sábado, octubre 3

EL DEDO QUE YA NO ALCANZA: LA PELEA POR LA SUCESIÓN QUE SACUDE AL PERONISMO DE VARELA

Durante más de tres décadas, el poder en Florencio Varela se transmitió bajo una lógica de continuidad tutelada: Carpinetti dejó el lugar a Pereyra y, 25 años después, Pereyra ungió a Watson. Pero rumbo a 2027, el mecanismo parece encontrar un límite: la restricción a una nueva candidatura de Watson, la falta de apoyo de Pereyra a Christian Rodríguez, la dispersión de nombres dentro del oficialismo y un malestar que crece en los barrios abren una disputa inédita por la herencia política del distrito. Con el histórico “dedo” enfrentado a sus propios límites, ¿quién terminará decidiendo quién ocupará el sillón municipal en el 2027?

En la ciencia política —como en las crónicas de Tucídides sobre las guerras del Peloponeso— el poder rara vez se presenta como una arquitectura abstracta y visible; pertenece, más bien, a una física de la penumbra, a una coreografía donde las voluntades se toleran en la víspera, se examinan al mediodía y se devoran al caer la noche. Florencio Varela representa la versión más depurada de esta máxima en el subsuelo del Conurbano bonaerense. Considerada durante décadas una verdadera isla de poder y la catedral inexpugnable del Partido Justicialista, la comarca enfrenta hoy un temblor inédito en sus cimientos: la descomposición de la ceremonia del «dedo» y el vaciamiento del rito hereditario.


Arqueología del feudo: la tradición del heredero controlado y la memoria de las urnas

Para calibrar la dimensión de la «crisis» que se avecina rumbo a 2027, es preciso desandar la memoria electoral del distrito. A partir de 1963 —fecha del primer registro digitalizado por la Junta Electoral de la Provincia de Buenos Aires—, la historia del sufragio varelense muestra una continuidad abrumadora: apenas se registran tres elecciones donde la conducción del territorio quedó en manos no peronistas, dos de las cuales correspondieron a experiencias vecinalistas. Más aún: en la postrera elección previa al golpe militar de 1976, el electorado varelense protagonizó una rareza sociológica al registrar una cantidad de votos en blanco superior a los obtenidos por la propia fuerza ganadora. Y desde el retorno de la democracia en 1983, Florencio Varela jamás conoció una gestión municipal que no responda al sello del Partido Justicialista.

En este laboratorio territorial donde el peronismo alcanzó su ápice histórico hace 36 años bajo la lista encabezada por Ana María Derluk, el poder siempre se transmitió mediante el principio de la sucesión dinástica y tutelada. La génesis del modelo moderno se remonta a 1992, cuando el propio Julio César Pereyra accedió a la intendencia al suplantar a su antecesor, Julio Alberto Carpinetti. Carpinetti, quien ejercía el liderazgo comunal, dejó el sillón municipal tras ser convocado para presidir el Ente del Conurbano. Fue entonces cuando Pereyra —quien revistaba como primer concejal e intendente interino desde 1991— asumió formalmente la titularidad del Ejecutivo en mayo de 1992, inaugurando una era de un cuarto de siglo (1992-2017) al frente del municipio.

Un cuarto de siglo después, en 2017, la historia repitió su propia partitura. Al dar el salto hacia la Legislatura provincia, Pereyra entronizó a su entonces secretario de Gobierno, Andrés Watson, bajo la misma figura del interinato institucional que luego se revalidó en las urnas en 2019 y 2023. Aquella maniobra garantizaba la continuidad perfecta: el jefe saliente conservaba el noventa por ciento del Consejo de Partido, la titularidad del bloque de concejales y el control del aparato de base, mientras el nuevo intendente ejercía la administración delegada de la casa. El dispositivo funcionaba porque la lealtad de la tropa y de los pretorianos locales se cerraba herméticamente antes de que los vecinos concurrieran a las urnas.

De hecho, en más de tres décadas de hegemonía, el peronismo conducido por Julio Pereyra sólo conoció una derrota puntual en los comicios legislativos de 2013. Y aquel sismo no fue provocado por una irrupción externa, sino por un cisma doméstico: el único dirigente capaz de imponerse a la boleta oficialista fue Dardo Ottonello al frente del Frente Renovador, un excompañero de lista del propio Pereyra que conocía los pliegues del territorio como nadie.


La anomalía del «dedo» vacante: el choque entre el Plan A y el Plan B

Rumbo a 2027, el sistema tradicional enfrenta una anomalía que altera toda la geometría del distrito: la imposibilidad de repetir la entronización tutelada.

Al encontrarse alcanzado por el cerrojo de la Ley 14.836 —la norma sancionada en 2016 bajo la gobernación de María Eugenia Vidal y el impulso del massismo que limita las reelecciones a dos mandatos consecutivos—, Andrés Watson habita un laberinto institucional. Su «Plan A» consiste en aguardar una salvación legislativa o judicial en La Plata antes de que concluya el año. Sin embargo, la rosca en la capital provincial se ha transformado en un juego de suma cero. En las mesas donde el senador Sergio Berni ofrece asados de articulación con la oposición, La Cámpora y el kirchnerismo han dejado en claro su condición: no habrá luz verde para habilitar la reelección de los intendentes si el acuerdo no incluye el reparto en paquete de las cuatro sillas vacantes en la Suprema Corte de Justicia de la Provincia. Mientras el máximo tribunal funcione de manera «renga» con solo tres integrantes presididos por Sergio Torres, los jueces no moverán un dedo para resolver los planteos de inconstitucionalidad. En paralelo, Sebastián Pareja desde La Libertad Avanza y el propio espacio de Sergio Massa ratifican su veto firme a modificar las reglas.

Es en el «Plan B» donde estalla la mamushka política varelense. Según los rumores de pasillo, ante la perspectiva de quedar inhabilitado, Watson pretendería ejercer el derecho de consagrar a su propio heredero y bendecir a su mano derecha, el secretario General de Gestión Pública Christian Rodríguez. Pero el intendente saliente descubre que no posee la exclusividad del «dedo». La sola mención de Rodríguez habría desencadenado la negativa de Julio Pereyra, quien habría advirtido a sus colaboradores que, si el Ejecutivo comunal insiste con esa postulación, la estructura del PJ local enfrentaría al intendente en una contienda interna abierta.


La dispersión de las tribus y la parálisis del aparato

Sin una bendición unánime ni un tutor indiscutido, la tropa oficialista se encuentra inmersa en un mar de incertidumbre y fuegos artificiales retóricos:

  • La nómina del Ejecutivo: Junto a Christian Rodríguez, el entorno del intendente haría circular -en lo que pareciera ser un teatro de radio pasillo- las figuras de la concejala Sandra Jiménez (Hacienda), Andrea Padial (Coordinación Técnico-Jurídica generales y con gran participación en cuestiones de género y diversidad) y Ricardo «Tata» De la Fuente (Industria), nombres de estricta lealtad palaciega pero con escasa densidad de armado territorial.
  • El menú orgánico del PJ local: En el sector conducido por Pereyra -que no escapa al hospital donde los cirujanos se operan entre sí- la lista de aspirantes ostenta mayor musculatura. Como se pudo ver a lo largo de las 11 sesiones de Concejo Deliberante, despuntan su carácter de candidateables Darío D’Aquino (conducción del bloque y del gremio municipal) y la especialista en gestión ambiental Beatriz Domingorena, los escolta la histórica vocera discursiva Laura Ravagni, y se asoma el presidente del Concejo Deliberante, Gustavo Rearte… Aunque fuera del recinto, también se atisba la heredera Macarena Kunkel.
  • El factor retorno y la vía académica: Si la disputa interna amenazara con fisurar el territorio, no se descarta que el propio Julio Pereyra encabece la boleta en 2027 para garantizar la cohesión del aparato. Mas, en el tablero de las alternativas, la figura del rector de la UNAJ, Arnaldo Medina, encarna un vínculo de fina orfebrería con el patriarca territorial: Medina es una pieza clave en el entramado intelectual de Pereyra como integrante del equipo de FINDEL (la Fundación Internacional para el Desarrollo Local creada por el exintendente) y cuenta con el respaldo directo del jefe del PJ local frente a la desconfianza del resto del aparato. Sin embargo, esa misma postulación despierta profundos recelos en la tropa orgánica debido a la autonomía de vuelo que el médico demuestra en el manejo del ecosistema universitario. A ese celo de la burocracia partidaria se le suma un desgaste prematuro: la opción de Medina viene perdiendo vigor tras haber quedado debilitada por conflictos gremial interno en la universidad y por su modesto entusiasmo personal para someterse al desgaste cotidiano de la política de trinchera barrial.

El malestar de la intemperie y el juicio de la oposición

Mientras las cúpulas litigan por la herencia, en las arterias de barrios periféricos como Villa Hudson, Los Tronquitos o La Sirena se profundiza el malestar subterráneo. Los vecinos padecen la intemperie de la infraestructura: la incertidumbre en el servicio de colectivos de la Línea 148, los apagones eléctricos, la falta de asfalto y el temor al avance del narcotráfico.

En las paredes del distrito, la cartelería oficial funciona como un palimpsesto: la gestión municipal que exhibe Watson aparece metódicamente «tapeada» e intervenida por las pegatinas provinciales de «AXEL 2027 / El camino es con vos». La escena del afiche intervenido resume la tensión entre la autonomía golpeada del intendente y el avance de la superestructura bonaerense.

Desde el arco opositor, las miradas convergen en denunciar la fatiga del modelo:

  • Jorge Pérez (Potencia / Destino Varela) sintetiza el dilema afirmando que el distrito oscila entre «la decadencia del oficialismo versus el oportunismo y la improvisación de la oposición», con un poder que se sigue digitando «entre bambalinas».
  • Gabriela Lasso (MID) cuestiona el abuso del marketing digital e insiste en que «la alternancia es saludable» para evitar que las estructuras políticas permanezcan indefinidamente.
  • Miriam Romero (UCR) sentencia que «Watson mantiene su liderazgo con poco» y llama a la dirigencia a bajar de los pedestales para caminar junto al «pueblo de a pie».
  • Favio Boleo (FIT-U) advierte sobre la complicidad de los partidos tradicionales cuyas dirigencias conviven en la comodidad de barrios cerrados, ajenas a los padecimientos de la clase trabajadora.

La metamorfosis del poder en el conurbano

Lo que la encrucijada de Florencio Varela anticipa respecto del futuro del sistema de partidos es una lección de física política. Demuestra que las maquinarias territoriales más inexpugnables del conurbano ya no pueden resolver la transmisión del mando mediante una simple ceremonia doméstica o la imposición de un heredero tutelado. Cuando la ley interrumpe la perpetuidad de un intendente y el patriarca fundador veta la voluntad del saliente —en un distrito donde el propio Pereyra construyó su imperio suplantando a Carpinetti hace más de tres décadas—, la «catedral peronista» descubre que el poder deja de ser una herencia privada para convertirse en una contienda abierta e incierta en medio de un mar embravecido.

¿Y si el verdadero problema de la catedral no fuera quién hereda el poder, sino cuánto tiempo más una comarca puede aceptar que unos pocos decidan quién puede gobernarla?

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