A los cuatro años, en los pagos varelenses, un guante prestado y un número pintado a mano inauguraron un destino. Hoy, desde el arco xeneize, Ámbar Castro vuela alto sin olvidar la tierra de barro y hockey social donde aprendió a resistir y de la que hoy es, por derecho propio, un emblema indiscutido de identidad y superación comunitaria.

El frío de la mañana en Florencio Varela cala hondo, pero en las canchas del Polideportivo La Patriada hay un calor que se enciende con el roce de los palos sobre la superficie. Es un territorio de persistencia, un rincón del Conurbano sur donde el deporte social no es solo recreación, sino un refugio de la comunidad, un tejido de voluntades que sostiene los sueños de los pibes frente a las adversidades del mapa social. En este mismo asfalto y pasto, una pequeña niña de apenas cuatro años comenzó a construir su propia muralla. Allí nació la historia local de una arquera que hoy custodia el arco de Boca Juniors, pero que los domingos vuelve siempre a su primer amor, a la liga de hockey social de su barrio. Ámbar Castro es, ante todo, un orgullo de su tierra.
Para entender el vuelo de Ámbar, hay que volver a los comienzos, a las profesoras que vieron en sus ojos la chispa de la audacia en el polideportivo municipal. Ella misma recuerda con precisión aquel primer impulso:
«Empecé a ir a hockey en el Polideportivo La Patriada en el turno mañana, y al poco tiempo me pasaron al selectivo para participar en el torneo metropolitano para la Municipalidad de Florencio Varela en la categoría décima. La profe Noelia Aquino fue quien me dio el primer empujón enseñándome a agarrar el palo, y la profe Camila Morínigo fue quien me regaló mi primer guante y me puso el número 22 en mi camiseta».
Ese número 22 no era solo una marca en la espalda, sino el inicio de una vocación indomable. Con el tiempo, el talento cruzó las fronteras del partido. A fines de 2024, una prueba de arqueras en Boca Hockey se transformó en la llave para abrir un universo nuevo. Cuando quedó seleccionada, la conmoción fue total; una mezcla de asombro y confirmación de que el esfuerzo silencioso tenía sentido. Ámbar describe ese instante crucial con la vibración de quien ve un horizonte abrirse de golpe:
«Una sensación que me hacía explotar de felicidad y orgullo. Deseaba con el corazón llegar ahí».
Desde 2025, Ámbar es la arquera titular en Boca Hockey, defendiendo los arcos en las categorías sexta y quinta. Pero ingresar a un club de esa magnitud no diluye su cotidianidad ni la distancia de sus raíces varelenses. Su rutina semanal es un mapa detallado de disciplina, viajes y afectos compartidos que sostiene con el rigor de una atleta de élite y la frescura de su juventud:
«Voy al colegio al turno mañana. Lunes, martes y jueves por la tarde entreno en Boca y juego los sábados. Y los miércoles por la tarde entreno en el Club San Martín, donde juego en la liga de hockey social los días domingos para Florencio Varela. Viernes descanso y me junto con amigos a pasar un buen rato. En los dos clubes donde juego disfruto de grandes amistades».
En esa coreografía semanal de entrenamientos y partidos, el pilar fundamental que sostiene el andamiaje es su entorno más íntimo. Melo Peralta, su madre, es quien vigila sus pasos con orgullo y tenacidad. El hockey de alto rendimiento exige un sacrificio familiar invisible, un entramado de costo de pasaje, madrugadas y esperas al borde de la cancha que Ámbar reconoce con infinita gratitud:
«Mi mamá ocupa un lugar enorme porque es la que me lleva, trae a los partidos y a los entrenamientos. Es una parte importante para mí, como jugadora. Y mi familia también porque es la que siempre está ahí, siempre me está apoyando. Cada vez que llego a casa después de un entrenamiento, de jugar, me preguntan cómo me fue, cómo me siento y todo eso. Y siempre están ahí».
Hay una mística particular en el puesto del arquero, una soledad habitada por el viento y el zumbido de la bocha que se aproxima a velocidades temibles. Abajo de los tres palos, el tiempo corre de otra manera. Para Ámbar, vestir la indumentaria de Boca es un honor que asume con absoluta conciencia de lo recorrido:
«Lo que pasa por mi cabeza es lo fascinante que es pertenecer a esos colores y lo hermoso que es sentirla. Y todo lo que me costó poder llegar ahí. Lo que más disfruto de ese rol es estar abajo de los tres palos, es algo que una arquera solamente entendería».
Esa preparación no es solo física; es un ritual interno, una conversación silenciosa consigo misma que ocurre mientras se ajustan los pads, las pecheras y el casco protector antes de salir a batallar:
«Cuando me estoy poniendo el equipo ya voy diciéndome que tengo que estar segura conmigo misma, y cuando viene la bocha tengo que pensar en pararme bien, en tener que calentar bien antes del partido para estar preparada física y mentalmente».
Ámbar tiene la mirada puesta en el futuro. Sus referentes no son figuras lejanas, sino espejos donde mirarse y entrenadoras directas que le transmiten el secreto de la excelencia:
«Sí, tengo como gran referente a Belén Succi y Mariela Antoniska -mi entrenadora actualmente-, que fueron Leonas arqueras, por ellas elegí ser arquera. Y como jugadora admiro a Leiza Fuentes, Micaela Peralta -mi entrenadora en San Martín- y a Eugenia Trinchinetti -actual Leona-«.
Frente a las preguntas de quienes la rodean, la joven guardiana mantiene los pies sobre la tierra, asumiendo su presente con asombro y humildad:
«Se siente bien por todo el esfuerzo que hice para llegar y les aconsejo a las chicas que recién empiezan que nunca se rindan y persigan sus sueños, que todo llega. Los tiempos de Dios son perfectos».
El gran norte de su brújula, sin embargo, apunta a lo más alto. El sueño de la camiseta nacional, la ilusión de ser una Leona, se renueva en cada gota de sudor sobre la cancha:
«Ese gran sueño que me fortalece cada entrenamiento es poder llegar a ser buena Leona, poder llegar ahí. Yo desde que soy chiquita y la primera vez que las vi dije: ‘¡Wow, quiero ser como ellas, quiero ser como Belén Succi!’. Es un sueño que siempre tuve desde chiquita y voy a intentar lograrlo. Estoy en todo el esfuerzo que doy para poder llegar ahí y espero que Dios me cumpla ese sueño».
Y reafirma esa convicción con una promesa grabada en el alma:
«Mi gran sueño siempre será ser una Leona, llegar ahí y poder representar a mi país. Desde chiquita que lo digo, que quiero ser como Belén Succi, desde que la empecé a ver dije: ‘Quiero ser como ellas, quiero llegar ahí’, y eso es lo que me fortalece tanto en cada entrenamiento, siempre lo pienso, siempre lo voy a decir y tengo pensado llegar ahí, y siempre le pido a Dios eso, poder llegar».
En las calles de Florencio Varela, la historia de Ámbar se cuenta de vecino en vecino. Ella no es solo una arquera que defiende los colores de un club grande; es un faro para las pibas del barrio que la ven entrenar los miércoles en San Martín y jugar los domingos en la liga social. Es la prueba viviente de que el punto de partida no determina el destino, sino que le otorga una fuerza singular. Con cada atajada, con cada indicación a su defensa, Ámbar está abriendo la cancha para quienes vendrán después:
«Siento que estamos abriendo el camino a nuevas generaciones de pequeñas arqueritas valientes y seguras de sí mismas».
Al final, cuando cae la tarde sobre La Patriada y el eco de los palos se apaga, queda flotando en el aire del barrio una certeza colectiva. El arco no es solo un espacio físico de –algo así como- tres metros por dos; es el lugar donde se atajan los miedos y se proyectan los anhelos de toda una comunidad que se reconoce en la templanza de su guardiana. Ámbar Castro vuela alto, sí, pero sus raíces siguen bien aferradas al suelo varelense que la vio nacer y que hoy, con orgullo, la acompaña en cada paso de su viaje.
