viernes, septiembre 4

El teatro de la siesta: liturgia, rosca y parálisis táctica en el Conurbano profundo

En Florencio Varela, el poder municipal se ejerce como un refinado arte de la prestidigitación. Mientras el territorio cruje bajo el peso de la intemperie social, el recinto del Concejo Deliberante ofrece un refugio climatizado de sábanas legislativas y formalidades ensayadas; un escenario donde el oficialismo peronista prefiere la quietud de la vigilia antes que el riesgo de la intemperie.

El techo y las paredes del recinto bloquean la lluvia de la mañana varelense. Es el 3 de septiembre de 2026 y, siendo las 9:34, los murmullos habituales de la antesala parlamentaria se ordenan bajo el rigor del quórum. Hay veintidós concejales en sus bancas. El escenario parece inalterable, casi eterno: la liturgia del expediente, el tintineo de los vasos de agua, el ordenamiento burocrático de las pasiones locales bajo el rótulo de los asuntos entrados. Para el analista que se corre de la comodidad, sin embargo, el detalle relevante no reside en la densidad de los proyectos ingresados, sino en el cuidadoso coreografiado de los silencios.

Aquí, en la tercera sección electoral, el peronismo ha desarrollado un refinado instinto de conservación. No se trata de ineficiencia; se trata de una quietud táctica. Como en todo teatro conurbano, la verdadera obra se escribe antes, en el purgatorio de la «labor parlamentaria». Allí se liman las asperezas y se pacta la paz que luego se exhibirá en el recinto como un hecho natural. Cuando el concejal Carlos Boco, del bloque unipersonal PRO, toma la palabra para proponer una reforma a la ordenanza de nocturnidad que regule los espacios de «usos mixtos», lo hace aclarando explícitamente que el proyecto «no está en tratamiento» y que «fue lo acordado en labor parlamentaria».

El jefe de la bancada oficialista, Dario D’aquino, recoge el guante con una sonrisa condescendiente. Dice que «lo que abunda no daña» y propone, casi como un juego de salón, derivar la propuesta también a la comisión de ambiente. El expediente sigue su curso administrativo hacia el letargo de las comisiones. La escena es reveladora: la oposición propone una idea simple para acompañar a los comerciantes, el peronismo asiente con paternalismo burocrático, y el debate de fondo —la regulación real de la noche, las habilitaciones, la economía informal del distrito… lo no cómodo de indagar y blanquear— queda suspendido en un limbo procedimental. El consenso funciona aquí como un anestésico: se acompaña el proyecto para no debatir el territorio.


La gastronomía de la elusión y la rosca previsional

La quietud táctica encuentra su mayor deconstrucción en el arte de la traslación. Cuando el conflicto social escala y amenaza la tranquilidad del municipio, la estrategia del oficialismo consiste en elevar la mirada: nacionalizar la discusión para no tener que explicar la gestión local o la provincial.

La presencia en las galerías de algunos militantes de gremio docente le otorga al recinto una atmósfera de asamblea que se ilusiona con ser de resistencia. Vienen a respaldar un proyecto de resolución en enérgico rechazo a cualquier intento de reforma o «armonización» de las cajas previsionales bonaerenses por parte del gobierno nacional. Es el escenario ideal para que Dario D’aquino despliegue su retórica más sofisticada. Con la soltura de quien domina las fibras de la rosca conurbana, D’aquino recurre a una metáfora culinaria para desarmar los eufemismos de la macro-política:

«A mí cuando hacen esas palabras que buscan palabras rebuscadas como en este caso armonización me hacen acordar a los programas de cocina que te ponen una bolita de carne con dos yuyos arriba y te dicen esfera de carne con finas hierbas y es una albóndiga con un cacho de perejil».

La humorada arranca sonrisas y cohesiona a la tropa gremial. Sin embargo, detrás de la brillante analogía de la «albóndiga gourmet» se esconde una notable elusión estructural. El discurso de Dario D’aquino se concentra en el lobo que podría entrar en el gallinero, en las intentonas del gobierno nacional o los fantasmas del pasado macrista. Pero calla sobre el presente inmediato. Calla sobre el hecho de que la semana anterior, miles de docentes bonaerenses convocados por la Lista Multicolor de Suteba marcharon a La Plata y paralizaron las escuelas provinciales precisamente contra el desfinanciamiento educativo, la infraestructura escolar en ruinas y los descuentos compulsivos que la administración de Axel Kicillof aplica a quienes ejercen el derecho a huelga.

El microcosmos del Concejo funciona así como un juego de espejos distorsionados. El oficialismo local abraza a las conducciones sindicales alineadas (la Celeste-violeta de Suteba) en su ruego preventivo contra la Nación, mientras en el asfalto real del territorio la docencia combativa denuncia que el gobernador no es un «escudo» sino un administrador del ajuste. Cuando el concejal libertario Javier Serra interrumpe la modorra discursiva para recordar, con quirúrgica frialdad, que «hoy la solución no está acá en el recinto sino que la solución la tiene el gobernador de la provincia de Buenos Aires», D’aquino opera un repliegue táctico inmediato. Evita la confrontación, acorta los tiempos y clausura la discusión: «Para no abundar… entiendo que hay que poner en votación el proyecto». El debate real ha durado apenas un suspiro; la rosca procedimental ha vuelto a ganar la partida.


El taekwondo de la iniciativa perdida y la farsa del vacío

Quizás el síntoma más agudo de este peronismo en estado de vigilia sea su pérdida de iniciativa política, compensada únicamente por su capacidad de asimilar las banderas de otros.

La tregua escénica se consuma en el aplauso. Ocurre durante el homenaje a Ludmila Guisasola, la joven taekwondista local que regresó de su gira por Asia con tres medallas de oro colgadas al cuello. El reconocimiento, sin embargo, revela una sutil derrota táctica para el oficialismo: fue el opositor Carlos Boco quien se anticipó a redactar el beneplácito con una velocidad que la burocracia municipal rara vez emula. En el juego de cortesías del recinto, la propia presidencia del cuerpo debe concederle a Boco el título de ser «el gran madrugador de la jornada». Hay fotos, sonrisas y una placa que brilla bajo los tubos fluorescentes. Pero detrás del destello de los metales, la épica de la autogestión deportiva desnuda una intemperie previa: para poder viajar, la atleta debió apelar al patrocinio personal y al bolsillo particular de concejales y comerciantes locales. El «Estado presente» asoma aquí como un espectador tardío que se apropia de la gloria ajena una vez que el cuadrilátero ya fue conquistado.


El ruego digital frente al desierto protector

Bajo la luz templada, la concejala oficialista Anabela Burgos alzó la voz para defender -de nadie- el Expediente 29.798/26, un proyecto de resolución que solicita a las multinacionales de telefonía móvil la gratuidad de datos para el sistema de botón antipánico Alerta Tel. Burgos moduló su discurso en una clave celebratoria, catalogando esta simple e impotente petición administrativa como una «conquista» destinada a «fortalecer la política pública» de género en un contexto de crisis socioeconómica. Sin embargo, la pretensión de erigir un ruego informal a corporaciones privadas como un hito de protección estatal devela una alarmante claudicación técnica: ante la renuncia histórica de estructurar una Secretaría de Género con presupuesto propio y rango institucional en Florencio Varela, el oficialismo municipal legisla la fe en la conectividad. Al reducir la seguridad de las mujeres más vulnerables a la señal de un teléfono y a la concesión de megabytes de las prestatarias telefónicas, el discurso de la gestión elude su responsabilidad primaria y maquilla de avance tecnológico la retirada material de su propio Estado local.

Esta lírica del voluntarismo digital naufraga de manera dramática frente al sedimento histórico y territorial de un distrito que este mes conmemora el quinto aniversario de la condena al expresidente de este Honorable Concejo Deliberante, Daniel Zisuela, por facilitación y promoción de la prostitución y corrupción de menores, y el primer aniversario del triple narco-femicidio que conmovió a Florencio Varela y todo el país. Mientras Burgos manifiesta «alegría» y «placer» en el recinto por su declaración de megabytes, la Comisión de Género y Diversidad del Concejo arrastra meses de silencio. Esta parálisis legislativa y el fetiche de las soluciones virtuales terminan naufragando ante la dura realidad de un territorio donde el letargo de las comisiones y las medidas de protección escritas resultan totalmente impotentes si no están respaldadas por recursos materiales, presupuesto real y un control operativo eficaz en las calles


La meteorología de la resignación

Este «hacer la plancha» no es el fruto de la pereza individual de sus actores; es la fisonomía de una época. El peronismo de Florencio Varela opera hoy como un aparato defensivo que espera que pase el temblor de la macro-política nacional. Es una fuerza que conserva su hegemonía territorial mediante la burocratización del conflicto social.

Incluso la naturaleza es leída en clave procedimental. Al convalidar la prórroga de la Emergencia Climática ante la inminencia de lluvias copiosas y la corriente de «El Niño», la concejala Beatriz Domingo Arena destaca la existencia de «meteovarela» como canal de información oficial. No obstante, ella misma debe reconocer en el recinto la «no permeabilidad del suelo» varelense y la desastrosa situación de desfinanciamiento que sufren los bomberos locales. Frente al agua que se avecina sobre las cuencas y arroyos desatendidos del distrito, el peronismo ofrece un decreto administrativo y una aplicación móvil para monitorear el desastre desde el teléfono.

El «Estado presente» se ha convertido así en un significante seco, una letanía que los concejales repiten casi por inercia ritual para encubrir la retirada de los recursos materiales del territorio.


El precio de la inmovilidad

El poder en el Conurbano se asienta sobre la administración del status quo y el control de daños. Cuando la política abandona su vocación transformadora y se recluye en el esteticismo del procedimiento, la representación se desvanece.

En la novena sesión ordinaria de Florencio Varela, el oficialismo logró su objetivo primordial: transitar la jornada sin sobresaltos. Se archivaron expedientes de seguridad y obras públicas sin mediar palabra, se convalidaron decretos cerrados, se cedió la cortesía del homenaje deportivo para evitar rispideces, y se canalizó la bronca sindical hacia un enemigo nacional que pintaron de lejano y abstracto.

Cuando el peronismo de gestión confunde gobernar con administrar la siesta de sus instituciones, el movimiento peronista se vuelve esta quietud: adentro, veintidós bancas que no parecen distinguir diferencias, expedientes que avanzan hacia ninguna parte, homenajes que llegan después de la hazaña, megabytes disfrazados de política pública y silencios cuidadosamente ordenados bajo la liturgia del recinto. Afuera, la ciudad sigue mojándose los pies en los pozos de las calles que no drenan y se tapan de barro; se empapa mientras espera un colectivo que cambió de recorrido para que la empresa tenga más ganancias; sostiene una escuela que se cae, acompaña a una mujer que busca protección o junta monedas para que un deportista pueda cruzar el mundo y, paradójicamente, representarla. El poder, entonces, ya no parece correr detrás de los problemas: aprendió a dejarlos pasar. Como si Florencio Varela fuera una estación y gobernar consistiera, simplemente, en esperar el próximo tren. El problema es que hay dolores que no tienen horario, ni expediente, ni comisión a la que puedan ser derivados… Y, el próximo tren que algunos insisten con esperar no es ni El Roca, siguen prometiendo el provincial.

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