Mi hija de 11 años debutó en boca, en AFA,,, somos de Florencio Varela.»
El maestro del Infico y la resistencia del barro
Para que una semilla rompa la tierra dura de la exclusión, necesita un entorno que la cobije. En la geografía sentimental de Alma, ese entorno tiene un nombre propio y un club de barrio: la Sociedad de Fomento Infico. Allí, entre vestuarios que conocen de frío y redes remendadas, la categoría 2015 se convirtió en su trinchera. Y allí apareció la figura de Gabriel Brahim, un entrenador de fútbol infantil que entendió que su rol excedía las pizarras tácticas.
En barrios donde los recursos escasean, la figura del entrenador juega un papel fundamental; no solo desempeñan funciones de enseñanza técnica, sino que operan como educadores y referentes emocionales para los más pequeños. Son quienes enseñan a perder y a ganar, mitigando las hostilidades del entorno y construyendo lazos afectivos esenciales.
Al preguntarle a Alma qué consejo le daría a otros chicos de Florencio Varela que sueñan con las luces de un estadio, sus palabras viajan directamente a ese rincón de Infico:
—«Que luchen por sus sueños, que sigan para adelante y que no se rindan. Aunque yo ya sabía jugar, fue él [Gabriel] que me enseñó técnicas para seguir aprendiendo, mi entrenador de la categoría 2015″
Ese aprendizaje técnico, sin embargo, no venía solo. Es bien sabido por teóricos y apasionados que, el fútbol contemporáneo de las mujeres tiene como principal virtud la «honestidad». Al ser un fútbol más libre de fingir faltas y hacer berrinches, más cordial y familiar, resalta la pura habilidad. Alma ya «sabía jugar», traía el potrero en los empeines, pero en Infico pulió la técnica y, sobre todo, la templanza para no amedrentarse frente a un sistema deportivo que históricamente ha educado de forma diferenciada a varones y mujeres, asociando lo masculino a la competitividad y excluyendo a las chicas de espacios seguros para su desarrollo.
Siete de cuarenta y cinco: la prueba del desierto
El fútbol es una máquina trituradora de ilusiones. El embudo de las divisiones inferiores es tan estrecho que la posibilidad de llegar se parece bastante a un milagro laico. Para Alma, el momento de la verdad llegó en una prueba masiva, de esas donde los ojos de los captadores juzgan en un puñado de minutos el trabajo de años. Cuarenta y cinco nenas corriendo detrás de una misma pelota, buscando la misma mirada, persiguiendo el mismo uniforme azul y oro.
Cualquier otra persona de su edad habría sentido el vértigo del abismo. Pero el hogar de Alma funcionó como una balsa inexpugnable. El apoyo y la implicación familiar son elementos determinantes para la interiorización de valores positivos y la continuidad de las trayectorias infantiles en entornos vulnerables.
—«El apoyo a mi familia fue muy importante y siempre están ahí. Yo siempre fue positiva, sabía que, si no quedaba en Boca iba a probar en otro club.»
En esa respuesta, Alma revela una madurez que asombra. La certeza de que el fútbol no se terminaba en una prueba fallida, la convicción de que el juego seguiría vivo en otro lado si Boca cerraba sus puertas, es el reflejo de una solidez emocional construida puertas adentro. Mientras que en los clubes masculinos la presión por el éxito individual y la mercantilización del deporte a menudo distorsionan el disfrute, Alma Gamarra preservó la esencia lúdica. Entrenaba en su casa, practicaba en el living o en el patio, desprovista de ansiedades o temores.
No bajar los brazos: la primera división en el horizonte
El debut en la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) vistiendo la camiseta de Boca Juniors ya es un hecho consumado. El sueño de la infancia se cumplió, pero para quienes llevan el potrero en el alma, la línea de cal siempre se corre un poco más adelante. La ambición sana de la competencia convive con la lírica de quien juega por el placer puro de sentir la pelota bajo la suela.
Cuando se le pregunta por el futuro, por lo que viene después de haber cruzado ese puente invisible entre Florencio Varela y el club más grande de la Argentina, Alma no duda. Su mirada está fija en la Primera División, pero su mensaje se vuelve colectivo, transformándose en un faro para otras nenas que hoy, tal vez, están saliendo del jardín con ganas de patear una pelota:
—«No baje los brazos nunca, los sueños están para cumplirlos. Les diría que se motiven, que sigan para adelante, que los sueños se cumplen... A mí me queda seguir, hasta llegar a la primera no paro.»
Frente a partidos aburridos que pueden convertirse en la Guerra de Troya si están bien contados, preferimos asumir el fútbol con vocación de rapsoda, reconstruyendo lo sucedido para contarlo de otra manera. La crónica de Alma Gamarra no es la crónica de un triunfo individual en el mercado del fútbol espectáculo. Es el relato de una nena de once años que, sostenida por las manos trabajadoras de su madre Micaela y las enseñanzas de su técnico del barrio, logró que el fútbol femenino en la Argentina sea, verdaderamente, lo más trascendente de la época. Un fútbol de jugadas honestas, de barro compartido y de sueños que, contra todo pronóstico territorial, se terminan cumpliendo.
