jueves, abril 30

El triunfo de los choferes de la 148: cuando la dignidad obrera vence al abandono

Mientras el funcionariado se acomoda para la foto del éxito, la vuelta de la línea es el logro exclusivo de los trabajadores que resistieron meses sin sueldo y de miles de vecinos que sufrieron el desprecio del sistema, recordándole al poder que el territorio no se mueve por decreto, sino por el esfuerzo de los que sostienen el trayecto.

Hay una fascinación casi arqueológica en observar la política del Conurbano, ese ecosistema donde la carencia se administra con la precisión de una relojería suiza y donde lo extraordinario —que un colectivo cumpla su recorrido— termina siendo eyectado al altar de lo milagroso. La reaparición de la Línea 148 en las arterias de Florencio Varela no es, para el ojo entrenado, una simple noticia de servicios. Es una anomalía institucional que se resuelve con las herramientas de siempre: la resistencia del cuerpo y la estética del arribismo.

Para entender este fenómeno, hay que alejarse del asfalto caliente y mirar la genealogía del conflicto. El transporte en la provincia de Buenos Aires no es un sistema técnico; es un encuadre castizo de lealtades y cajas. Durante cuatro meses, la 148 —ese cordón umbilical que une la periferia con el centro— dejó de ser un servicio para transformarse en un vacío. Un vacío que, en la cosmogonía peronista, suele ser llenado por el territorio. Pero aquí ocurrió algo singular: mientras la estructura orgánica del Partido Justicialista local practicaba una suerte de absentismo místico, fueron los sectores del kirchnerismo duro y la izquierda quienes acompañaron a los choferes que ocuparon el predio. Una ocupación que no era solo física, sino simbólica, rescatando esa vieja liturgia de la «resistencia» que el funcionariado de plastilina prefiere olvidar cuando las cuentas no cierran.


La caja, el territorio y la pantomima judicial

El análisis estructural nos obliga a mirar el Triángulo del Poder:

  • En primer término, la Caja: El conflicto nace de una insolvencia que es hija de la fragmentación. La 148 es de jurisdicción nacional, pero su ausencia desangra el presupuesto municipal y el bolsillo del vecino. Esa «tensión de caja» donde el empresario deja de pagar y el Estado nacional mira hacia otro lado, es el terreno fértil para la degradación.
  • Por otro lado, el Territorio: En La Capilla o Villa Brown, la política se mide en frecuencia de paso. La ausencia del colectivo produjo una contracción territorial de 30.000 personas. Allí, el «puntero» ya no es el que entrega la bolsa, sino el que explica por qué no hay forma de salir del barrio.
  • Y, por último, la Justicia (o su ausencia): El conflicto se destraba no por una genialidad jurídica, sino por un acta de continuidad laboral que reconoce antigüedades. Es decir, una tregua en el campo de batalla laboral para permitir el desembarco de una nueva operadora.

La liturgia del éxito

Es aquí donde aparece la ironía como bisturí. Una vez que el conflicto —sostenido por el hambre de los choferes y la caminata infinita de los usuarios— se resuelve por el ingreso de un nuevo capital, aparece la escenografía del poder. El funcionario se sube a la unidad y hace que lo filmen. Es una alegría coreografiada. Se intenta instalar una narrativa de gestión sobre una crisis que, durante 120 días, desbordó cualquier capacidad municipal.

Es la técnica del «arribismo institucional»: el municipio, que vio el conflicto desde la vereda de enfrente alegando —con rigor técnico, pero orfandad política— que la jurisdicción era nacional, ahora se fotografía con al volante. Se busca capitalizar el alivio, transformando la recuperación de un derecho básico en un favor concedido por la providencia administrativa.


La fragilidad como sistema

Lo que queda, tras el ruido de los motores nuevos y las piezas audiovisuales de campaña, es la arquitectura del poder al desnudo. La vuelta de la 148 no es el triunfo de un plan de movilidad, sino el final de un síntoma. Se ha restaurado la circulación, pero no la salud del sistema.

El vecino de Varela vuelve a subir al estribo, acaso sin saber que su movilidad sigue dependiendo de un hilo invisible que une la Casa Rosada con los despachos platenses, pasando por una municipalidad que celebra como propia una batalla que no libró en el barro.

Al final del día, en este teatro de sombras que es la política bonaerense, cabe preguntarse: ¿estamos ante la consolidación de un servicio o simplemente ante una tregua precaria hasta que la próxima planilla de subsidios vuelva a decidir que el territorio puede, otra vez, quedarse a pie?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *