martes, abril 28

A un día del Día del Animal, Varela exhibe un modelo sanitario sin atención veterinaria integral

Si el sistema ve al animal solo como un huésped a controlar para proteger al humano —pensado más como barrera sanitaria que como sujeto de cuidado—, ¿no se queda corto frente al sentido del 29 de abril impulsado por Ignacio Lucas Albarracín? ¿Cómo se dignifica la vida de los animales sin hogar si solo se castran los que un vecino acerca y no hay políticas activas de rescate y adopción? ¿Qué derecho a la salud existe cuando la atención se limita a controles básicos y deja afuera enfermedades, partos de riesgo o tratamientos como la sarna? En Florencio Varela, la prevención existe; la respuesta integral, todavía no.

En la Atenas clásica, la noción de oikos —el orden de la casa— no distinguía con claridad entre lo humano, lo animal y el entorno. Era una unidad funcional: preservar ese equilibrio era garantizar la supervivencia. Dos milenios después, esa intuición reaparece bajo un lenguaje técnico en la idea de “Una Sola Salud”. Pero entre aquella formulación filosófica y su traducción contemporánea hay una diferencia decisiva: la finalidad.

El 29 de abril, instituido en Argentina por Ignacio Lucas Albarracín, no fue pensado como un recordatorio sanitario. Fue, en esencia, una afirmación ética: el animal debía ser protegido por lo que es, no solo por lo que representa para la salud humana. Esa raíz proteccionista es la que hoy tensiona —sin estridencias pero con persistencia— ciertas políticas públicas locales.

En Florencio Varela, esa tensión se vuelve especialmente visible.


El nudo: una política eficaz… pero acotada

La política veterinaria municipal —estructurada desde la etapa de Julio Pereyra y sostenida por Andrés Watson— responde a un mandato clásico del Estado: prevenir riesgos sanitarios.

El dispositivo está bien definido: castraciones, vacunación antirrábica, desparasitación, atención de accidentes potencialmente rábicos.

Funciona. Reduce riesgos, ordena variables epidemiológicas y evita crisis sanitarias. En términos técnicos, es un sistema de contención de zoonosis. Pero ese mismo diseño revela su límite cuando se lo confronta con el espíritu del 29 de abril:

protege a la comunidad a través del animal, pero no necesariamente al animal como fin en sí mismo.


La brecha entre discurso y práctica

Al analizar la información oficial del Centro Veterinario Municipal aparece una disonancia difícil de ignorar. Por un lado, el discurso institucional —replicado en campañas y comunicación— ubica a las mascotas como “integrantes de la familia”. Por otro, la propia web delimita el alcance del servicio a una categoría técnica precisa:

“Primera Etapa de Atención”

Ese tecnicismo administrativo tiene una traducción concreta en el territorio: el Estado cubre el control básico, pero el vecino queda solo ante cualquier afección que supere esa instancia. No es una interpretación. Es lo que surge del listado cerrado de prestaciones.


Lo que queda afuera: la política en sus silencios

IMAGEN EXTRAIDA DE GRUPO DE FACEBOOK

En política pública, las omisiones suelen ser más elocuentes que las declaraciones. Y en este caso, el recorte del servicio no solo delimita lo que el Estado hace, sino —sobre todo— aquello que decide no hacer.

La ausencia de un abordaje dermatológico integral, por ejemplo, no es un detalle técnico menor. En barrios donde las condiciones ambientales favorecen la proliferación de enfermedades cutáneas, la sarna deja de ser un problema veterinario individual para convertirse en un fenómeno social. Es zoonótica, es tratable y, sin embargo, queda fuera de la intervención sistemática. El resultado es una escena conocida: animales que continúan enfermos, vecinos expuestos y un costo que se desplaza silenciosamente hacia el bolsillo privado.

Algo similar ocurre con los accidentes en la vía pública. En un distrito atravesado por avenidas de alta circulación y calles con infraestructura desigual, los atropellamientos de animales no son excepcionales. Sin embargo, la política pública se detiene en el umbral del diagnóstico. Sin equipamiento para estudios por imágenes ni capacidad quirúrgica, el sistema puede estabilizar, pero no resolver. Es una medicina que observa el problema sin poder cerrarlo.

Esa misma frontera aparece en uno de los momentos más críticos de la vida animal: el parto. Las distocias o los cuadros de inercia uterina requieren intervención inmediata, muchas veces quirúrgica. Sin capacidad de internación ni cirugía de emergencia, estos casos quedan fuera del alcance del sistema. En términos concretos, la diferencia entre la vida y la muerte depende, otra vez, de la posibilidad económica del vecino.

La lógica se replica en las enfermedades infecciosas graves. El foco puesto en el Accidente Potencialmente Rábico revela una racionalidad clara: priorizar aquello que representa un riesgo directo para el humano. Pero en ese movimiento quedan desplazadas patologías como el parvovirus o el moquillo, que requieren internación, sueroterapia y seguimiento clínico. Allí, la frontera entre lo público y lo privado se vuelve abrupta: quien no puede pagar, muchas veces no accede.

Y finalmente aparece el límite más estructural: la ausencia de diagnóstico profundo. Sin análisis de laboratorio ni herramientas de imágenes, la medicina queda reducida a la observación clínica básica. Es, en términos estrictos, un sistema que detecta pero no profundiza; que advierte, pero no siempre puede intervenir con eficacia.


La lógica del modelo

Si se toma distancia —ese ejercicio que suele incomodar a la gestión cotidiana—, lo que aparece no es una suma de carencias aisladas, sino la coherencia de un diseño. En la administración pública, las ausencias rara vez son casuales: suelen ser la contracara de una decisión.

El Centro Veterinario Municipal de Florencio Varela no funciona como un hospital porque nunca fue concebido como tal. Su arquitectura responde a una premisa más estrecha y, al mismo tiempo, más defendible desde la ortodoxia estatal: intervenir allí donde el riesgo trasciende al animal y alcanza a la comunidad.

La categoría “Primera Etapa de Atención” —que se repite desde su inauguración en 2022 sin evolución anunciada hacia instancias superiores— no es solo un rótulo administrativo. Es, en rigor, una definición política encapsulada en lenguaje técnico. Delimita hasta dónde llega la responsabilidad pública y, por contraste, dónde comienza el territorio del esfuerzo privado.

En ese marco, la ausencia de internación, de tratamientos prolongados o de complejidad diagnóstica deja de ser una falla y se vuelve consecuencia. Como si el sistema, con una precisión casi quirúrgica, hubiera decidido quedarse en el umbral: lo suficiente para prevenir, no tanto como para garantizar.

No es una anomalía local. Es, más bien, la expresión de una racionalidad extendida en el conurbano, donde la gestión equilibra recursos escasos, demandas crecientes y la necesidad de mostrar resultados medibles. La prevención, en ese esquema, ofrece una ventaja decisiva: es visible, cuantificable y políticamente rentable.

Pero esa misma racionalidad tiene un efecto colateral que empieza a hacerse visible en el territorio. Al fijar un techo tan definido, el sistema produce una suerte de desplazamiento silencioso: todo aquello que excede la “primera etapa” no desaparece, simplemente cambia de lugar. Se traslada al ámbito privado, al esfuerzo individual o, en el peor de los casos, a la resignación.

Es en ese desplazamiento donde la discusión deja de ser técnica y se vuelve política. Porque ya no se trata de cómo funciona el sistema, sino de qué decide abarcar y qué decide dejar afuera. Y, sobre todo, de si ese recorte sigue siendo sostenible en una sociedad que —como insinuaba Ignacio Lucas Albarracín en su tiempo— empieza a medir la civilización no solo por cómo se protege al hombre, sino también por cómo se trata a los animales.


El factor tiempo: la castración que llega tarde

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A esta arquitectura se suma un problema operativo que impacta directamente en el territorio: los turnos de castración suelen otorgarse con meses de demora.

En la dinámica real de los barrios: cuando llega el turno, el animal ya parió o ya generó nuevas camadas, o… directamente ya no está. Esto debilita el objetivo central del programa: el control poblacional pierde eficacia en el tiempo real del problema.


La ironía sanitaria y el 29 de abril como punto de inflexión

Aquí emerge una paradoja que atraviesa todo el modelo. El sistema busca prevenir enfermedades, pero al mismo tiempo, al delimitar con tanta precisión su alcance, deja zonas enteras sin cubrir: patologías que no se tratan, costos que se trasladan al sector privado y una cobertura que, lejos de ser integral, se vuelve fragmentada. No es un fracaso en términos técnicos. Es, más bien, la consecuencia lógica de un diseño que eligió hasta dónde llegar.

Mas, mientras esa arquitectura se mantiene estable, el contexto empieza a moverse. La sociedad ya no observa el problema con la misma lente que hace una década. La expansión educativa —con actores como la Universidad Nacional Arturo Jauretche— y una sensibilidad creciente en torno al bienestar animal comienzan a redefinir la discusión. Ya no alcanza con evitar contagios o contener riesgos sanitarios. Empieza a instalarse otra pregunta, más incómoda: qué lugar ocupa el sufrimiento animal dentro de la agenda pública.

En ese cambio de clima, el 29 de abril deja de ser una efeméride más para transformarse en un punto de tensión. El Día del Animal no mide eficiencia sanitaria ni cantidad de intervenciones. Mide algo más difícil de cuantificar: la capacidad del Estado de reconocer valor en la vida animal más allá de su función epidemiológica.

Y es en ese espejo donde el modelo de Florencio Varela se vuelve más visible. Cumple con su rol de policía sanitaria, previene riesgos y ordena variables críticas. Pero, al mismo tiempo, queda lejos de constituirse como un sistema de salud animal integral. La paradoja, entonces, ya no es solo técnica: empieza a ser política.


Epílogo abierto

La política actual no es excepcional, es representativa. Pero la pregunta empieza a instalarse en el territorio: ¿puede el Estado seguir limitándose a prevenir, cuando la sociedad empieza a exigir que también cuide?

Entre la racionalidad administrativa y el espíritu proteccionista que impulsó Ignacio Lucas Albarracín, se abre una discusión que excede lo veterinario. Es, en definitiva, una discusión sobre el alcance del Estado y sobre cuánto está dispuesto a hacer —o a no hacer— cuando se trata de proteger la vida.

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