La frecuencia nocturna del Roca ya no responde a la demanda real de quienes estudian o trabajan hasta tarde. Y con la desaparición de la línea 148, miles de vecinos de Florencio Varela quedaron librados a un mapa de colectivos, esperas y gastos extra para poder regresar a casa.
El cuadro pega de lleno en un distrito que depende fuertemente de esa conexión. La Línea Roca fue la más utilizada del AMBA en 2023, con 126,2 millones de pasajeros pagos, y el corredor ferroviario que vincula a Constitución con el sur forma parte de una red central para la vida diaria de Florencio Varela. En otras palabras: no se trata de una molestia aislada ni de una incomodidad ocasional. Se trata de una falla que impacta sobre una de las arterias más usadas del transporte metropolitano.
A esa insuficiencia del esquema nocturno se le sumó, en los últimos días, otro golpe concreto: El Nuevo Halcón dejó de operar y con eso quedó afectada la histórica línea 148, que durante años unió Plaza Constitución con Florencio Varela y San Francisco Solano. Para miles de usuarios, el 148 no era un detalle secundario: era la red de contención cuando el tren no alcanzaba, cuando había que volver tarde o cuando el horario ferroviario ya no ofrecía una salida razonable. Su caída dejó todavía más expuestos a los pasajeros del sur.
Desde entonces, la vuelta nocturna empezó a depender de la creatividad, de la resistencia física y de la plata disponible. En la experiencia de muchos varelenses, regresar a casa dejó de ser un viaje y pasó a ser una maniobra. Hay quienes salen de cursar de noche y ya saben que el tren no les resuelve el regreso completo. Hay trabajadores que al terminar su jornada no encuentran una opción directa y deben ir armando el trayecto por partes, según lo que todavía siga funcionando a esa hora.

Una de esas escenas repetidas es la de quienes llegan hasta Lomas de Zamora y desde allí completan la vuelta a Florencio Varela en la línea 266, un ramal que conecta ambas estaciones y que hoy aparece como una de las salidas posibles cuando el regreso ferroviario deja de ser práctico. Esa combinación existe y está vigente, pero implica un viaje más largo, más cansador y mucho menos directo que el tren.
También está la experiencia de quienes, directamente, se corren hasta Retiro para tomar el 197 hasta Estación Varela, otra alternativa que figura entre los recorridos disponibles pero que alarga fuertemente la vuelta. Lo que antes podía resolverse con una conexión ferroviaria razonable se convierte así en un viaje de más de una hora adicional, con el desgaste que implica atravesar de punta a punta buena parte del conurbano y la Ciudad solo para poder acercarse al distrito.
Otra postal frecuente es la de bajar en puntos intermedios y seguir viaje hacia Cruce Varela, que funciona como uno de los grandes nodos de combinación de la zona. Allí confluyen servicios como la línea 98 y otras alternativas que permiten acercarse al distrito y, desde ese punto, resolver el tramo final con otro colectivo hasta el barrio. Es una lógica de transporte partida en dos o en tres: primero llegar como se pueda hasta un nodo grande; después, desde allí, empezar otra vez.
A eso se suman los descensos en Kosteki y Santillán, las vueltas por Avellaneda, las esperas largas en paradas nocturnas, el recurso a combis privadas que cobran miles de pesos por tramo y la obligación de recalcular cada noche qué combinación conviene más según el horario, el dinero disponible y el barrio al que haya que llegar. En la práctica, cada vecino va armando su propio mapa de regreso. Uno que no aparece en los folletos, pero que se repite todos los días en la vida real del sur.

El costo de esa desorganización no es solamente de tiempo. También es plata. El cuadro oficial del AMBA fija para los trenes una tarifa de hasta $450 con SUBE registrada en la sección más larga y de $900 sin registrar. Cuando el tren deja de resolver el trayecto completo y hay que reemplazarlo por una o más etapas en colectivo, el viaje de regreso se encarece de manera evidente. A eso se suman las combis nocturnas, los remises, Uber o taxis que muchos terminan usando cuando ya no queda otra salida.
Pero el castigo no termina en el bolsillo. También aparece en el cuerpo. Horas de pie, más tiempo fuera de casa, menos descanso, más exposición en la calle y la sensación constante de que el sistema de transporte deja solos a quienes viven lejos del centro. Para quienes estudian de noche, para quienes tienen jornadas largas o para quienes arrancan temprano al día siguiente, esa diferencia pesa todos los días.
Todo esto ocurre en un distrito de 488.103 habitantes, según documentación oficial vinculada a la Línea Roca. No se trata, entonces, de una queja menor ni de casos aislados: se trata de una dificultad estructural que atraviesa a uno de los municipios más grandes del sur del conurbano.
En Florencio Varela, volver de noche ya no es solo viajar. Es combinar, esperar, improvisar, pagar de más y llegar agotado. Primero fue una frecuencia ferroviaria nocturna que no alcanza para la vida real de los vecinos. Después, la caída de la 148 terminó de quitar una alternativa clave. Y en el medio quedó el vecino de a pie, haciendo todos los días lo que el sistema no resuelve: inventar la manera de volver a su casa.
