sábado, abril 4

El eco de las bancas: cuando la palabra juvenil habita el recinto

Con el inicio de un nuevo ciclo de “Concejales por un día”, escuelas de Florencio Varela transforman el Honorable Concejo Deliberante en un laboratorio de ciudadanía. Entre el peso de la memoria local y la urgencia del presente, las y los jóvenes demuestran que la democracia no es un concepto de manual, sino un músculo que se entrena poniendo el cuerpo.

Archivo HCD: Cierre del programa 2025

Afuera, el ritmo de Varela no da tregua. El murmullo del Cruce Varela se mezcla con el frenado de los colectivos y el aroma de comidas rápidas que cada vez más pequeños comercios de las cercanías de la terminal ofrecen. Pero adentro, tras las puertas del Honorable Concejo Deliberante, el aire tiene otra densidad. No es el silencio de la indiferencia, sino la vibración contenida de quienes están a punto de ocupar, por primera vez, el lugar donde se discute el destino del barrio.

Este nuevo ciclo de «Concejales por un día» convoca a secundarias de gestión estatal y privada. Es un crisol de uniformes y ropa para la ocasión que borra, por unas horas, las fronteras de la segmentación social para hacer escuchar voces que, como destaca el presidente del Honorable Concejo Deliberante -Gustavo Rearte-, son «únicas e irrepetibles». Bajo la formalidad institucional, late algo más profundo: el derecho a la palabra en un mundo que suele pedirles silencio.

La política como territorio de lo posible

Desde su aprobación en agosto de 2022, este programa se consolidó como una experiencia de democracia situada. No es la teoría abstracta de un libro; es el roce de los dedos con la madera de la banca, es el trabajo en comisiones y la negociación real para que un proyecto propio logre el consenso de los pares.

Las redes sociales del HCD documentan cada sesión, dándole a la jornada una visibilidad que legitima la iniciativa. Sin embargo, el desafío persiste: aunque falta un registro único histórico y público que indique cuántas propuestas juveniles fueron tomadas en cuenta por los adultos para transformarlas en políticas concretas, el valor pedagógico es indiscutible. En un contexto de desconfianza generalizada hacia las instituciones, que un pibe de la periferia o una piba del centro se siente en esa banca es un acto de renovación política desde las bases.

Memoria en las veredas, futuro en los escaños

Escribir sobre participación juvenil en Varela exige mirar hacia atrás. En este suelo, la memoria no es una abstracción, tiene nombres y esquinas. Mientras los estudiantes debaten sobre salud o medio ambiente, el fantasma del negacionismo intenta erosionar los consensos básicos de nuestra convivencia.

Pero en Varela, la historia no se deja domesticar. Está en «Los que no están», de Carrera y Pacheco, que recupera cientos de casos de vecinos víctimas del terrorismo de Estado. Está en «Los pibes del Santa», de Britez y Denza, que nos recuerda a los diez estudiantes del Instituto Santa Lucía desaparecidos.

Eran vecinos de acá: pibes que habitaron estas mismas calles y que, años después, al alzar la voz desde su adultez —algunos de ellos, todavía marcados por el pulso de su escuela secundaria—, fueron silenciados para siempre, sin haber tenido nunca la oportunidad de una banca para ser escuchados.

Por eso, este programa es también un antídoto. Enseñar los mecanismos del terrorismo de Estado y sus consecuencias no es «adoctrinar», es cumplir con un deber democrático de formación en Derechos Humanos. La memoria enseña a quienes hoy se sientan a legislar que la libertad de palabra fue una conquista territorial.

El cierre que invita al mañana

Al final de la jornada, los rostros ya no son los mismos. Hay una fatiga satisfecha en los ojos, el brillo de quien descubrió que su participación puede conmover y que su mirada sobre los problemas del barrio tiene peso real.

El programa fomenta capacidades de investigación y negociación, pero sobre todo, crea un espacio para que las problemáticas juveniles lleguen a la mirada institucional. Con cada sesión de estos jóvenes, los adultos nos llevamos una lección: la democracia se reinventa cada vez que una piba o un pibe se acomoda en su banca y, con la voz firme, dice: «Pido la palabra».

Porque en Florencio Varela sabemos que la verdad puede incomodar, pero es la educación la que, finalmente, nos hace libres.

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