El asesinato del fotógrafo de zona sur a manos de un policía expone la crueldad de la violencia vicaria y la desidia estatal. Ludmila, su hija, rompe el silencio en una entrevista exclusiva: «Quisiera que, por una vez, la historia cuente quién era mi papá y todo lo que nos arrebataron».

La historia de Lucas Saavedra no comenzó el 6 de noviembre de 2021 en la calle 416 de Gutiérrez, Berazategui, cuando su vida fue interceptada por una ráfaga de disparos. Mucho antes de ser el nombre en un expediente de «femicidio de uniforme», Lucas era un fotógrafo, un vecino que supo vivir con su primera hija, la esposa de su segunda hija y su hija menor en el barrio La Florida, en Quilmes Oeste, y un padre dedicado. Su ejecución, perpetrada por Ramón Mieres —un efectivo de la Policía Bonaerense que utilizó su arma reglamentaria—, no fue un hecho aislado, sino la culminación de una lógica de dominación que utiliza la vida de terceros para destruir el entorno de una mujer.
El Femicidio Vinculado: La instrumentalización del asesinato
Desde una perspectiva jurídica y de género, el crimen de Lucas Saavedra se define bajo la figura del femicidio vinculado, tipificado en el artículo 80 inciso 12 del Código Penal argentino. Esta normativa, incorporada mediante la Ley 26.791, sanciona con prisión perpetua a quien matare «con el propósito de causar sufrimiento a una persona con la que se mantiene o ha mantenido una relación de pareja».
En términos conceptuales, estamos ante una forma de violencia vicaria extrema. El agresor, Ramón Mieres —quien prestaba servicios en la división Narcotráfico y residía en Villa Hudson, Florencio Varela—, no buscó únicamente apagar una vida, sino utilizar a Lucas como un «instrumento» para infligir un daño psicológico devastador y permanente a Laura Figueroa, a quien también asesinó. La justicia argentina sostiene que la muerte de la mujer no anula la naturaleza «vinculada» del crimen contra el tercero; por el contrario, se produce un concurso real de delitos que busca reconocer el móvil de destrucción integral hacia la mujer y su red de afectos.
«Mi papá era mucho más que una tragedia»: El testimonio de Ludmila
A pesar de la condena a prisión perpetua dictada por un jurado popular en los tribunales de Quilmes, la familia de Saavedra denuncia un olvido estructural. Ludmila, hija mayor de Lucas, quien tenía trece años al momento del crimen y hoy, con dieciocho, presenció el juicio, reconstruye en exclusiva la humanidad de su padre:
«Mi papá era mucho más que la víctima de una tragedia. Era fotógrafo y tenía dos hijas: mi hermana y yo; para nosotras, era el mejor papá del mundo. Era un padre completamente presente, que vivía jugando con nosotras, enseñándonos cosas y compartiendo cada momento que podía. Incluso llegó a escribirnos un libro de cuentos para leernos por las noches. Era una persona que se autocultivaba muchísimo; le encantaba leer sobre psicología, investigar cualquier tema que despertara su curiosidad y, sobre todo, las novelas de fantasía».
Ludmila expresa con amargura el sesgo que invisibiliza a las víctimas colaterales: «Siento mucha bronca porque casi todo el enfoque está en Laura y prácticamente nada sobre mi papá. A veces lo nombran, pero nadie vino realmente a preguntarnos quién era él o qué pasó con mi hermana y conmigo después de su asesinato. Nadie cuenta que quedamos completamente solas».
La tragedia dejó a su hermana menor, de entonces siete años, en una situación de extrema vulnerabilidad. La niña padece epilepsia y una discapacidad que requiere terapias constantes. Ludmila destaca la labor de la madre de su hermana (su madrastra), quien «pasó de un día para el otro a ser madre soltera, sosteniendo sola una situación muy difícil», mientras que el resto de la familia paterna —a excepción de su abuela— las dejó solas.
La ejecución y la responsabilidad del Estado
Sobre la mecánica del crimen, cometido con una pistola Bersa Thunder 9mm, Ludmila describe una escena de alevosía: «Para mí, lo que le hicieron a mi papá fue una ejecución. A Laura le disparó tres veces, pero a mi papá lo hizo caer al suelo y, mientras lo miraba a la cara, le disparó dos veces en la cabeza».
El caso se inscribe en la problemática de los «femicidios de uniforme». En Argentina, aproximadamente uno de cada cinco femicidios es cometido por miembros de las fuerzas de seguridad, y en el 90% de los casos se utiliza el arma reglamentaria. Mieres, según testimonios de vecinos en Villa Hudson, solía presumir de su poder y sus contactos en la DDI de Quilmes para amedrentar al barrio.
Ante esta desidia, Ludmila confirma que iniciará un juicio contra el Estado: «Ya se sabía quién era Ramón Mieres y lo que podía hacer; había antecedentes suficientes para actuar antes. Si se hubiera actuado antes, probablemente hoy mi papá seguiría con vida». Para ella, la responsabilidad es clara: «El arma que debía proteger a la sociedad terminó siendo la herramienta con la que ejecutaron a un hombre inocente. Fue un arma que el Estado le confió a quien terminó convirtiéndose en su asesino».
Hacia una reparación integral
La condena a Mieres marca el fin de la impunidad penal, pero abre el debate sobre la necesidad de memoria y reparación para las víctimas indirectas. La espera del juicio fue «totalmente tediosa» y escuchar los detalles en las audiencias fue, para Ludmila, «mucho peor que los cinco años de espera», especialmente al ver cómo se le faltaba el respeto a la memoria de su padre.
«Me gustaría que lo recuerden a mi papá como el hombre inocente que realmente fue: un gran padre, un gran hijo y una persona que amaba profundamente a su familia», cierra Ludmila. Su reclamo es una exigencia a las autoridades para que actúen preventivamente ante señales claras de violencia y aparten a quienes representan un peligro, especialmente si portan un arma estatal. La justicia para Lucas Saavedra solo será completa cuando su nombre y su historia dejen de ser la parte olvidada de la tragedia.
