El docente y referente de la izquierda local Favio Boleo recorre los principales conflictos que atraviesan a Florencio Varela: la crisis del transporte, los salarios que no alcanzan, la inseguridad y el avance del narcotráfico, los countries, las reelecciones y el poder político. Una mirada crítica sobre el municipio, Kicillof y Milei, y una pregunta de fondo: ¿quién representa hoy a los vecinos que sostienen la vida cotidiana en Varela?

En Florencio Varela el tiempo parece medirse en la espera. Se espera el colectivo de la línea 148 que a veces no viene por conflictos de despidos, se espera que vuelva la luz tras un apagón interminable en las barriadas obreras, o se espera, con el cuerpo tenso y el paso apurado, volver seguro a casa en medio de calles donde el narcotráfico opera con impunidad y se cobra vidas en los barrios. Favio Boleo conoce esa espera porque la camina todos los días. No habla desde el vidrio templado de un despacho municipal ni detrás del blindaje de una pantalla de televisión. Habla con la voz cansada pero firme de quien pasa el día frente a grupos de adolescentes, alterna la mirada hacia algún pizarrón de escuela pública y luego regresa a su casa sintiendo las mismas carencias que sus vecinos. Docente de Florencio Varela, referente de la izquierda local y excandidato a concejal por el Frente de Izquierda Unidad (FIT-U), Boleo encarna la paradoja de hacer política en el corazón de un conurbano que acumula cuarenta y tres años de gestión peronista en el municipio y hoy sufre los brutales embates de tres años de administración libertaria a nivel nacional.
El escenario que describe Boleo es el de un sismo social cuyas réplicas destruyen el tejido de la vida cotidiana: entrega de recursos nacionales, cierres de comercios, despidos y tarifas que asfixian a las familias de Florencio Varela. Su diagnóstico macroeconómico es lapidario: «un agravamiento de una deuda externa que vivimos pagando y moriremos debiendo». Sin embargo, en el territorio, esa abstracción financiera toma formas muy concretas: escuelas y hospitales públicos desfinanciados, transporte deficiente y la desarticulación de toda fuente de ayuda social mientras las grandes empresas pagan cada vez menos impuestos.
La motosierra silenciosa y la rosca de los countries
Boleo desmonta con precisión el relato de la polarización mediática y señala una complicidad subterránea. Detrás de los discursos encendidos de la oposición oficialista se esconde una geografía común: «dirigentes de los partidos tradicionales que se dicen opositores viven en barrios privados como los del oficialismo». Él pinta el escenario de manera precisa: desde esa distancia física y social, simulan pelearse ante las cámaras de televisión, pero a la hora de la verdad votan juntos leyes que perjudican al pueblo o garantizan con su silencio los negociados locales de loteos ilegales y la recolección de residuos de las empresas amigas de los dirigentes políticos.
Favio habla de treguas que no son solo nacionales; también se ejecutan en la gobernación bonaerense. Boleo apunta directamente contra la gestión de Axel Kicillof por aplicar lo que define como una «motosierra silenciosa». Mientras el gobernador se niega a imponer un impuesto a las grandes fortunas en la provincia más rica del país, ajusta los salarios de estatales, docentes, municipales, judiciales y profesionales de la salud por detrás de la inflación. Esto, según él, obliga a las bases a organizarse de manera independiente a través de la Multicolor en Suteba o la Pluricolor en Cicop, frente a conducciones gremiales cómplices del gobernador.
En el plano local, afirma que, la política de Florencio Varela se revela como una disputa de herencias y cargos familiares, ajena a los problemas de los vecinos. La sucesión municipal hasta llegar al actual intendente Andrés Watson es el ejemplo que Boleo utiliza para ilustrar la decadencia de los liderazgos feudales. «La reelección indefinida es otra vuelta de tuerca de los barones y punteros del conurbano», explica. Para él, esta mecánica no responde a diferencias de proyectos de país o de gestión, sino al mero afán de retener los cargos y evitar que algún aliado interno les dispute el territorio, tal como ocurrió en el traspaso entre Pereyra y Watson o antes, Carpinetti y Pereyra.
Vecinos que hacen política: el cuerpo sobre las consignas
Frente a la política entendida como una carrera de privilegios y atornillamiento a los cargos, el docnete explica que, la izquierda busca redefinir la representación desde la llanura de la clase trabajadora. «No somos políticos haciendo política hacia los vecinos, sino somos vecinos trabajadores y estudiantes haciendo política», sostiene Boleo, marcando una distancia ética fundamental con lo que denomina «la verdadera casta», integrada por los grandes empresarios y sus políticos títeres.
Esta concepción de la militancia se sostiene, según cuenta, en una premisa de coherencia material: sus legisladores perciben un salario equivalente al de un director de escuela y, por estatuto, rotan obligatoriamente en sus bancas parlamentarias entre las cuatro fuerzas del FIT-U para regresar, al finalizar sus mandatos, a sus puestos de trabajo habituales. Es el caso, con fuerte impacto mediático, de la diputada nacional de Izquierda Socialista Mónica Schlotthauer, delegada ferroviaria que volvió a su tarea de limpieza en la estación de Once tras dejar su banca legislativa.
Para Boleo, esta coherencia es lo que les permite sostener «con el cuerpo» lo que dicen «con el pico». Al no recibir financiamiento de empresas privadas para sus campañas políticas, el FIT-U depende exclusivamente de los aportes voluntarios de sus militantes, obreros y estudiantes. Eso les otorga la libertad de no deber favores y estar presentes en cada conflicto fabril, en las manifestaciones de los colectiveros de la línea 148, o acompañando cada miércoles la persistente movilización de los jubilados.
La urgencia del presente y el Teatro de Banfield
La alternativa de la izquierda, comparte el excandidato varlense, no pasa por el quietismo de esperar las urnas que se abrirán el año próximo. Boleo rechaza de plano la agenda de los partidos patronales, concentrada en alianzas electorales y candidaturas prematuras. Las demandas populares de Florencio Varela exigen soluciones inmediatas: un salario que permita llegar a fin de mes, escuelas y hospitales dignos, el fin de la impunidad narco, el freno a los femicidios y medidas urgentes para clausurar las tosqueras clandestinas donde cada verano mueren niños desatendidos por el abandono estatal.
«La gente vota, pero lo hace sin muchas expectativas en el proyecto peronista o libertario», analiza el docente. Por eso, afirma que el camino de salida no es la resignación, sino la movilización popular y la organización obrera para imponer una agenda de los de abajo. Boleo rescata los ejemplos recientes de resistencia que demostraron que es posible doblegar los planes de ajuste: la huelga victoriosa de los trabajadores del Hospital Garrahan por mayor presupuesto, el retiro forzado de la ley de extranjerización de tierras gracias a la movilización popular, o el conflicto local de los choferes de la línea 148 contra el cierre y los despidos.
La batalla es dura, y Boleo no esquiva los debates internos dentro de su propia coalición. Cuestiona como un «error que nos lleva a la división» la política de los compañeros del PTS de convocar a comités exclusivos por la figura de Myriam Bregman sin incluir al resto de las fuerzas del FIT-U, en un momento donde figuras como Bregman o Rubén «Pollo» Sobrero posicionan a la izquierda como tercera fuerza nacional. En un escenario tan delicado, la prioridad es forjar la mayor unidad de acción posible. Con esa urgencia en mente, Izquierda Socialista y el Partido Obrero organizan comités abiertos de debate y lucha común. El punto de encuentro de esta resistencia está fijado para el próximo viernes 28 de agosto a las 18 horas, en el Teatro Monociclo de Banfield (Avenida Yrigoyen 6944). Allí, el debate quedará abierto para los trabajadores desilusionados que busquen organizar una alternativa propia frente al ajuste.
Con el sol cayendo sobre las calles de Florencio Varela, la voz del docente resuena como un llamado que desborda las aulas. La propuesta final prescinde de intermediarios corporativos y apunta al autogobierno de las mayorías: «¡Los políticos patronales son una vergüenza! Llegó la hora que gobernemos quienes nunca gobernamos, las y los trabajadores con la izquierda».
